Himmelweg, de Juan Mayorga
Cía La Ferroviaria
Teatro Circo de Murcia
22/09/2011
NOTAS DE CAFÉ
Fulgencio M. Lax
Himmelweg, de Juan Mayorga
Cía La Ferroviaria
Teatro Circo de Murcia
22/09/2011
NOTAS DE CAFÉ
Fulgencio M. Lax
La compañía Ferroviaria, bajo la dirección de Paco Macià, nos ofrece sobre el escenario la obra Himmelwerg, de Juan Mayorga.
En la actualidad vemos como se llenan las carteleras de títulos de prestigiosos y muy conocidos autores, procedentes de nuestra Historia del teatro y que tienen una presencia mayúscula en las aulas de bachillerato y en la Universidad, además de ocupar un lugar privilegiado en la memoria cultural de nuestra sociedad. Esto ya de por sí supone un amplio porcentaje de garantía de público, que no de éxito. Por eso, abordar un proyecto teatral desde la creación dramática y dramatúrgica contemporánea tiene todas las características del riesgo, tanto artístico como económico. Pero además, adentrarse por este terreno supone poner en valor el compromiso crítico que el artista tiene con la sociedad de su entorno y con su Historia, sobre todo con un texto como el de Mayorga. Esto no quiere decir que las otras opciones no sean válidas, sólo que esta tiene las características que enunciamos y otras que obviamos en estas notas por no ser objeto de estas líneas.
Paco Macià ha logrado una seña de identidad cultivada a lo largo de los años que lleva trabajando para los escenarios, además de tener plena confianza estética en su ideología expresiva. Un trabajo sin titubeos más allá de los propios del proceso de creación. No en vano lleva muchos años colaborando en los proyectos de La Ferroviaria el artista plástico Ángel Haro, y esta conjunción da como resultado que el espectador habitual sea capaz de identificar un estilo peculiar y propio.
El trabajo que nos ofrece La Ferroviaria está caracterizado por un uso abierto del espacio y por una escenografía deconstruida y exponenciada con elementos sueltos, entre los que destaca la rampa central, significando un camino hacia ninguna parte o bien, hacia el final, hacia los crematorios, en este caso la muerte. Esta sobriedad también se observa en el trabajo de interpretación, en el que contrasta la contención de los personajes judíos con la explosión –si podemos decirlo así- del representante de la Cruz Roja y del comandante, situándose en planos diferentes de significación, no solo por el contenido y semántica de su verbo, sino también por el trabajo interpretativo.
Paco Macià deja hacer en el proceso de creación al actor dentro de un plan preconcebido, para que haya fluidez de ideas y recursos. Quizá esta forma de abordar el trabajo es la que se esconde detrás de la aparente sencillez con la que se muestran todos los elementos y se construye el espectáculo, alejándolo de todo barroquismo escénico, tanto en la expresión como en la forma de presentar las ideas. Un aspecto que hace que el público se acerque más a la situación sin ninguna predisposición intelectual que pueda servir de barrera.
Esta obra de Juan Mayorga es un texto que podríamos situar dentro de la Literatura dramática historicista. Es una tragedia contenida donde los personajes que sufren –los judíos- son un elemento pasivo del destino, al contrario que el personaje trágico del teatro griego, que es un elemento activo que traza el camino que ya predetermina el propio destino.
Un observador de la Cruz Roja, en la II Guerra Mundial, se lamenta de no haberse dado cuenta de la realidad de los campos de concentración nazis en sus visitas de control. Un largo monólogo que da paso al juego teatral que se lleva a cabo en un campo nazis. La sumisión judía, el silencio, la falta de reacción, contrastará con la actitud irónica e invasiva del comandante, intentando organizar una obra de teatro interpretada por los propios judíos. El teatro dentro del teatro en uno de los marcos históricos más crueles que el hombre ha dado a la historia, tan solo comparable con el genocidio que supusieron Las Cruzadas entre los años 1095 y 1291.
El texto, tanto dramático como espectacular, responde a una compresión del esquema básico de la comunicación. El público de la sala pasa a ser un personaje más, convirtiéndose en la 2º persona a la que se dirigen el representante de la Cruz Roja y el comandante, rompiendo así la línea imaginaria que separa el escenario del patio de butacas, y poniendo al espectador en una situación activa dentro de la representación.
Este teatro, de corte historicista, como ya hemos indicado, se acerca a la estética del teatro documento, principalmente por la intervención del representante de la Cruz Roja, pero también está subrayado este aspecto por la documentación originaria que se nos muestra en el audiovisual. Los adjetivos calificativos para establecer los límites de una descripción siempre se muestran insuficientes: Teatro historicista, testimonial, teatro documento. Este texto no llega a ser ni una cosa ni otra en términos absolutos y, en cambio, participa de las características de estas calificaciones.
El trabajo de interpretación tiene dos niveles de protagonismo. En el primero de ellos encontramos al personaje que protagoniza el monólogo inicial y que César Oliva Bernal resuelve con un interesante dominio de recursos: El espacio, la expresión, el verbo, el movimiento y finalmente el público, al que convierte en el personaje al que se dirige, hurtando a este último la comodidad de la clandestinidad de su posición en el patio de butacas. El otro personaje que se encuentra en este apartado es el comandante, interpretado en las primeras funciones por David García y sustituido posteriormente por Toni Medina. Ambos aportan un elemento común aunque desde técnicas diferentes: La ironía y desde ahí la crueldad. David construye desde la farsa hacia un personaje de caracterización objetiva y realista. Su resultado es una agresividad y violencia a punto de explotar. Toni Medina aprovecha sus potentes recursos expresivos para regodearse en el doble juego irónico que le lleva a construir un personaje cuya violencia está en el control de la situación, en el ejercicio del poder sobre la vida de los judíos y sobre su miedo. En definitiva dos caminos distintos para llegar a un personaje con una misma caracterización. Aquí podríamos hablar de que, aunque hay una misma caracterización que se encuentra en un mismo campo semántico, los distintos niveles de contenido se sitúan en diferentes puntos de ese campo, lo que justifica los matices y diferencias creativas que aporta el actor de cosecha propia. En el otro nivel están los judíos, encabezados por Joan Miquel Reig, Eloisa Azorín y Javi Cuevas. La interpretación de este grupo se caracteriza por el silencio, por la contención, por la opacidad expresiva, cuyo resultado es la expresión del miedo y la rendición sin llegar a comprender la verdadera magnitud de la situación en la que se encuentran. Este aspectos nos recuerda a la obra de Heinar Kipphardt Joël Brandt, en la que ni los propios judíos son incapaces de entender el holocausto que se les avecina con la sombra amenazante de Auswitch sobre las cabezas de los judíos húngaros.
No quiero olvidar la imagen plástica final, que no por esperada es menos impactante, cuando los judíos van camino del crematorio o de las cámaras de gas, poniendo fin al espectáculo. En esta línea destacar la escenografía e imagen aportada por Ángel Haro, que contribuye a construir un espacio escénico claramente identificable, pero extraño, lejano, casi desdibujado, como una abertura descarnada a la soledad, el miedo y la incertidumbre de los prisioneros.
La música en directo aporta un espacio sonoro muy interesante, integrado por la música, pero también por la presencia de los músicos que a su vez hacen de personajes judíos en el campo.
Sólo una apreciación al espectáculo. Quizá la eliminación de alguna de las repeticiones aligeraría un poco el ritmo y como tal el tiempo final, de tal forma que unos 15 minutos menos es posible que beneficiaran la atención del público.
Finalmente decir que estamos ante un buen trabajo, que es un trabajo de largo recorrido, arriesgado artística y económicamente y que demuestra, una vez más, que el público es inteligente y que no es necesario la abundante baja comedia, la búsqueda de la carcajada fácil, el título por el título, para que el patio de butacas valore positivamente una puesta en escena como esta y otras muchas que esperamos que sigan viniendo.

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