POESÍA Y RAZÓN, de Antonio Parra
Editora Regional de Murcia
Murcia/2004
Notas de Noviembre/2004
Fulgencio M. Lax
Como es costumbre desde hace ya bastantes años, soy incapaz de sentarme a leer sin papel y lápiz para ir tomando notas y sugerencia que nacen del proceso de la lectura. Es un segundo placer que a veces entorpece la concentración seguida en lo que se está leyendo. Después de dos horas cerraba el libro sin haber prestado atención alguna a ese lápiz y a ese folio que quedaba en blanco. La lectura fluida del libro y el ir quedando atrapado en ese paseo imaginario, a veces nada fácil, que nos propone Parra con su lectura, me aislaron del tiempo y del entorno para caminar frase a frase desde el comienzo hasta el final. Y es que Parra escribe, acercándonos con una aparente sencillez al discurso filosófico, abriendo puertas del pensamiento y dejándonos atrapados, casi sin sentirlo, sin darnos apenas cuenta, en una reflexión sobre la palabra como ventana abierta al origen del hombre como ser.
<> Un sustantivo que no está, paradógicamente, intoxicado con la existencia, con la historia, con el devenir del mundo que a veces olvida y/o entierra su sentido originario en estado puro. Y Antonio Parra nos llama la atención en este aspecto y sitúa la palabra del poeta como la posibilidad, la única posibilidad de poder recrear, de forma permanente, el tiempo vivo. El poeta vuelve la vista a la palabra sagrada frente al instrumentalismo historicista del que goza hoy esa misma palabra. De esta forma, sólo a través de la poesía, el ser puede hacerse eterno, juntando el tiempo óntico, el presente y la regeneración continua del futuro.
La palabra poética, artística, en su sentido más deshumanizado –recordando a Ortega y Gasset- encuentra la perfección cuando se aleja del discurso de la razón, de lo “conceptuable”, de lo objetivo y, al igual que la música, que se alza como el lenguaje más perfecto que hay por su sentido absoluto de la connotación, entre otros aspectos, busca el alma del hombre para instalarse allí, recorrer cada uno de los rincones del sentido y situarse en el ser como ser, como dueño virtual del mundo. De su mundo. De cada uno y todos a la vez.
No nos oculta Parra su “flamenquismo” y utiliza para hablar de “la gracia y los dones”, del genio y del duende, a un clásico cantor de flamenco: Chano Lobato. En este apartado sí quisiera destacar la diferencia que el autor realiza entre genio y duende. <> El duende necesita del rito, está en el alma de lo dionisiaco, en la comunión de las almas. Sin comunión sólo hay acción pero, cuando esta se da, Dionisio surge para abrazarlos a todos y arrastrarlos hacia lo ritual. Y es que, como nos recuerda Parra, el flamenco tiene los pies en la tierra, es terrenal y mira a los mitos de cerca –cuando los tiene-, igual que el origen propio del teatro, sólo intoxicado por la pérdida de esa esencia ritual que lo mantenía vivo en la claridad del bosque de la que nos habla el autor.
El ensayo que da nombre al libro es un recorrido que arranca en Platón para quebrarse y girar en Kant. Un recorrido proyectado al presente con una amable y compleja lectura.
Para Antonio Parra el fenómeno de la contemplación convierte al hombre en un ser emancipado de los miedos surgidos en su devenir junto a la Naturaleza. Esa emancipación supone el momento en el que el hombre se alza y se convierte en un ser reconocible. ¿En qué sino está basado el trabajo de Stanislavski cuando habla de la creación del personaje sino es de la contemplación y de la observación? Único camino para una mímesis que garantice la supervivencia al hombre como ser dentro de un tiempo vivo.
De los aforismos me quedaría con varios, pero destacaría el siguiente: <>
Cuando he terminado de leer el libro he vuelto sobre algunos pasajes y la sensación final, desde el concepto, desde el pensamiento y también desde el conocimiento, Parra nos está hablando de Poesía, pero utilizando dos campos dependientes y subordinados a la vez: El hombre y el tiempo. El hombre es todo enigma y misterio porque es deudor del tiempo. Por eso se aferra a la historia, porque es la única forma de reconocerse, pero la reflexión nos hace ver que este reconocimiento es sólo un espejismo.
Al finalizar, ya con el libro cerrado y casi con los ojos entornados, he buscado en la memoria aquellas primeras lecturas que me subyugaron y que, de alguna forma hicieron aflorar el alma por encima de la razón. Así recuperé algunos libros de mis lecturas de juventud y que he traído a un primer plano de mi biblioteca para volver una y otra vez sobre ellas: Petrarca y Dante. Siempre Dante. Siempre Petrarca con sus sonetos impresionantes sólo igualados por los poemas dedicados a Lisis de mi admirado Quevedo. Leopardi, Novalis, Boudelaire, Rimbaud, Withman, Cernuda, Salinas, Kavafis son otros de los poetas que marcaron profundamente mis lecturas y que hoy, después de leer a Antonio Parra, están de nuevo en mis manos buscando esa claridad del bosque, que sé que existe.
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