Archivo de Autores para Fulgencio M. Lax

27
may
12

EL VALOR DE UN RECUERDO, de Fulgencio M. Lax

EL VALOR DE UN RECUERDO
Fulgencio M. Lax

Uno piensa que el pasado va entrando en una especie de pozo del que apenas puede salir, aunque como es un agujero que se llena con mucha facilidad, siempre hay alguna mierda que flota más de la cuenta y se escapa. Eso es lo que ocurre con ciertos recuerdos que se le vienen encima a uno sin haberlos llamado. Logré dejar atrás una vida llena de estabilidad, plástico, mentiras y amores de metacrilato. Y de eso va esto, de aquellos años en los que cargado de libros y folios entraba en el aula y soltaba un rollo a un conjunto de caras pintadas en unos bancos que les importaba un capullo lo que se les dijera. Y tenían razón. Pagaban un huevo de dinero al año para que llegara un soplapollas como yo y, en definitiva, les dijera que leyeran. Hay que leer esto o aquello. Este autor, aquel libro. Al final todo es una mierda porque eso no da de comer y solo nos llena la cabeza de pájaros y nos hace pensar que el tiempo nos ha traicionado y que ojalá todo termine lo antes posible para dejar de ser torturado y poder hacer cosas realmente importantes.
Yo estaba en el bar del Sordo tomando un vaso de vino. El bar de mi amigo El Sordo tiene un especial olor a refrito, un tono ligeramente amarillo y los rincones llenos de la grasa que se ha ido quedando allí año tras año. Era el tercer vaso que me tomaba. O el cuarto o el quinto, o quizá el sexto. Lo mejor de todo viene una vez que te olvidas de contar y el orden desaparece por completo. Las cosas, entonces, son distintas. Todo es distinto y el mundo se muestra como un abanico diferente cada vez que se abre y se cierra.
Serían aproximadamente las 8:00 de la tarde cuando escuché una voz detrás de mí.

-Vaya, Manuel Cordonero, el tipo más difícil que he conocido en mi vida.
-¡Ostias! Esa voz me suena. Sabía quién era, pero aún así esperé unos segundos para darme la vuelta. Tomé un trago lento de vino, saboreando la acidez artificial y endurecida de este brebaje, que era de todo menos vino. En otro momento hubiera dado un salto en la silla y me hubiera girado de golpe. En otro momento me hubiera alegrado hasta el infinito. Ahora lucho contra los recuerdos que no quieren desaparecer.
-¿Quieres tomar algo? – Es lo único que acerté a decir. Allí estaba Lucía, igual de hermosa que la última vez que la vi. Rubia, alta, con esa mirada que parece que no te está mirando pero que siempre te mira mucho más allá de lo que uno cree. Allí estaba, de pié, poderosa. Ella podría ser el sueño de cualquier Dios o, simplemente, de cualquier persona normal y corriente. En cambio cometió el error de fijarse en un putero, jugador, borracho y brillante profesor de Literatura. Lo de brillante lo decía ella, el resto lo pone mi propia historia.
-¿Qué estás tomando? – Se llevó el vaso a los labios. ¡Por Dios! ¿Cómo puedes beber esto?
-He descubierto que este vino es química pura y que ejerce en mi organismo el mismo efecto que el ácido sulfúrico. – La última vez que estuve con ella fue en el Niágara, un hostal de mala muerte en el que siempre nos guardaban una habitación muy discreta porque el dueño había ido conmigo al colegio y él pensaba que así se hacía cómplice de nuestros encuentros. Ese día nos bebimos un Alenza reserva del 99. Ella hizo un sacrificio porque no le gusta mucho el tinto y prefiere el vino blanco, por eso luego nos bebimos una botella de Belondrade del 2010. Una bolsa de hielo metida en el bidel nos lo mantenía frío. Luego todo cambió y empezó el largo camino hacia la destrucción. Nunca he sido un buen amante, así es que nunca he entendido porque Lucía tenía tanto interés en estar conmigo, pero reconozco que fueron las dos mejores semanas de mi vida.
-¿Y dónde quedó esa ginebra exquisita que me enseñaste a beber, o también la has cambiado por el salfumán?
-¿Qué haces aquí? Nunca hubiera pensado en verte por estos lugares.
-Son los únicos en los que sabía que podía encontrarte. Te invito a algo en otro sito que esté más limpio.
-Jajajaja. Confundes el aceite que chorrea por la barra con la conciencia. Aquí el único que huele a mierda soy yo. El resto son almas cándidas que brillan sin necesidad de que les alumbre el sol.
-Echaba de menos tus metáforas.
-¿Llevas sujetador?
-Estás borracho.
-No, espera. ¿Llevas sujetador?
-Estás loco. Claro que llevo sujetador.
-Seguro que aún sigues teniendo las mejores tetas del mundo. Venga, llévame a esos lugares limpios y saludables y me cuentas qué coño quieres de mí.

Uno debería controlar los impulsos emotivos para no dejar rastro. Luego la angustia se esconde en alguno de los pliegues que el tiempo hace en tu vida y te los tira a la cara como esperando que recuperes todo lo que alguien ha perdido en el camino. Eso es lo que ocurrió. Yo estaba plenamente enamorado de Lucía. No sé la cantidad de tonterías que pude llegar a hacer en aquellas dos semanas que son como una isla en mi vida.

-¿Cuánto hace que no comes caliente?
-¿Comer caliente de cintura para arriba o te refieres a lo que se esconde detrás de esas minibragas que seguro que llevas? ¿O no llevas?
-Ja, ja, ja. Si no te hubiera conocido como te conocí me sentiría insultada, pero siendo así, casi es un alago oírte decir eso. ¿Qué vas a tomar?
-Me dejo llevar porque mi bolsillo no está para estos viajes.
-No seas tonto. Esta ronda es mía.

Me metió en el Lord Byron, un local de mierdecitas made in Taiwan, pero con una variedad de ginebras impresionante. Yo, cuando me tengo que dar un homenaje, tomo siempre Hendrick’s, pero allí había un amplio abanico de posibilidades para el paladar y el bolsillo. El sueño de cualquier persona con dos dedos de frente. Aunque fui prudente, esta vez opté por una Martin Miller’s.

-No la he probado nunca. ¿Es buena?
-Bueno, esta pregunta viniendo de ti, no sé.
-Tú te bebes cualquier cosa.
-Es buena. Ahora dime, ¿qué es lo que estás buscando?

Saco de su bolso una carta. ¡Dios mío! Una carta que le escribí hace más de tres años. Después de aquellas letras la nada y el silencio. Me marché y desaparecí. Es justo que cada uno, en esta vida, pueda elegir el camino que le parezca y ahorcarse con los cordones de sus zapatos en el primer árbol que se encuentre. O en el segundo. O no hacerlo nunca y estar siempre recibiendo la mierda que te llueve de todos sitios. Cada uno es libre y así lo entendí entonces y así lo sigo entendiendo ahora.

-La he leído hace tan solo dos semanas. El tiempo que llevo buscándote. La encontré metida en una carpeta, entre unos folios.
-Sí la hubieras leído antes tampoco hubieran cambiado mucho las cosas.
-¿Cómo pudiste desaparecer así? ¿Sabes todo lo que he pensado de ti? ¿Sabes las horas que he estado sin dormir con una angustia que me moría? He pasado meses en una absoluta desolación. No podía entender como diez días te pueden fastidiar toda una vida.
-Bienvenida al club. La diferencia es que yo sé que esto es así desde hace muchos años y no como tú, que hace poco que lo has descubierto.
-Si yo hubiera leído en su momento esta carta las cosas hubieran sido distintas para nosotros. ¡Dios mío! Se quedó escondida entre unos folios todo este tiempo.
-¿Tú crees que las cosas hubieran sido distintas? Que el estiércol te salpique es solo una cuestión de tiempo.

En ese conjunto de gilipolleces que uno hace cuando ha caído de lleno en el refugio de los sentimientos, le escribí una carta de mi puño y letra, lejos de los emails y de los msn. De mi puño y letra para que la leyera y tuviera conciencia de que la había escrito yo. Me desnudé por completo palabra a palabra. Yo mismo me traicioné expresando lo que yo pensaba que sentía. Y al final, el nombre de un hotel, una hora y el número de una habitación. Allí estuve un día entero esperándola. No vino, ni tampoco sonó mi teléfono. Pagué en recepción, fui a mi piso, metí cuatro cosas en la maleta y me fui dejando el trabajo y toda la mierda que me rodeaba.

-Tú ya habías entrado en una especie de túnel. Pero estábamos tan bien… No te llamé aquel día porque siempre tuve la sensación de molestarte, de invadir un espacio que tú protegías como algo muy exclusivo. Luego desapareciste. He pensado mucho en ti. Pienso mucho en lo que hubiera sido de nosotros si yo llego a leer esta carta a tiempo.
-No te martirices. Invítame a otra copa.
-¿No quieres comer nada?
-No. Solo una copa y luego me levantaré todo lo elegante que pueda y saldré por esa puerta. Y tú te olvidarás de que me has visto y romperás esa carta y te dedicarás a recorrer tu camino de la mejor forma posible sin volver la vista atrás.
-¿De verdad quieres eso?

Y cometí el error que sabía que iba a cometer, pero que no debía haber cometido. La besé suavemente y al sentir sus labios casi pierdo el sentido. Es una trampa en la que no debía caer pero… Ella me dijo las palabras mágicas y yo no supe reaccionar.
-Abrázame fuerte y di mi nombre al oído para que pueda recordar el tono de tu voz.

No lo pude evitar y terminamos en un hotel de lujo que pagó ella. Un baño grande, sábanas limpias, un minibar de ensueño. Me di una ducha para quitarme el sudor de varios días, la mugre de varios días, la falta de jabón de muchos días. Me di cuenta de la olor agria que desprendía mi cuerpo, y a ella no le importó. Cuando salí del baño la abracé y me dejé abrazar. Había olvidado que ella era dueña de los abrazos, que se enlazaba con mi cuerpo sin dejar ni una sola rendija para que pasara el aire. Y su perfume. Y su piel. Y sus labios. Y sus ojos cerrados. Había olvidado tantas cosas que estuve llorando sin que ella se diera cuenta. Yo nunca he sido un buen amante y menos en las circunstancias en las que me encontraba. Estoy seguro de que ella ni se enteró, de que ni tan siquiera estuvo cerca de sentir lo más cercano a un orgasmo. Se quedó abrazada a mí y yo, por primera vez en muchos años, pude dormir tranquilo.
Me desperté de madrugada y quedé impresionado de su belleza. De la serenidad de su cuerpo, de la sensualidad de su sueño. Una sensación que había experimentado hacía algunos años y que había olvidado. Afortunadamente la había olvidado, porque uno no puede vivir con esas cosas metidas en la cabeza arrancándote momentos de deseo que no puedes alcanzar. Ojalá yo fuera lo suficientemente valiente para poner fin, pero no lo soy. Soy uno de los muchos cobardes que ha descubierto cuál es el verdadero destino, pero que se siente incapaz de dirigirse hacia él con un poco de dignidad. Me podía haber quedado. Haberme despertado y haber desayunado con ella. Haberla vuelto a ver sonreír, haber vuelto a sentir su abrazo. Pero el verbo haber no estaba en mi vocabulario. Me levanté sin hacer ruido, me vestí y salí de la habitación del hotel con el firme propósito de no volver la vista hacia atrás. Llegué a la tienda de una gasolinera y pedí una botella de ginebra de la más barata que tuvieran. 13 euros y todo un camino de perdición y de olvido por delante.

25
may
12

LA ABUELA, de Fulgencio M. Lax

LA ABUELA
Fulgencio M. Lax

- ¡Abuela, ostias! ¿Es que no lo entiendes? Por favor, por favor. La semana que viene te devuelvo el dinero, pero déjamelo ahora. Por favor, abuela, por favor.
-¿En qué te lo vas a gastar? Yo no tengo lo que me pides. Llevo toda mi vida ahorrando para cuando sea vieja y entre tu hermano y tú me habéis dejado sin nada.
-¡Por favor! Mira, escucha un momento. La semana que viene tengo un asunto que me lo van a pagar bien y te devuelvo los 2000 euros con los intereses que me pongas, pero no me puedes dejar así. Necesito el dinero.
-¿Por qué no se lo pides a tu padre?
-¡Coño, abuela! Si no me lo quieres dejar dímelo, pero no me mandes al cabrón de mi padre. Vamos a hacer una cosa. Esto es muy importante para mí. ¡Abuela, ostias. Me estoy jugando la vida! Solo te pido que lo pienses. Ahora tengo que salir un momento, pero dentro de media hora estoy aquí. Tú te lo piensas y cuando vuelva hablamos. ¿Vale?
-Vale hijo, vale. Ve con Dios.

Doña Marta quedó sentada con las manos recogidas en el regazo y la mirada cerrada. -Esto es el final. Esto es el final- se repetía una y otra vez. -De aquí mi voy al asilo, no quiero saber nada de nadie. Ahora que ya no me queda ni un céntimo y he repartido la poca herencia que tenía, me estoy convirtiendo en un mueble de cuyo cajón se saca algún dinero que otro. Pero ahora… Cuando se murió Antonio ya me lo dijo: Vete Marta, vete lejos. Las madres vemos las cosas diferentes y, realmente, no son diferentes. Ojalá me muera pronto. Son muchos años para nada. Dios mío, tengo una angustia que no la soporto. ¿Tanto cuesta un poco de cariño? ¿Cuánto tiempo hace que no oigo una palabra amable? Los hijos, los nietos. ¡Vaya un embuste!

-Oye, Irene, escúchame un momento. Es un momento. Ya me conoces y sabes que te quiero mucho. Todo lo que te estás montando es mentira. Algún hijo de puta está comiéndote el coco porque quiere que nos peleemos y yo quiero solucionar este tema ahora.- Paco había ido a casa de Irene, su novia, que tan solo vive dos calles más abajo. -Yo te quiero Irene. Tú lo sabes bien y ahora me encuentro de una manera….
-Eres un hijodeputa, Paco. Sé que necesitas dinero, me lo ha dicho el Pelos. No me rebajes de esta forma. ¿Cuánto?
-No quiero que pienses que…
-¿Cuanto? y no me jodas más.
-1000 euros es suficiente.
-No tengo 1000 euros, solo te puedo dejar 500.
-¡Coño! puedes pedírselas a tu padre. Dile que es para cualquier cosa. Yo que sé. Invéntate algo.
-Paco, de verdad, sé que estás apurado y me gustaría ayudarte si pudiera. No le puedo pedir dinero a mi padre. Si estuviera en mi mano te ayudaría en lo que fuera. Yo solo tengo 500. De verdad, si pudiera…
-Si pudieras harías cualquier cosa por mí. Lo sé. ¿No es cierto?
-Claro, Paco, claro. ¿Cómo hemos llegado a esto?
-Oye, conozco a un tipo que te tiene ganas y a lo mejor le podemos sacar un pico. Otras veces…
-¡Me cago en tus muertos Paco! Coge los 500 si los quieres y lárgate ahora mismo. ¡Lárgate!, pedazo de maricón. No quiero volver a verte. ¡Largo de aquí!

Paco salió de casa de Irene casi a trompicones, pero con los 500 euros en el bolsillo de la cazadora. Su paso era nervioso y ligero. Tenía una importante deuda y no le alcanzaba el dinero. Había pedido prestados 3000 euros para negociar y comprar aceite de hachís. Un negocio redondo si el alijo no hubiera sido descubierto antes de ser descargado en el puerto de pesca de Mazarrón. Su socio había perdido más de 60000 euros, pero no se los debía a nadie. Ahora él tenía que recuperar el dinero antes de las doce del medio día o tendría un serio problema con el Toto, un gitano prestamista que le había hecho el favor de dejarle el dinero a cambio de que se lo devolviera, sin demora, en la fecha acordada y recuperar los intereses una vez colocada la mercancía. Hoy, a las doce en punto, Paco tenía que entregar 3000 euros que no tenía.

A las 11,30 entraba de nuevo en su casa llamando a su abuela a gritos.

-¡Abuela, abuela! ¿Qué me dices? ¿A que sí? Abuelita, abuelita, que corazón más grande tienes…
-Toma este talón. Esto se acabó Paco. Estoy al final de todo.
-Es que verás abuela, ha surgido una cuestión y voy a necesitar algo más.
-¿Cuánto?
-No es mucho más, pero se ha enredado un poco y ya sabes que yo te lo devuelvo todo la semana que viene.
-¿Cuánto más?
-1000 más.

Marta, con un semblante de indiferencia, se levantó del sillón y fue a la cómoda donde guardaba el talonario de cheques. Paco estaba muy nervioso y no dejaba de andar de un lado para otro. -Venga, abuela, venga- gritaba en su mente sin cesar.

-¿Has dicho 3000?
-Sí.
-Pero no le digas a nadie que yo te he dado ese dinero. Pensarían que tienen derechos y yo ya estoy al final. Cada día me siento más sola y me voy a marchar de aquí.
-No, abuela. No digas eso. Son imaginaciones tuyas. Aquí todos te queremos un montón.
-Toma el talón y 50 euros para que me traigas lo que hay en la farmacia para mí. Te pilla de paso al banco.
-Ahora no puedo abuela. Tengo mucha prisa.
-Pero si es un instante. No tardas ni cinco minutos.
-Que me voy abuela. Que tengo mucha prisa.
-Paco… Es solo un instante.
-Que luego, que luego.
-Paco…
-Que te den, abuela. Que te den.

19
may
12

LA CONFERENCIA, de Fulgencio M. Lax

LA CONFERENCIA
Fulgencio M. Lax

Terminé avergonzado al ver lo que había hecho en aquella conferencia. Me invitaron amablemente para hablar de mi último trabajo sobre Thomas Mann. En realidad solo querían generalidades pero yo empecé a hablar de su obra El doctor Fausto, que me parece la más importante. Pero en el momento en que vi las caras de los asistentes supe enseguida que muy pocos habían leído la obra y que si estaban allí era porque sus profesores los habían obligado. Así que me dispuse a disfrutar y comencé a mezclar textos, autores y fechas sin ningún tipo de rigor y con todas las confusiones de las que era capaz. Las caras seguían siendo las mismas, incluso la de los profesores. Nadie dijo nada de nada. Incluso al final, el rector de la universidad allí presente, me brindó unas palabras de agradecimiento por el alto nivel del contenido que había tenido la generosidad de compartir con ellos. A sus palabras le siguió un enorme aplauso.
Salí de allí lo más rápido que pude y me metí en el primer bar que encontré. De pronto me di cuenta de que era un pub revestido de terciopelo y taburetes forrados de escay negro. Allí pedí una copa de anís seco. El camarero se empeñó en servirme una copa llena de hielo con un chorrito de anís aromatizado con no sé que ostias. Con toda la amabilidad de la que fui capaz le pedí que me lo sirviera en un vasito corto y estrecho porque seguramente me tomaría varios. Me costó trabajo que lo entendiera, pero al final logré que mi discurso pedagógico calara en aquel mensajero divino. Los camareros son siempre mensajeros de Dios porque nos ponen en contacto con la divinidad a través del lenguaje que solo los dioses entienden: la enajenación, vulgarmente conocida como borrachera.
Cuando noté que las líneas del horizonte comenzaban a flaquear, decidí que ya había llegado el momento de retirarme al hotel y dar cuenta de la media botella de Hendricks que guardaba en mi habitación. Pero todos los días guardan una sorpresa que puede joderte las últimas horas. A la puerta del hotel me estaban esperando dos alumnos, un chico y una chica, que habían estado en mi magistral conferencia. Venían a pedirme que les acompañara a su piso de estudiantes porque habían organizado una cena y les gustaría que asistiera. No me dijeron nada antes porque salí corriendo de aquella charla impresentable sobre Thomas Mann. Insistieron tanto que decidí aceptar. Me metieron en un taxi y cuando llegamos al piso, estaba lleno de novios y novias, solteros y solteras y, supongo, que alguno de ellos sería estudiante. Es muy difícil distinguirlos si no es por la edad, y este es un dato muy poco fiable. Felicitaciones, presentaciones, peloteo, bla, bla, bla, bla. Me fijé que había unas botellas de vino Ribera del Duero de 1,5 euros. La chica que me recogió en el hotel me sirvió un vaso y con una sonrisa especial me lo ofreció. Yo le arranqué la botella de la mano y le di un buen trago. Con vino aún en mi boca la agarré del cuello y le di un morreo impresionante. Ella me dio un bofetón y yo la cogí por la cintura y le metí la boca otra vez. No duró mucho porque alguien me dio un puñetazo en la cara, me cogieron de la pechera y me arrastraron hasta la escalera, por donde me dejaron caer. Bajaron corriendo a recogerme y cuando me levanté vi que esta misma chica me sostenía por los brazos. No desaproveché la oportunidad y le volví a dar un morreo. De nuevo me llovieron no sé cuántas ostias en la cara y en el pecho. Y de nuevo escaleras abajo hasta la puta calle. Ahora no vino nadie y me levanté solo como pude. Nunca fui un entusiasta de las fiestas de estudiantes. Siempre me parecieron coros de soplapollas en do sostenido pajeando sus mentes porque no pueden pajear otra cosa.
Todavía paré dos veces más antes de llegar a mi hotel. ¿Y a quién me encuentro en el hall? A la chica que me había recogido en taxi y por la que me habían aostiado de esa manera. Lo primero que hice fue mirar en todas direcciones para ver por donde me iban a venir los golpes. Ella estaba sola. Era una criatura hermosa, con unos labios carnosos, unos ojos negros penetrantes, unas piernas largas y unas tetas muy equilibradas. Bastante más equilibradas que mi horizonte.
-No me puedo creer que haya hecho usted eso. Tenía que decírselo. Yo he leído todo lo que usted ha escrito y para mí era muy importante conocerle.
-Ya lo has hecho.
-No me ha gustado lo que he visto.
-¿Y qué es lo que no te ha gustado?
-No me ha gustado su infierno.
-¿Qué sabrás tú? ¿Qué es lo que quieres en realidad?
-No lo sé. Quizá entenderle mejor.

¿Entenderme mejor? ¿A mí? Enseguida noté una presa fácil. Aquel coñito se me estaba ofreciendo sin haberlo pedido. Noté como me crecían los colmillos y se me alargaban las garras. Incluso puede que babeara un poco, pero fui consciente de mi lamentable estado y todo volvió a su sitio.

-¿Qué edad tienes?
-21 años
-Pues ya va siendo hora de que te despiertes. Cógete a un tío que te meta el ciruelo y verás como mañana piensas de forma diferente.
-Es usted un imbécil.
-Vete al peo, niña. Vete al peo.

Y como pude subí a mi habitación y di cuenta de la media botella de ginebra que me quedaba. Nunca me ha gustado dejar ningún trabajo pendiente.

14
may
12

EL BAUTIZO, de Fulgencio M. Lax

EL BAUTIZO

Otro día más con el calor secándote el cerebro. El jefe había pensado que si ponía refrigeración en el taller podría mantenernos algún tiempo más trabajando sin que le reclamáramos las horas extraordinarias. ¡Pedazo de hijodeputa! ¿Acaso nosotros somos hormigas? Trabajamos para poder comer y tener fuerzas para joder cuando se presente la ocasión. La jugada le salió mal y nosotros salimos ganando. Un día me llamó a su oficina para intentar convencerme de lo importante que era que el negocio funcionara bien, ya que así tendríamos trabajo y todos saldríamos ganando. Me contó una historia de ciencia ficción con robos de bancos y letras impagadas que no había quién se la creyera, sobre todo después de haberse comprado un chalet en el campo de más de trescientos mil euros. J. -me decía con tono condescendiente y paternal- usted es inteligente y si el negocio se mantiene tengo pensado ascenderle a encargado de taller. Usted me inspira confianza en el trabajo…. ¡Cómeme la polla, pedazo de cabrón!, le contesté sin dejarle terminar. Colgué el mono y me largué de aquel miserable trabajo por 800 euros al mes. Esa mierda de sueldo me daba para comer basura, comprar alguna botella e ir de putas una vez cada mucho tiempo. Para mi, ir de putas, es muy importante. Es un ambiente que tiene magia. Ir de putas siempre ha tenido una especial significación. Llegas a la barra, se te acercan, les hablas, tal cual y a follar. Terminas, te limpias y a tu casa. Así de sencillo. No hay antes ni después. Otro tema es cuando las recoges de la calle, tienes que ir a algún sitio y eso supone otro rollo. Tampoco está mal, pero hay que entablar una conversación, decir algo. No sé. Es otra historia.

Al llegar a casa, me encontré con una carta en el buzón. Era de mi hermana. Ella me mantiene informado de lo que pasa en la familia: Se ha muerto el tío Enrique. La prima Concha se ha casado. La tía Pepita está enferma. Como una gaceta familiar que me tiene al día de unas noticias que me importan un pijo.

Querido J.

He tenido una niña preciosa y te esperamos para el bautizo el próximo domingo. No faltes. Estaremos todos. Llámame.

Un beso. Mª Carmen

Ir a visitar a mi hermana es algo que va contra mi autoprotección e instinto de supervivencia. Cuando regreso siempre soy algo más viejo. Vuelvo totalmente agotado. Si voy, tendré que ver al tontarra de mi cuñado y a la intelectual de izquierdas de su madre. Son incapaces de tener una conversación normal sin que asomen los plumeros de la sabiduría de mercado de abastos. Su clasificación de los seres vivos incluye una cuarta categoría que me parte de risa: Yo. Para ellos soy una oveja negra oscura tiznada de carbón. Por mi hermana podría hacer un esfuerzo e intentar comportarme, pero la mediocridad supera todos mis índices de analfabetismo. Era miércoles y el bautizo sería el fin de semana siguiente – Me tendré que comprar un traje o algo así. Me jode tirar el dinero de esta manera. Me arreglaré con lo que tengo. Me da lo mismo. Realmente me da lo mismo.

Supongo que el hijodeputa de mi jefe sabrá que ya no voy a volver. Me debe la semana pero, con tal de no verle la cara, prefiero que se quede con el sueldo. Es lo que vale mi tranquilidad. Cada uno debe saber cual es el precio de las cosas. No se puede entrar gratis al cine. Voy a celebrar mi mundanal ruido con una botella de ginebra. De ginebra de garrafa, así la resaca será más dura y me hará recordar con más gusto la borrachera. El placer es una cosa de contrastes. Quedarse puramente en un placer físico es una simpleza, lo importante es el color que tome el recuerdo. Cuando te follas a una puta, si la cosa ha ido bien física y síquicamente es un puntazo para siempre, pero si solo ha sido un buen polvo, la cosa no pasa de ser una mierda con buen color. De todas formas no siempre se puede beber por placer, otras veces es el puto vicio, la costumbre, el ¡Buenos días! de todas las mañanas. Un buen compañero que no te traiciona de golpe, aunque te vaya matando poco a poco, como el tiempo.

En un ataque de prudencia decidí coger el autobús y no conducir mi coche. A determinadas horas del día me cuesta distinguir lo que es carretera de lo que no lo es. Viajar en autobús me da la seguridad de que, al menos, voy a llegar entero a la parada final. Esperaba que alguien viniera a recogerme. Dejé un mensaje en el contestador automático anunciando mi llegada. Fue un viaje sin mucha suerte. Ni una tía buena en todo el autobús. Dos contenedores de grasa iban sentados delante de mí. Una buena pareja. Dará gusto verlos en la cama, el uno aplastado contra el otro. Seguro que él tiene tantas tetas como ella. Eso está muy bien, porque acercarse a lo femenino es acercarse a la perfección. La mujer está más cerca de lo perfecto que el hombre, por eso yo soy así, porque soy imperfecto. Soy un verbo imperfecto. A mi izquierda había un tipo leyendo un periódico en inglés. El conocimiento de lenguas bárbaras siempre me ha llamado la atención. Es una de mis lagunas. Soy imperfecto del subjuntivo con las mayúsculas del abecedario. A su lado iba sentada una jovencita con futuro, no ha dejado de mirar por la ventana en todo el tiempo. Sus pensamientos aún serán ingenuos, blancos y puros. O no. Vete tú a saber si no tiene ya el coño como un cazo de sopa. Ahora las edades engañan la ostia. A mi lado iba sentado un viejo que se bajó muy pronto.

No vino nadie a esperarme. No he querido estar ni una hora de visita. Me había retrasado una semana. Había llegado una semana tarde. La culpa fue mía por no leer las fechas de las cartas, pero no creo que haya matado a nadie. La cara de lamecoños que tenía la suegra de mi hermana, mi cuñado indiferente metido en el cuarto de baño haciendo como si cagaba y mi hermana histérica, son demasiados obstáculos para una sola vez. En menos de dos horas estaba ya de vuelta. A la mierda. La culpa la tuve yo por ir de visita. El autobús de regreso iba más vacío. Solo viajábamos cinco personas sin contar al conductor. Estaba deseando llegar a mi casa o a algún sitio dónde poder tomar una copa.

No me queda mucho dinero para poder aguantar sin trabajar, pero ¿A quién le importa lo que pueda pasar mañana? Mi futuro tiene nombre de día de la semana. ¡Mierda con el tiempo!

13
may
12

EL QUINTO MINUTO, de Fulgencio M. Lax

EL QUINTO MINUTO
Fulgencio M. Lax

Es curioso como las casualidades se van juntando y formando cruces de caminos, que por mucho que huyas o que te pases la vida evitándolos, al final siempre te ves metido en esa encrucijada. Realmente no me he opuesto nunca a nada, solo me he dejado llevar, aunque reconozco que en cuanto intuía algo que me sonara a laberinto, inmediatamente cogía la dirección opuesta.

Hacía tan solo un año que había dejado mi trabajo en la Universidad y vivía de los ahorros de toda una vida haciendo el capullo delante de una pizarra. Había conseguido un alto índice de indiferencia a todo lo que pasaba a mi alrededor. Se podía estar hundiendo el jodido mundo y yo quedarme tan tranquilo, pensando tan solo en la próxima copa que iba a tomar. El mundo, detrás del cristal de un vaso lleno de ginebra, se ve de otra forma mucho más llana, aunque sepas que el tiempo te espera agazapado para traicionarte al menor descuido. Por ejemplo, ahora mismo me estoy tomando una Lirios impresionante. Una impresionante mala copia de la Larios de siempre, pero me hace pensar que todo es relativo, con más o menos profundidad. Un imbécil se convierte en un imbécil profundo, por ejemplo. Ayer me di un homenaje con una botella enterita de Martin Miller’s pero la jodí por la noche, pues estuve bebiendo vino de un tetrabrik sin marca. Así es que la acidez que tengo esta mañana tiene unos motivos muy claros e identificables. Son los altibajos que tiene el ser consciente de los pasos que vas dando. A partir de la quinta copa del quinto minuto del quinto bar de cualquier barrio ya no distingues si es vino, ginebra o salfumán.

Hasta hace unos meses vivía solo en la tercera planta de mi edificio, situado en un barrio estrecho, oscuro, sin contenedores para la basura, sin parques, pero con una comisaría de policía que tiene que ser la envidia del ministerio del interior. Eso sí, por lo menos han dejado a las putas y así las noches están más acompañadas. Es curioso, se mueven en la oscuridad, en la clandestinidad, pero llenan de gente y de interés los lugares más olvidados y escondidos. Decía que hasta hace unos meses no tenía vecinos en mi planta, pero se instaló allí una mujer mayor con su hija. Desde entonces hemos follado dos o tres veces. O cuatro, no sé. Uno no puede llevar la cuenta de todo al pie de la letra. No estuvo mal, nada mal, pero la cosa se jodió cuando después de echar un polvo se apoyó en mi hombro y me estuvo susurrando cosas que apenas entendía. O que yo no quería entender.
-Eres especial, estaría así todo el tiempo. Me gustas tanto.
-En el bidel hay agua caliente, le dije mientras me vestía y salía corriendo a la calle en busca de algo de aire fresco que me liberará de un compromiso al que yo no estaba dispuesto.

Una mañana temprano, sobre las 10:00, cuando apenas se me han disipado los dolores, las angustias y las alucinaciones, la anciana llamó a mi puerta gritando mi nombre con una angustia que yo no había visto jamás. Hacía mucho tiempo que no oía mi nombre repetido tantas veces. Abrí la puerta como pude y me la encontré en camisón, rodeada de policías y a su hija gritando y peleando con un tipo vestido con gabardina estilo exhibicionista de menores. ¿Qué podía hacer yo si venían a echarlas del piso por falta de pago al banco o yo que sé a quién? Anabel, que así se llamaba su hija, me miraba como si yo fuera la única posibilidad de esperanza que tenían. ¡Dios mío! Yo era un clavo ardiendo. Me puse todo lo digno que pude y solo alcancé a decir alguna tontería que tuvo como consecuencia que me dieran empujones y golpes, lo que hizo que aumentara mi dolor de cabeza y que se acelerara el estrepitoso vómito que descargué en los zapatos del señor de la gabardina. Lograron echarlas a la calle y no sé donde fueron a parar. Uno va a parar siempre a algún sitio, sea mejor o peor, pero siempre hay un sitio. Pasaron los meses y el piso quedó cerrado y clausurado. Que yo sepa nadie volvió a vivir allí. Es una paradoja, pero es la realidad.

Después de algún tiempo, en la calle donde está el edificio de correos, me encontré de frente a la madre de Anabel. Había envejecido muchísimo y vestía como un pobre vagabundo que sabe que es pobre y que ya nunca saldrá del pozo de los miserablemente miserables, todo lo más irá la cosa a peor. Estuve por pararla y preguntarle, pero pasó por mi lado como un alma camino de un patíbulo, si es que no había llegado ya. Me quedé mirando cómo se alejaba y pensé en Anabel, en sus besos, en sus caricias, en sus susurros. En su compañía. Pensé en la soledad, en el silencio, en la oscuridad.

Entré en el bar del Torrao. Me tomé dos vasos de vino y guardé silencio. Pensé si era un día para tomar Martin Miller’s o volver a hundirme en el áspero sabor del alcohol para quemar que es la ginebra Lirios hasta que me reviente el hígado por algún sitio.

27
abr
12

EPITAFIO/2003. Fulgencio M. Lax

Epitafio-2003
de Fulgencio M. Lax

PERSONAJES
H1.- Oscuro hombre de negocios. Putero, drogadicto, católico apostólico y romano practicante y alcohólico.
YO.- Un ignorante y perplejo ciudadano. Putero, drogadicto, alcohólico y poeta. Moribundo.

INTRODUCCION
He corrido todo cuanto he podido
Y me siento cansado
Hoy es así, pero no puedo evitar este salto
Mañana puede que llueva
He de comenzar el nuevo trabajo
Nunca es tarde para terminar
Un oficio agotador, de pocas horas
Oigo ruidos que me crean ansiedad
Siento miedo y me tiembla el pecho
Yo sigo e intento concentrarme
Ha llegado un nuevo cargamento
Aún no hemos terminado con lo nuestro
Las ratas de hoy han venido moribundas
Las ratas de ayer estaban todas muertas
El trabajo se facilita porque no temes que te muerdan
Este cemento ha empezado a endurecerse
Nunca he estado aquí
Yo lo hago siempre igual
Trabajo rápido y escupo rápido
Es una cadena larga de mordedores de ratas
Un final extenso y desolado
Hay alguien en la ventana
Sólo un mordisco en el hocico
Un mordisco seco para que no griten
Casi no queda luz
Masticando la cabeza
Saboreando y escupiendo
Masticando la cabeza
Saboreando y escupiendo
Un trago de desinfectante
Unas anotaciones sobre el sabor
La luz es cada vez más pobre
La cadena no puede detenerse
Esas ratas tienen un origen
Esas ratas han comido algo en concreto
La eme es una letra de vértigo
Muertas no pueden morder ni arañar
Una rata moribunda es siempre un peligro
El cubo se llena de hocicos desgarrados
El desinfectante es de un sabor fuerte
Nadie puede cerrar esa puerta
He podido oír sus gritos
Los trabajadores mueren infectados
Las llagas y las heridas no se curan
Y al final, un cambio de turno
La cadena no se para
He puesto una coma en su sitio
Llega otro cargamento
Yo sigo masticando y evito los ojos
Un fuerte trago
Todo me quema por dentro
Me trago el pus
Me supuran las encías
Y duermo tranquilo, en silencio.

(En las grietas de un grueso muro de cemento y al calor de un extraño fuego, se extiende una barrada y estrellada cloaca. Amanece. El hombre1 se encarama a una enorme hamburguesa para que todo el
mundo pueda oírle bien. Mientras habla, sostiene en sus manos las entrañas de los huérfanos de un cercano hospicio. Al fondo, un coro de ángeles entona el Pie Jesu. Yo se encuentra montando un cinturón de explosivos que, con mucho cuidado, irá llenando cartucho a cartucho.)

YO.- Hoy es un buen día para tratar de descansar. Este sol, estas nubes, esta brisa. Este buen tiempo.
HOMBRE1.- (Mirándolo de reojo y con cierta desconfianza, empieza a leer su discurso.) Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.
YO.- Eso lo has aprendido en la universidad, aunque todos sabemos que no fuiste ni un solo día.
HOMBRE1.- Yo nunca fui a la universidad.
YO.- He visto cómo lo copiabas de un anuncio del periódico y esa forma de escribir sólo se aprende en un sitio y de una manera.
HOMBRE1.- (Lo mira con todo el recelo con el que se puede mirar a otra persona.) Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona. Además, yo nunca leería un periódico.
YO.- Eso ya lo sé.
HOMBRE1.- Al menos sin saber lo que dice antes.
YO.- Eso también lo sé.
HOMBRE1.- Veo que sabes muchas cosas. No me gustaría que te convirtieras en un tipo sospechoso. Con ese rostro …
YO.- ¿Mi rostro?
HOMBRE1.- Es un rostro que despierta sospechas.
YO.- ¿Sospechas? ¿Sabes por qué la cuchilla de una guillotina no se afila por los dos lados?
HOMBRE1.- No me detengo en esas tonterías. No me interrumpas ahora, déjame que termine. Esto me lo estoy aprendiendo de memoria. Nadie estará sometido a esclavitud ni a servidumbre. Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes. Bueno, este último aspecto se sobreentiende si no se lo merece, porque al que se lo merece hay que castigarlo duro. Muy duro.
YO.- Cuando suene el teléfono ya te avisaré y, entonces, sí tendrás que interrumpir tu discurso.
HOMBRE1.- ¿Por qué dices que la cuchilla de la guillotina se afila sólo por un lado?
YO.- Eso deberías saberlo. Lo sabe todo el mundo.
HOMBRE1.- Pero aún no lo sé. En el momento en que lo sepa ya no volveré a preguntarlo otra vez.
YO.- Para que no pierda el filo tan pronto y pueda utilizarse más veces sin tener que llamar al afilador. Es una forma de ahorrar. El mínimo esfuerzo con el máximo rendimiento. Una ejecución inteligente.
HOMBRE1.- No lo había pensado, lo apuntaré (Coge un papel para apuntar.) Lo apuntaré bien apuntado. Una ejecución inteligente es una buena idea. Déjame un bolígrafo.
YO.- No tengo.
HOMBRE1.- ¿No tienes?
YO.- Bueno, no lo sé. Creo que no.
HOMBRE1.- ¿No?
YO.- Estoy seguro de que no tengo.
HOMBRE1.- ¿Y cómo escribes?
YO.- No escribo.
HOMBRE1.- Yo sí lo escribo todo para que no se me olvide, para tenerlo presente en cada momento en que necesite cada uno de los pensamientos y cosas que escribo.
YO.- Yo los olvido con facilidad y espero a que vengan otros nuevos.
HOMBRE1.- Con gente como tú no se hace patria. Las tradiciones hay que mantenerlas y ser fiel con la historia que nos ha tocado vivir.
YO.- Ya, pero las cosas las olvido rápido y espero a que vengan otras nuevas. Aunque de algunas me acuerdo.
HOMBRE1.- ¿De cuáles?
YO.- No sé, lo olvido todo muy rápido.
HOMBRE1.- (Tirando el papel en el que iba a escribir y recuperando su discurso.) Nadie podrá ser arbitrariamente detenido, preso ni desterrado. Esto se entiende fácil, ¿no?
YO.- El teléfono, ha sonado el teléfono.
HOMBRE1.- Yo no lo he oído.
YO.- Pues ha sonado.
HOMBRE1.- Pero yo no lo he oído. Algunas veces suena y suena pero yo
no lo oigo.
YO.- Puede que quien esté llamando no quiera que lo oigas. Puede que
sea algo importante o puede que no. ¿Quién sabe? Incluso puede que no
sea para ti. Aunque ahora ya ha dejado de sonar.
HOMBRE1.- ¿Entonces, crees que debía haber cogido el teléfono?
YO.- ¿Tú lo has oído?
HOMBRE1.- Yo no, pero tú sí lo has oído.
YO.- Ya, pero no era para mí.
HOMBRE1.- Pero podías haberlo cogido.
YO.- Sí, pero no era para mí.
HOMBRE1.- ¿Y cómo sabes que no era para ti?
YO.- Porque yo no tengo teléfono. De todas formas lo dejaré descolgado.
HOMBRE1.- ¿Descolgado?
YO.- Por si vuelven a molestar.
HOMBRE1.- ¿Y si vuelven a llamar?
YO.- No habrá nadie.
HOMBRE1.- Eres un tipo extraño. Muy extraño. No te conozco. Yo estaba
ensayando mi discurso, suena el teléfono y no lo oigo. Vienes a la puerta de mi casa …
YO.- Una bonita casa.
HOMBRE1.- ¿Te gusta?
YO.- Yo no podría pagarla.
HOMBRE1.- ¿Qué estás haciendo? Parece un trabajo muy entretenido.
YO.- Lleno estos cartuchos de dinamita.
HOMBRE1.- ¿Dinamita? ¡Aquí hay un diccionario!
YO.- Es mío
HOMBRE1.- ¿Lees el diccionario?
YO.- No, sólo uso las hojas sueltas. Las uso según las letras. Mira, esta es de la hoja de la H y esta es la de la P.
HOMBRE1.- Pero eso es muy peligroso.
YO.- Y envuelvo los cartuchos así. ¿Ves?
HOMBRE1.- ¿Puedo probar yo?
YO.- Bueno, pero lleva cuidado. Mucho cuidado.
HOMBRE1.- Realmente no puedo entretenerme, he de ensayar mi discurso y ahora no te puedo ayudar ¿Te importa si sigo?
YO.- No, no me importa.
HOMBRE1.- ¿Está bien esta pose?
YO.- Sí, supongo que sí.
HOMBRE1.- (Recuperando su discurso.) Nadie podrá ser arbitrariamente detenido, preso ni desterrado. Fácil, ¿no?
YO.- (Que continúa llenando los cartuchos con dinamita.) Pssssss. Ya lo dijiste antes ¿Podrías aclararlo un poco más?
HOMBRE1.- (Hablando más despacio.) Nadie podrá ser arbitrariamente detenido, preso ni desterrado. ¿Ahora sí?
YO.- Un poco mejor.
HOMBRE1.- ¿Sólo un poco?
YO.- Bueno, un poco más.
HOMBRE1.- Entonces sigo. En un mundo como es el mundo en que vivimos, nadie será objeto de injerencias arbitrarias en su vida privada, su familia, su domicilio o su correspondencia, ni de ataques a su honra o a su reputación. Esto me suena a putas. Reputaciónputas, ja, ja, ja, ja, ja. Reputación-putas, ja, ja, ja, ja, ja. Me encantan las putas y cuanto más jovencitas mejor. Es importante que se aprenda cuanto antes el oficio, así luego son auténticas profesionales, ¿No crees?
YO.- Es posible. Esas niñas y niños de once años; esas niñas y niños de doce años; esas niñas y niños de trece años, … (Con la más desolada impotencia.) Es posible, es posible.
HOMBRE1.- Veo que sigues la intención de mi discurso. Y ahora la emigración turística. Toda persona tiene derecho a salir de cualquier país, incluso del propio, y a regresar a su país. ¿Por qué le pones carne a esos cartuchos? ¿No los estabas llenando de dinamita?
YO.- Y los lleno de dinamita.
HOMBRE1.- Pero eso es carne. Les estás poniendo carne.
YO.- Sí.
HOMBRE1.- Eres un tipo extraño.
YO.- ¿Extraño?
H1.- Les estás poniendo carne, ya me dirás.
YO.- Les pongo carne para que al estallar se dispersen todos los trocitos mezclados con los de la víctima y todo se confunda.
HOMBRE1.- Siempre hablando de víctimas ¡Qué cansados! Aunque pensándolo bien no es mala idea. No es mala idea. ¿La carne es de ternera?
YO.- No, es de cerdo.
HOMBRE1.- ¿De cerdo?
YO.- Sí, de cerdo.
HOMBRE1.- ¡De cerdo! ¿Quieres echarle un vistazo al discurso?
YO.- No puedo, ahora tengo mucho trabajo, todavía me quedan algunos cartuchos por llenar y pronto se va a hacer de noche.
HOMBRE1.- Bueno, pues entonces escucha: Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión.(Mirando a Yo y en tono explicativo, como disculpándose.) Es que los discursos no los escribo yo, me los escribe un tipo que dice cada cosa. Mira esto que viene ahora: Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones. Voy a tener que retocarlo. Uno puede pensar lo que quiera, puede creer en lo que quiera, pero ante todo está la moral y todos tenemos que someternos al dictado de las buenas normas de conducta y de la más alta moral. Sin moral y sin religión no puede existir el Estado. Esto voy a decirle que me lo incluya, que me ha quedado bien, ¿No crees?
YO.- Pssss.
HOMBRE1.- Es sólo un discurso, no se puede tomar por otra cosa. Un discurso es un discurso y punto, no tiene otro significado. No sé qué pretendes decir con ese tono que utilizas.
YO.- Nada en concreto. Sólo eso. Pssssss.
(Pausa. El silencio grita tres veces.) Ahora me tomaría una cerveza. No estaría mal que me invitaras a una cerveza.
HOMBRE1.- ¿Una cerveza?
YO.- Sí, una cerveza.
HOMBRE1.- ¿Te apetece una cerveza?
YO.-
HOMBRE1.- Eres un tipo muy extraño.
YO.- Es posible. ¿Me invitas?
HOMBRE1.- Voy ahora mismo. ¿Con alcohol o sin alcohol?
YO.- Con alcohol.
HOMBRE1.- Voy. ¿La quieres en botella o en vaso?
YO.- En botella.
HOMBRE1.- Voy. ¿Quinto o tercio?
YO.- Dos quintos.
HOMBRE1.- Un momento. ¿Me tienes el discurso?

(Sale. YO coge el discurso y dibuja en cada una de las letras el camino infinito de un futuro apenas existente. Lo oculta en un lugar secreto. El barro se está haciendo cada vez más espeso y no sirve para mezclarlo con las enormes cataratas de cemento que se alzan al fondo. En la garganta las venas comienzan a perder el rumbo.)

YO.-
He corrido todo cuanto he podido
Y me siento cansado
Hoy es así, pero no puedo evitar este salto
Mañana puede que llueva
He de comenzar el nuevo trabajo
Nunca es tarde para terminar
Un oficio agotador, de pocas horas
Oigo ruidos que me crean ansiedad
Siento miedo y me tiembla el pecho
Yo sigo e intento concentrarme
Ha venido un nuevo cargamento
Aún no hemos terminado con lo nuestro
Las ratas de hoy han venido moribundas
Las ratas de ayer estaban todas muertas
El trabajo se facilita porque no temes que te
muerdan
Este cemento ha empezado a endurecerse
Nunca he estado aquí
Yo lo hago siempre igual
Trabajo rápido y escupo rápido
Es una cadena larga de mordedores de ratas
Un final extenso y desolado
Hay alguien en la ventana
Sólo un mordisco en el hocico
Un mordisco seco para que no griten
Casi no queda luz
Masticando la cabeza
Saboreando y escupiendo
Masticando la cabeza
Saboreando y escupiendo
Y al final, un ligero parpadeo
Un silencio extraño
Un silencio nuevo
Un silencio.

(El tiempo se esconde agazapado dejando pasar las horas, los
días, los meses. Los años.)

HOMBRE1.- (Entrando con una cerveza en la mano.) Aquí tienes tu cerveza. Ya puedes devolverme el discurso. (Yo le entrega su discurso.) Bien, bien. Continuemos. Mientras te bebes tu cerveza yo voy a seguir leyendo mi discurso. Ha pasado tanto tiempo que no quiero olvidar nada. Lo nuestro es la lucha porque permanezcan intactos los valores morales que nos han traído hasta aquí. (Yo eructa después de un hermoso y largo trago de cerveza. El Hombre1 continúa leyendo su discurso.) Toda persona tiene derecho a participar en el gobierno de su país, directamente o por medio de representantes libremente escogidos. Mira esto. ¿Has oído? ¿Cómo voy a salir ante las multitudes y decir semejante tontería? Esto voy a tener que corregirlo, así no se puede. No se puede de ninguna de las maneras. Menos mal que lo estoy leyendo antes, que si no… Vaya ridículo. ¿Tú no dices nada? (Yo vuelve a eructar.) Tú lo que eres es un amoral. Un libertino. ¡Comunista!
YO.- ¿Quieres un trago?
HOMBRE1.- ¿Y tu trabajo, lo has terminado ya?
YO.- Sí.
HOMBRE1.- A mí todavía me queda un rato. Este discurso es cansadísimo.
YO.- Puedes tomar un trago de cerveza y así descansas un poco.
HOMBRE1.- Vale. (Da un trago a la cerveza.) Te ha quedado muy bien este chaleco. ¿Para quién es?
YO.- Para ti.
HOMBRE1.- ¿Para mí? ¿Un chaleco de cartuchos envueltos en hojas de un diccionario para mí?
YO.- Está hecho a tu medida.
HOMBRE1.- ¿Un chaleco de cartuchos rellenos de carne de cerdo para mí?
YO.- Sí.
HOMBRE 1.- ¿Un chaleco de cartuchos de dinamita?
YO.- Sí.
HOMBRE1.- ¿Un regalo? ¿A mi medida? Realmente es un detalle y he de reconocer que me has emocionado.
YO.- Un regalo a tu medida.
HOMBRE1.- Mi color preferido es el azul.
YO.- Este chaleco es de color azul.
HOMBRE1.- Azul pálido.
YO.- Pero azul. Pálido, pero azul.
HOMBRE1.- ¿Me lo pruebo?
YO.- Adelante
HOMBRE1.- ¿Qué tal me queda?

(En ese mismo momento las entrañas del Hombre1 pasan a ver la
luz del día. Lejos, una suave campana anuncia un final. Sólo un final. Y la rueda vuelve a dar una vuelta para iniciar su recorrido.
Yo se acerca al cadáver del Hombre1 y, mordiéndole en la boca, le
arranca los labios y parte de los dientes. Luego escupe en un enorme
cubo de basura que arrastra sujeto a una cadena.)

YO.-
La luz es cada vez más pobre
La cadena no puede detenerse
Esas ratas tienen un origen
Esas ratas han comido algo en concreto
La eme es una letra de vértigo
Muertas no pueden morder ni arañar
Una rata moribunda es siempre un peligro
El cubo se llena de hocicos desgarrados
El desinfectante es de un sabor fuerte
Nadie puede cerrar esa puerta
He podido oír sus gritos
Los trabajadores mueren infectados
Las llagas y las heridas no se curan
Y al final, un cambio de turno
La cadena no se para
He puesto una coma en su sitio
Llega otro cargamento
Yo sigo masticando y evito los ojos
Un fuerte trago
Todo me quema por dentro
Me supuran las encías
Y quedo dormido, en silencio
Dormido para siempre.

27
abr
12

POST-IT. Cía Teatro Sotterraneo

POST-IT
CIA. TEATRO SOTTERRANEO (Italia)
27/04/2012

http:// www.teatrosotterraneo.it

Ficha artística
Creación colectiva: Teatro Sotterraneo
En escena: Sara Bonaventura, Iacopo Braca, Matteo Ceccarelli,
Claudio Cirri
Dramaturgia: Daniele Villa
Asistencia teénica Cleto Matteotti, Alessandro Ricciardelli, Marco
Santambrogio
Realización escénica: Camilla Garofano, Giovanna Moroni
Producción Teatro Sotterraneo/Fies Factory One
Coproducción: Centrale FIES
en colaboración con Teatro della Limonaia
con el apoyo de Teatro Studio di Scandicci – Scandicci Cultura

NOTAS DE CAFÉ
Fulgencio M. Lax

Cuando el público lo pasa bien es tremendamente agradecido con la compañía que representa y así se ha podido ver en el aplauso que se le ha brindado.

Yo creo que hemos visto un espectáculo que tiene dos partes. Una primera, que me ha parecido la más interesante, en la que juegan con el espacio, con la creación vectorial de universos espaciales. Un juego conceptual muy cabalístico y que me recordó el poema La cifra, de Borges, en el que resume todo un concepto del equilibrio. Pero además, la creación favorece el juego caleidoscopico del movimiento y del espacio, multiplicándolo y dibujando algo parecido a ese cubo tan agobiante que sufren los personajes de la película El cubo (1997). Pero pronto dará un giro el espectáculo y romperá el laberinto espacial que ha creado para intentar introducir otro laberinto: el lingüístico y objetual, sin llegar a lograrlo. Los momentos que producen cierta comicidad son muy previsibles, aunque tenemos que reconocer la extraordinaria ejecución, su ingenio, su limpieza y su sencillez.

27
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EL PUENTE. Fulgencio M. Lax

EL PUENTE
Fulgencio M. Lax
-¡Y tú qué coño miras!-, me dijo un muchacho de no más de trece años poniéndome una pistola en la mejilla. Pronto se dio cuenta de que me importaba un capullo lo que hiciera y entonces vi en su cara asomar la sonrisa del cobarde. Se separó de mí y, sin darme la espalda, continuó su camino.

Yo estaba sentado junto a una pequeña senda de asfalto que bordea el río y que cruza por debajo de todos los puentes de la ciudad. De pequeño solía ir a aquel lugar a escaparme un poco de mis padres, de mis amigos, incluso creo, que ya más mayor, de mi mismo, de la mierda de trabajo que tengo, de la pocilga en la que vivo ¡Qué sé yo!

Al principio, hace algunos años, el silencio que reinaba a lo largo de toda la orilla del río tan solo era cortado por el paso de algún coche o las voces de las madres del otro lado del cauce llamando a sus hijos. Luego vinieron más coches, se fueron perdiendo las gritos de aquellas mujeres que yo imaginaba gordas y sudorosas y, con todo eso, se fue pudriendo el río y el silencio. Pero yo aún guardo ese pequeño sabor y me gusta venir a sentarme junto a esta pequeña línea de asfalto. Debajo se esconden nuestras pisadas de niños. Los secretos caminos que nos conducían a los pequeños castillos donde aprendimos el arte de la masturbación, donde tuvimos las primeras experiencias, donde por primera vez fumamos un cigarrillo, donde se empezaba a ser un hombre, incluso donde vimos por primera vez unos pezones sonrosados y duros de la hermana atrevida de alguno de la pandilla. Ese camino conducía al escondite perfecto para escaparse del colegio. Era como un atractivo tobogán hacia la libertad. Yo, algunas veces, participaba de toda esa aventura pero además, tenía la mía propia, sentado debajo de aquel puente en un pequeño montículo de tierra que aún hoy se conserva, de espaldas al río y mirando el muro de contención de las riadas. Me conozco grieta por grieta, su trazado, su extensión, el grosor. La mampostería apenas ha cambiado. Las primeras veces pensé seguir los pasos que iba dejando la erosión, pero pronto se me olvidó y luego ya no me interesó nada. Un lugar donde he vivido mis primeras borracheras y es testigo de los más desagradables vómitos. Aquí también fue donde aprendí a liar porros. Puedo decir que este pequeño montículo de arena endurecida debajo del puente es testigo de los momentos más interesantes de mi vida.

Aquella tarde, después de tomar algunas cervezas, me fui a ese público escondite clandestino a fumarme un canuto para luego regresar a casa, como tantas otras veces a lo largo de la semana, tranquilo y con el pensamiento despejado. El tránsito por aquel lugar siempre es bastante breve: Alguien que regresa de alguna parte, alguien que va a algún sitio, alguna que otra pareja que busca un discreto escondite… A eso de las 7,30 llegó un tipo de unos cuarenta años, vestido con ropa cara pero nada elegante y se paró a unos veinte metros del lugar dónde yo estaba. No hizo caso alguno a mi presencia. Me ignoró por completo y creo que ni tan siquiera me miró una sola vez. No es que me produjera algún tipo de interés, solo que lo tenía casi enfrente y yo nunca he mirado con atención a la gente, pero tampoco suelo mirar hacia otro lado. Siempre me ha importado poco lo que se pudiera pensar. A los diez minutos apareció un muchacho que no pasaría de los trece años, se acercó al tipo y se puso a gritarle.

-¿Me has traído el dinero? ¡Eh! ¿Me has traído el dinero? ¡Me cago en tu puta madre como no esté todo!

El hombre le dio un paquete, que yo supongo que sería el dinero que le pedía, y en ese mismo momento el chico sacó una pistola y le metió tres tiros al tipo en la boca del estómago. Realmente no era mi problema, pero enseguida pensé que, posiblemente, hubiera sido mejor no estar allí aquella tarde. Terminé de liarme el canuto y le prendí fuego. El chico se me acercó gritando como una fiera.

-¡Qué coño miras! ¿Eh? ¿Has visto algo? ¿Eh? – Pero yo no le hice ni puto caso y pude ver como le dio miedo mi indiferencia. Guardó su pistola y se marchó.

Allí quedó muerto aquel tipo con el vientre reventado. Ni siquiera el ruido de los disparos hizo que se acercara nadie. Es como si la gente se hubiera puesto de acuerdo y el único que no se ha enterado de que no había que estar allí, debajo del puente, era yo. La historia no iba conmigo, pronto la sangre se secaría y se volvería negra. Con el calor que hacía, si no recogían el cadáver, pronto empezaría a oler a podrido.

Aquella tarde se me jodió el canuto y, sin terminarlo, me levanté y regresé a casa. Me tomé un valium con dos dedos de ginebra y dormí profundamente hasta la mañana siguiente, en la que debía volver al cochino trabajo de todos los días.




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