EL VALOR DE UN RECUERDO
Fulgencio M. Lax
Uno piensa que el pasado va entrando en una especie de pozo del que apenas puede salir, aunque como es un agujero que se llena con mucha facilidad, siempre hay alguna mierda que flota más de la cuenta y se escapa. Eso es lo que ocurre con ciertos recuerdos que se le vienen encima a uno sin haberlos llamado. Logré dejar atrás una vida llena de estabilidad, plástico, mentiras y amores de metacrilato. Y de eso va esto, de aquellos años en los que cargado de libros y folios entraba en el aula y soltaba un rollo a un conjunto de caras pintadas en unos bancos que les importaba un capullo lo que se les dijera. Y tenían razón. Pagaban un huevo de dinero al año para que llegara un soplapollas como yo y, en definitiva, les dijera que leyeran. Hay que leer esto o aquello. Este autor, aquel libro. Al final todo es una mierda porque eso no da de comer y solo nos llena la cabeza de pájaros y nos hace pensar que el tiempo nos ha traicionado y que ojalá todo termine lo antes posible para dejar de ser torturado y poder hacer cosas realmente importantes.
Yo estaba en el bar del Sordo tomando un vaso de vino. El bar de mi amigo El Sordo tiene un especial olor a refrito, un tono ligeramente amarillo y los rincones llenos de la grasa que se ha ido quedando allí año tras año. Era el tercer vaso que me tomaba. O el cuarto o el quinto, o quizá el sexto. Lo mejor de todo viene una vez que te olvidas de contar y el orden desaparece por completo. Las cosas, entonces, son distintas. Todo es distinto y el mundo se muestra como un abanico diferente cada vez que se abre y se cierra.
Serían aproximadamente las 8:00 de la tarde cuando escuché una voz detrás de mí.
-Vaya, Manuel Cordonero, el tipo más difícil que he conocido en mi vida.
-¡Ostias! Esa voz me suena. Sabía quién era, pero aún así esperé unos segundos para darme la vuelta. Tomé un trago lento de vino, saboreando la acidez artificial y endurecida de este brebaje, que era de todo menos vino. En otro momento hubiera dado un salto en la silla y me hubiera girado de golpe. En otro momento me hubiera alegrado hasta el infinito. Ahora lucho contra los recuerdos que no quieren desaparecer.
-¿Quieres tomar algo? – Es lo único que acerté a decir. Allí estaba Lucía, igual de hermosa que la última vez que la vi. Rubia, alta, con esa mirada que parece que no te está mirando pero que siempre te mira mucho más allá de lo que uno cree. Allí estaba, de pié, poderosa. Ella podría ser el sueño de cualquier Dios o, simplemente, de cualquier persona normal y corriente. En cambio cometió el error de fijarse en un putero, jugador, borracho y brillante profesor de Literatura. Lo de brillante lo decía ella, el resto lo pone mi propia historia.
-¿Qué estás tomando? – Se llevó el vaso a los labios. ¡Por Dios! ¿Cómo puedes beber esto?
-He descubierto que este vino es química pura y que ejerce en mi organismo el mismo efecto que el ácido sulfúrico. – La última vez que estuve con ella fue en el Niágara, un hostal de mala muerte en el que siempre nos guardaban una habitación muy discreta porque el dueño había ido conmigo al colegio y él pensaba que así se hacía cómplice de nuestros encuentros. Ese día nos bebimos un Alenza reserva del 99. Ella hizo un sacrificio porque no le gusta mucho el tinto y prefiere el vino blanco, por eso luego nos bebimos una botella de Belondrade del 2010. Una bolsa de hielo metida en el bidel nos lo mantenía frío. Luego todo cambió y empezó el largo camino hacia la destrucción. Nunca he sido un buen amante, así es que nunca he entendido porque Lucía tenía tanto interés en estar conmigo, pero reconozco que fueron las dos mejores semanas de mi vida.
-¿Y dónde quedó esa ginebra exquisita que me enseñaste a beber, o también la has cambiado por el salfumán?
-¿Qué haces aquí? Nunca hubiera pensado en verte por estos lugares.
-Son los únicos en los que sabía que podía encontrarte. Te invito a algo en otro sito que esté más limpio.
-Jajajaja. Confundes el aceite que chorrea por la barra con la conciencia. Aquí el único que huele a mierda soy yo. El resto son almas cándidas que brillan sin necesidad de que les alumbre el sol.
-Echaba de menos tus metáforas.
-¿Llevas sujetador?
-Estás borracho.
-No, espera. ¿Llevas sujetador?
-Estás loco. Claro que llevo sujetador.
-Seguro que aún sigues teniendo las mejores tetas del mundo. Venga, llévame a esos lugares limpios y saludables y me cuentas qué coño quieres de mí.
Uno debería controlar los impulsos emotivos para no dejar rastro. Luego la angustia se esconde en alguno de los pliegues que el tiempo hace en tu vida y te los tira a la cara como esperando que recuperes todo lo que alguien ha perdido en el camino. Eso es lo que ocurrió. Yo estaba plenamente enamorado de Lucía. No sé la cantidad de tonterías que pude llegar a hacer en aquellas dos semanas que son como una isla en mi vida.
-¿Cuánto hace que no comes caliente?
-¿Comer caliente de cintura para arriba o te refieres a lo que se esconde detrás de esas minibragas que seguro que llevas? ¿O no llevas?
-Ja, ja, ja. Si no te hubiera conocido como te conocí me sentiría insultada, pero siendo así, casi es un alago oírte decir eso. ¿Qué vas a tomar?
-Me dejo llevar porque mi bolsillo no está para estos viajes.
-No seas tonto. Esta ronda es mía.
Me metió en el Lord Byron, un local de mierdecitas made in Taiwan, pero con una variedad de ginebras impresionante. Yo, cuando me tengo que dar un homenaje, tomo siempre Hendrick’s, pero allí había un amplio abanico de posibilidades para el paladar y el bolsillo. El sueño de cualquier persona con dos dedos de frente. Aunque fui prudente, esta vez opté por una Martin Miller’s.
-No la he probado nunca. ¿Es buena?
-Bueno, esta pregunta viniendo de ti, no sé.
-Tú te bebes cualquier cosa.
-Es buena. Ahora dime, ¿qué es lo que estás buscando?
Saco de su bolso una carta. ¡Dios mío! Una carta que le escribí hace más de tres años. Después de aquellas letras la nada y el silencio. Me marché y desaparecí. Es justo que cada uno, en esta vida, pueda elegir el camino que le parezca y ahorcarse con los cordones de sus zapatos en el primer árbol que se encuentre. O en el segundo. O no hacerlo nunca y estar siempre recibiendo la mierda que te llueve de todos sitios. Cada uno es libre y así lo entendí entonces y así lo sigo entendiendo ahora.
-La he leído hace tan solo dos semanas. El tiempo que llevo buscándote. La encontré metida en una carpeta, entre unos folios.
-Sí la hubieras leído antes tampoco hubieran cambiado mucho las cosas.
-¿Cómo pudiste desaparecer así? ¿Sabes todo lo que he pensado de ti? ¿Sabes las horas que he estado sin dormir con una angustia que me moría? He pasado meses en una absoluta desolación. No podía entender como diez días te pueden fastidiar toda una vida.
-Bienvenida al club. La diferencia es que yo sé que esto es así desde hace muchos años y no como tú, que hace poco que lo has descubierto.
-Si yo hubiera leído en su momento esta carta las cosas hubieran sido distintas para nosotros. ¡Dios mío! Se quedó escondida entre unos folios todo este tiempo.
-¿Tú crees que las cosas hubieran sido distintas? Que el estiércol te salpique es solo una cuestión de tiempo.
En ese conjunto de gilipolleces que uno hace cuando ha caído de lleno en el refugio de los sentimientos, le escribí una carta de mi puño y letra, lejos de los emails y de los msn. De mi puño y letra para que la leyera y tuviera conciencia de que la había escrito yo. Me desnudé por completo palabra a palabra. Yo mismo me traicioné expresando lo que yo pensaba que sentía. Y al final, el nombre de un hotel, una hora y el número de una habitación. Allí estuve un día entero esperándola. No vino, ni tampoco sonó mi teléfono. Pagué en recepción, fui a mi piso, metí cuatro cosas en la maleta y me fui dejando el trabajo y toda la mierda que me rodeaba.
-Tú ya habías entrado en una especie de túnel. Pero estábamos tan bien… No te llamé aquel día porque siempre tuve la sensación de molestarte, de invadir un espacio que tú protegías como algo muy exclusivo. Luego desapareciste. He pensado mucho en ti. Pienso mucho en lo que hubiera sido de nosotros si yo llego a leer esta carta a tiempo.
-No te martirices. Invítame a otra copa.
-¿No quieres comer nada?
-No. Solo una copa y luego me levantaré todo lo elegante que pueda y saldré por esa puerta. Y tú te olvidarás de que me has visto y romperás esa carta y te dedicarás a recorrer tu camino de la mejor forma posible sin volver la vista atrás.
-¿De verdad quieres eso?
Y cometí el error que sabía que iba a cometer, pero que no debía haber cometido. La besé suavemente y al sentir sus labios casi pierdo el sentido. Es una trampa en la que no debía caer pero… Ella me dijo las palabras mágicas y yo no supe reaccionar.
-Abrázame fuerte y di mi nombre al oído para que pueda recordar el tono de tu voz.
No lo pude evitar y terminamos en un hotel de lujo que pagó ella. Un baño grande, sábanas limpias, un minibar de ensueño. Me di una ducha para quitarme el sudor de varios días, la mugre de varios días, la falta de jabón de muchos días. Me di cuenta de la olor agria que desprendía mi cuerpo, y a ella no le importó. Cuando salí del baño la abracé y me dejé abrazar. Había olvidado que ella era dueña de los abrazos, que se enlazaba con mi cuerpo sin dejar ni una sola rendija para que pasara el aire. Y su perfume. Y su piel. Y sus labios. Y sus ojos cerrados. Había olvidado tantas cosas que estuve llorando sin que ella se diera cuenta. Yo nunca he sido un buen amante y menos en las circunstancias en las que me encontraba. Estoy seguro de que ella ni se enteró, de que ni tan siquiera estuvo cerca de sentir lo más cercano a un orgasmo. Se quedó abrazada a mí y yo, por primera vez en muchos años, pude dormir tranquilo.
Me desperté de madrugada y quedé impresionado de su belleza. De la serenidad de su cuerpo, de la sensualidad de su sueño. Una sensación que había experimentado hacía algunos años y que había olvidado. Afortunadamente la había olvidado, porque uno no puede vivir con esas cosas metidas en la cabeza arrancándote momentos de deseo que no puedes alcanzar. Ojalá yo fuera lo suficientemente valiente para poner fin, pero no lo soy. Soy uno de los muchos cobardes que ha descubierto cuál es el verdadero destino, pero que se siente incapaz de dirigirse hacia él con un poco de dignidad. Me podía haber quedado. Haberme despertado y haber desayunado con ella. Haberla vuelto a ver sonreír, haber vuelto a sentir su abrazo. Pero el verbo haber no estaba en mi vocabulario. Me levanté sin hacer ruido, me vestí y salí de la habitación del hotel con el firme propósito de no volver la vista hacia atrás. Llegué a la tienda de una gasolinera y pedí una botella de ginebra de la más barata que tuvieran. 13 euros y todo un camino de perdición y de olvido por delante.
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