FAUSTO, el primer enfermo de alzheimer.
Fulgencio M. Lax
Centro Párraga. 15 de junio de 2006
Con motivo de la representación de Recuperar la luz/ Vaciar la herida, de Luisma Soriano.
Me voy a permitir utilizar la enfermedad del alzheimer para relacionar sus consecuencias con uno de los personajes más interesantes, oscuros y profundos de la literatura occidental, como es Fausto. Haré un trazado muy breve sólo para dejar perfilado este personaje en el marco de nuestro tema. Utilizaré los tópicos referentes a esta enfermedad que sin ser del todo falsos –los tópicos son sólo un imaginario isotópico- ni ciertos, diseñan un arco semántico que describe la situación terminal de estos enfermos. Así, desde una focalización literaria, desde la magia de la ficción, desde la palabra artística, desde las obras tan extraordinarias como son La trágica historia de la vida y muerte del doctor Fausto, (1587¿) de Marlow hasta el Doctor Fausto de Thomas Mann, pasando por el Fausto de Goethe, encontramos referencias importantes que nos permiten diseñar un campo comparativo entre este personaje y el individuo afectado por la enfermedad de la que hablamos. No me voy a detener en las incursiones que desde la música se ha hecho con este personaje ya que el origen principal está en la fábula de la obra de Goethe (Entre los músicos que se inspiraron en la versión de Goethe están Wagner, Listz, Mahler y Schumann. Y de las óperas basadas en el drama del escritor alemán, las tres más importantes son La condenación de Fausto de Berlioz, Mefistófeles de Arrigo Boito y Fausto de Gounod.)
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Johan Fausto fue un personaje que vivió en la realidad, nacido en 1480 (Knittlingen) y fallecido entre 1540 y 1541 cerca de Friburgo, que fue alquimista y tuvo trato con la magia. Unos le acusan de ser un farsante y otros de oscuro personaje que mantenía tratos con el diablo.
La fábula de Fausto nos va a presentar a un personaje que pacta con el diablo la venta de su alma a cambio de poder, placeres, deseos satisfechos, conocimiento, sabiduría. Al final, el diablo cobrará su deuda y Fausto morirá, excepto en la obra de Thomas Mann, en la que sólo aparecerá un Fausto demente, lejos de ese personaje brillante y atractivo que hemos conocido antes del capítulo 48.
Para Marlow, a la hora de introducir a este personaje en la historia de la Literatura dramática, aún es un personaje demonizado y lo caracterizará por su ambición de poder:
FAUSTO:
¡Cómo me embriaga la idea de tanto poder!
¿Lograré que los espíritus me ofrezcan cuanto deseo,
que resuelvan mis dudas todas,
que den término a las empresas temerarias que pretendo?
Les haré volar hasta el oro de la India,
Escudriñar el Océano tras la perla perfecta
y explorar los últimos rincones del Nuevo Mundo
en busca de sabrosos frutos y bocados principescos.
…()…
Sí, haré que los espíritus que me sirvan
Inventen para el fragor de la guerra
Máquinas más asombrosas que el navío de fuego
Que destruyo el puente de Amberes.
(I. Acto. Fausto, de Marlow.)
Una ambición que por supuesto le será satisfecha por el propio diablo.
Los deseos del Fausto de Goethe casi se resumen en las palabras de Mefistófeles en el I. Acto:
MEFISTÓFELES.- ¡Singular manera tiene de servirte! ¡Caramba! No son terrenas la comida ni la bebida de ese insensato. El frenesí lo lleva lejos, y sólo a medias tiene conciencia de su locura. Pide al cielo sus más hermosas estrellas, y a la tierra cada uno de sus goces más sublimes, y ninguna cosa, próxima ni lejana, basta a satisfacer su peco profundamente agitado.
(I. Acto. Fausto, de Goethe)
Insatisfacción que nos encontraremos al final de la obra cuando Mefistófeles vuelve a decir:
MEFISTÓFELES: –Ningún deleite le satisface, ninguna dicha lo llena, y así va sin cesar, en pos de formas cambiantes. El último, el mísero, el vano momento ansía retenerlo ese infeliz. Aquel que tan tenaz resistencia me opuso queda dominado por el tiempo: el viejo yace ahí en la arena. Se para el reloj …
(V. Acto. Fausto, de Goethe)
Pero, a mi juicio, será la obra de Thomas Mann, El doctor Fausto y en concreto su personaje principal, Adrián Leverkuhn, el que situará a este histórico alquimista en un plano más humano, en el que los deseos ocultos mezclados con las bajas pasiones, van a convertir las expectativas de Adrián L. en una realidad con final trágico.
En el capítulo XXV de El doctor Fausto, cuando el diablo se aparece a Adrián, quedará fijado el tipo de relación que les va a unir y las características del contrato.
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Un pacto a cambio de una vida de altura, nada de tibiezas y, al final del reloj de arena, pactado en 25 años, Adrián pasará a poder del Diablo.
Adrián comprará un tiempo que tiene un significado determinado. Un tiempo muy especial que realizando una lectura desde hoy, en plena arranque del siglo XXI alcanza un valor en alza. Tener tiempo y ser dueño de ese tiempo tiene hoy un especial significado en cuanto al valor de la calidad de vida del individuo.
Sin entrar en particularidades, no cabe la menor duda que el hombre contemporáneo se enfrenta, entra otras cosas, a una mayor longevidad que le hace tener que soportar un mayor desgaste físico y psíquico. También el tiempo aquí juega un especial papel tanto en calidad como en cantidad. Por otra parte, a una mayor y más intensa distribución del tiempo será lo que marque gran parte de la relación del hombre con su entorno, la forma de dedicarse a los demás, de distanciarse y acercarse, de enfrentarse al día a día en relación con las obligación y, también, con las pasiones. En definitiva, el hombre de hoy está sometido a la presión del deseo de un estado del bienestar cada vez mayor y por el que ha de pagar un precio. No quiero desviar mi atención del valor que en la actualidad tiene el tiempo para, de una forma interesada, repito, interesada, encaminar el discurso hacia Adrián Leberkusen, el personaje de la obra de Thomas Mann que he citado.
En la obra de Marlow Fausto muere. En la de Goethe también, aunque hay un evidente esfuerzo por parte de Mefistófeles para separar el alma del cadáver y supone un camino abierto a lo que luego hará Thomas Mann. Dirá así Mefistófeles:
MEFISTÓFELES.- –El cuerpo yace en tierra, y si el alma quiere escaparse, yo le presento al punto el pacto escrito con sangre. Pero, ¡ay!, ¡existen ahora tantos medios para sustraer las almas al diablo!… En la antigua vía se dan tropezones; en la nueva, no estamos bien recomendados. En otro tiempo, eso lo hubiera hecho yo solo; ahora he de buscar quienes me ayuden. Todo anda mal para nosotros; práctica consuetudinaria, antiguo derecho, ya no puede uno fiarse de nada absolutamente. Antes volaba el alma con el último suspiro; poníame yo en acecho, y lo mismo que el gato con el más ágil ratón, ¡zas!, ya la tenía fuertemente cogida en mis garras. Ahora se atrasa y se resiste a abandonar el lúgubre sitio, la asquerosa morada del ruin cadáver,
(V.Acto. Fausto, de Goethe. Sepultura)
Será en la obra de Thomas Mann donde no fallezca Fausto, en este caso Adrián Leverkuhn, cuando expira el contrato con el diablo. En el momento de cumplirse el plazo se encuentra sentado ante el piano dando un último recital a sus invitados.
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(El doctor Fausto, de Thomas Mann. Captl. 48)
El final de Adrián es, en cierta manera, apoteósico. Para la fecha en la que expira el contrato va a pasar del pedestal más alto de la admiración a un estado irreconocible. Nos vamos a encontrar con un personaje con el entendimiento confundido, con los recuerdos y la memoria rotos, con sus competencias sociales y habilidades físicas desectructuradas o anuladas. Y es aquí donde encontramos un cierto paralelismo con los efectos que produce el alzheimer en su estado más grave y, por tal, más evidente y trágico:
Seremis Zeitblom, amigo personal desde la infancia de Adrián, admirador de su obra y figura narradora en la obra de Thomas Mann, nos cuenta cómo al visitar a su amigo no fue reconocido en ningún momento:
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En una segunda y última visita, Seremis tampoco será reconocido y su presencia será totalmente indiferente para Adrián. Habían desaparecido todos sus recuerdos, su memoria se había esfumado.
A continuación les leo el diagnóstico de un enfermo real de Alzheimer en su estado grave con el que encuentro cierto paralelismo con lo expuesto: <>
Y no me puedo sustraer, ya para terminar, a la pregunta que me hice la primera vez que leí el texto de Thomas Mann: ¿En realidad, qué se ha cobrado el diablo a cambio de ese tiempo de 25 años de éxito? Lo entendí claramente y en toda su dimensión, la primera vez que estuve delante de un enfermo de alzheimer. Y entendí que el Diablo se había llevado el alma, ese alma intelectiva que describe Santo Tomás y que en relación con lo que hablamos puede ser tan relevante. Se había llevado sus recuerdos, su memoria, su movimiento, sus deseos. A cambio, había dejado un envase vacío con sensaciones muy primarias sin posibilidad de crecer. El precio del éxito, de lo que Adrián Leverkuhn entendía que era el éxito, había sido su alma y había quedado un envase de mirada perdida y perpleja cuyas piezas no tienen claras instrucciones para funcionar. La respuesta la encontré en Santo Tomás, en su obra Suma Teológica, donde a la hora de distinguir entre cuerpo y alma, dirá del alma que es el primer principio vital, que no es el cuerpo, sino el acto del cuerpo , cuando distingue un alma intelectiva, un alma nutritiva y un alma sensitiva.
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