16
May
17

AUTÓMATA, de Fulgencio M. Lax

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AUTÓMATA, Fulgencio M. Lax

De la serie Homenaje a Edward Hopper

Siempre a la misma hora y siempre una taza de café. Así se le pasaban las horas de la tarde, hipnotizada con ese fondo negro que llenaba su rostro de disimuladas lágrimas y una profunda tristeza. Desde la barra era imposible no fijarse en ella. Una mujer hermosa, no de una especial belleza pero sí de un sugerente atractivo. Delgada, no muy alta y con un suave maquillaje apenas perceptible, aparentaba una extrema fragilidad. Frente a ella, separada tan sólo por una pequeña mesa, una silla vacía. El café siempre se lo tomaba frío porque se le iba el tiempo mirándolo y hundiéndose en aquel pozo que ella llevaba dentro. De vez en cuando dejaba escapar un suspiro que acompañaba con un leve tintineo de cucharilla removiendo por enésima vez el azucarillo.

Venía todos los días desde hacía más de tres meses. A las cinco de la tarde, cuando sonaba la campanilla de aviso que hay en la puerta de entrada, siempre sabía que era ella. Tenía una forma especial de entrar que la delataba. Casi sin ruido, como deslizándose con sus pisadas por encima del suelo. Luego, dos horas después, con el mismo sigilo, se marchaba. No se quitaba el abrigo a pesar de que en el local hay calefacción. Ni tan siquiera un ligero gorro de lana de color crema que le cubría la cabeza por encima de las orejas. Daba la impresión de estar en un continuo tránsito, siempre a punto de marcharse. No falló ni una sola tarde y todos, todos los días, frente a su taza de café, sacaba un pequeño cuaderno, escribía unas notas y luego, después de mirarlas y releerlas hasta el infinito, arrancaba el papel, lo arrugaba y se lo guardaba en uno de los bolsillos.

Al principio era sólo alguien que venía a tomar un café, pero poco a poco fue atrapando mi atención y se convirtió en algo que, obligatoriamente, esperaba que sucediera todos los días. Yo, desde la barra, la miraba y vigilaba mientras atendía a otros clientes. Sabía qué es lo que iba a hacer en todo momento porque lo había memorizado de tanto repetirlo. Casi podría detallar paso a paso cada una de las cosas que hacía como un ritual frente a una taza de café sólo, sin leche ni otros aditivos. Ni siquiera unas pastas para cubrir el paso de la tarde en el que se va perdiendo la luz del sol.

Dos horas después de haberse sentado; siempre que podía lo hacía en la misma mesa, de espaldas al ventanal que da a la plaza Mayor; pagaba dejando el dinero en el plato junto a la taza y, sin mirar a nadie y con el rumbo perdido, salía y se marchaba. Yo la seguía con la mirada hasta que desaparecía por completo en ese horizonte quebrado de calles y edificios. La veía alejarse a paso lento, dirigiendo su mirada a la punta de sus zapatos, como ese guerrero que camina derrotado en la batalla y que espera el inevitable golpe mortal.  Así estuvo tres meses, hasta que un día dejó de venir. En su última visita recorrió el mismo camino y con los mismos pasos que todas las tardes anteriores excepto que esta vez, al marcharse, se acercó a la barra, pagó su café y me entregó un papel doblado con un nombre en el dorso:

Para Juan

-Por favor -me dijo- es posible que venga alguien preguntando por mí. ¿Sería tan amable de entregarle esta nota?

-Claro, sin ningún problema -le contesté- ¿Cómo se llama usted?

-Olivia. Muchas gracias. 

Y se marchó sin decir nada más. Con cierta torpeza y titubeando, como si se le hubieran quedad unas palabras a punto de decir, se dio media vuelta y salió. Ya no regresó nunca.

Han pasado cuatro meses y por aquí no ha venido nadie que se llame Juan y que pregunte por Olivia. La mesa que ella ocupaba casi siempre está vacía porque la gente quiere sentarse frente al enorme ventanal desde el que se puede ver, como un espectador privilegiado, la arquitectura románica de la plaza Mayor. Yo he guardado la nota todo este tiempo sin curiosearla, sin desdoblar el papel y leer lo que ella hubiera podido escribir. Pero cuatro meses me parece un tiempo prudencial como para que apareciera alguien reclamando una nota o preguntando por una tal Olivia que hacía tanto tiempo había dejado de venir. Así es que me dispuse a leerla. La desdoblé y estaba en blanco. No había escrito nada. Una nota dirigida a un tal Juan en la que no había escrito nada. O sí. He pensado mucho sobre esta cuestión y he llegado a la conclusión que fue ese silencio, esa ausencia, esa falta de palabras para encontrar un significado. No fueron suficientes las gramáticas, ni los diccionarios, ni las lingüísticas, ni las literaturas para encontrar la forma de escribir un mensaje. Sólo el silencio. Nada más que el silencio en un papel en blanco.

29
Abr
17

PRÊT -À- PORTER, de Carlos Garaicoa

PRÊT-À-PORTER, Carlos Garaicoa

Centro Párraga (Murcia), 20:30h.  INAUGURACIÓN 28 DE ABRIL,/2017,  20:30 h.

Carlos Garaicoa (Cuba en 1967) realizará un proyecto específico para el Centro Párraga reuniendo sus trabajos más representativos, aquellos que se refieren a la construcción imaginaria de la ciudad. Su obra habla del pasado y del presente a través de la memoria, la decadencia, el deseo, la arquitectura, la utopía y la relación entre realidad y ficción. 

La ciudad como representación de la memoria individual y colectiva ha venido siendo un tema recurrente en su obra. Este proyecto enfatiza el carácter procesual del trabajo de Carlos Garaicoa mostrando diferentes realidades sociales por medio de una gran variedad de lenguajes y soportes que interpelan al espectador y le conducen a un espacio para la reflexión, en el que cuestiones como la capacidad de la arquitectura para alterar el curso de la historia, el fracaso de la modernidad como un catalizador para el cambio social o la decadencia de las utopías del siglo XX, se ponen de manifiesto.

NOTAS PARA UN CAFÉ,  Fulgencio M. Lax

Una exposición, generalmente, se presenta como un universo de significados que apuntan en un mismo sentido. Un universo más o menos abierto pero también más o menos definido, sin caer en ese concepto tan manido y cabalístico que nos dice que todo está relacionado para esconder, la más de las veces, aspectos insustanciales, falta de rigor, de pensamiento y de reflexión. No es el caso, ni mucho menos. Estamos ante una exposición muy cuidada en todos sus aspectos. Hago esta pequeña introducción para situarme y poner distancia de las tres últimas exposiciones que he visto, anunciadas a bombo y platillo y con un respaldo institucional y de márketing artístico de excesiva dimensión.

Voy a hablar de mi “paseo” por ese universo que nos propone Carlos Garaicoa, que no tiene que coincidir con el suyo pero sí que es él el que abre la puerta, con su obra, al mío.

Los sellos y la fotografía son los elementos formales que articulan la exposición. En ambos se pone de manifesto el tiempo y el espacio, la ocupación y el silencio, la historia y el olvido. Y así, inmediatamente, me veo atrapado en una geometría de dimensiones que me expande en hacia el pensamiento, la memoria y la historia.

Un conjunto de sellos expuestos en vitrinas con la particularidad de llevar el matasellos, marca indiscutible de haber sido utilizados, además de recoger motivos históricos de la revolución rusa y cubana, me remiten al entrelazado de las personas de uno y otro extremo, al tiempo detenido en el que viaja el mensaje sin que la historia se frene por un momento. Un juego espacio temporal que se genera en mi mente donde los mensajes se detienen una y otra vez para tomar impulso y llegar a su destino. No hay línea cibernética ni fibra de vidrio ni ondas invisibles que los hagan llegar casi antes de haber sido enunciados. Podría decir que esta sensación la produce un sello, dos o tres en este o en otro espacio. No necesariamente ha de ser la obra particular de Carlos Garaicoa. Es cierto, pero sólo puedo apuntar (que no explicar) que esta sensación la descubrí en el segundo o tercer paseo por la exposición. El motivo estaba ahí. En un primer recorrido me vi invadido por algo que no lograba definir, luego vino el descubrimiento.

Y a este descubrimiento contribuyeron las fotografías que comparaban un espcio urbano del que había desaparecido una parte de su arquitectura. El antes y el después. El autor ha reconstruido, mediante hilos y alfileres, fijando los puntos en el espacio, las líneas del edificio que ahora ya no existe, formando así un volumen transparente que, en relieve, nos proyecta esa imagen fantasmagórica del pasado y que se difumina en la memoria. Inmediatamente surge una pregunta anclada en la historia: ¿Cómo era la vida alrededor de ese espacio ocupado y ahora vacío? Hubo un momento en el que esos muros inexistentes estrenaron su verticalidad y su ocupación y ahora, en el desierto del tiempo, también desaparecen del espacio.

Pero volviendo a los sellos, no quiero dejar de mencionar una instalación de lupas para facilitar la visión aumentada de estas estampitas tan peculiares. Digo instalación porque de momento, al situarme frente a ellas, se alzan como un conjunto de micro universos a los que me he ido asomando uno a uno y luego en su conjunto. Se presentan como pequeñas aperturas en el tiempo que nos llevan a momentos históricos en relación con algunos presidentes de los EEUU, principalmente.  Siempre el tiempo y el espacio. Y la historia. Y la memoria.

27
Abr
17

Un banco en la madrugada, de Fulgencio M. Lax

Un banco en la madrugada. 

Fulgencio M. Lax

El momento en el que la noche comienza a perder la oscuridad para iniciar el camino de la madrugada es un instante fugaz, imperceptible si no se está muy atento. Esos segundos que se repiten cada veinticuatro horas, en los que el negro se convierte en un suave púrpura recorrido por tenues azules rosados, como pequeñas rendijas por las que se cuela la luz del día, suenan en mi interior como una partitura de latidos. Suaves y efímeros latidos que retumban en la soledad y el silencio al final de la noche. Así, día tras día, desde mi ventana, acompañado por el humo de varios cigarrillos, soy testigo privilegiado de un final y de un comienzo. Una y otra vez. Luego, cuando ha pasado ese momento mágico, me tomo un café y me sumerjo en la lectura y en un silencio ajeno a los primeros ruidos de la mañana.

Aquella madrugada sería ligeramente distinta. En la puerta del edificio en el que vivo hay un pequeño parque y desde mi ventana puedo ver, con bastante claridad y sin que lo cubran las copas de los árboles, un banco alumbrado por la única farola encendida en el jardín. Allí estaba sentada una mujer, que por la hora que era  bien podía ser una trabajadora nocturna a la espera de algún cliente de último momento. Miraba hacia abajo, escondiendo la cabeza entre sus manos y luego, como retomando fuerzas, levantaba la vista buscando, seguramente, a alguien con quien terminar la jornada. Poco a poco se fue abandonando a la soledad en la incipiente llegada del día, recostándose en el banco y abrigada con un tres cuartos de color rojo. Así estuvo más de media hora. Luego se levantó, se recompuso y se marchó. El día ya había comenzado y yo aún seguía en la ventana, como un vigilante clandestino que extiende su trabajo más allá de la madrugada.

Pasaron dos días antes de que aquella mujer volviera a irrumpir en esa línea recta en la que se había convertido mi tiempo. Ella, con aire cansado, se dejó caer en el banco mirando a un lado y a otro. Entonces giró la cabeza y me descubrió asomado, casi escondido entre las cortinas. Me hizo un gesto para que bajara y me sentara a su lado. Estuve dudando unos minutos, pero esa madrugada me reuní con ella bajo la única farola que quedaba encendida en el jardín.

-Me llamo Charo y has tardado tres días en bajar. 

-Hola. Yo, Manuel. ¿Han sido sólo tres?

-20 una mamada y 30 todo completo. 

-Sólo he bajado a fumar un cigarrillo. Relájate y disfruta de estas luces que comienzan.

-Pues yo todavía necesito un cliente antes de irme. 

-Vale, entonces te dejo. Ya nos vemos. 

-Espera, espera. No te vayas. Yo no veo ninguna luz. Todavía es de noche. Como no te refieras a la de esta farola.

-En unos instantes verás como empiezan a notarse los primeros colores de la mañana.

-¿Eres un poeta?

-No.

-¡Anda! Seguro que eres escritor. Esas cosas sólo las dice un poeta.

-Yo sólo leo lo que los demás escriben.

-Pues si no vamos a hacer nada ¿Te importa que me quite los zapatos? Estoy muerta. Dame un cigarrillo. Cuando lo termine me voy. 

Charo resultó ser un transexual que terminaba su trabajo ya con el maquillaje algo desdibujado por la noche y por el agotamiento. Se echó hacia atrás y fue perdiendo la mirada mientras seguía el recorrido del humo que salía de su boca hasta que se quedó dormida. Yo continué fumando en silencio. Pasó una media hora y ella se despertó cuando ya había suficiente luz como para poder decir que el día iniciaba su comienzo.

-Me voy. Gracias por el cigarrillo. Otro día haremos algo. 

-Claro. Otro día. 

-¿Tú estás siempre en la ventana?

-A estas horas, siempre.

-Vale, lo tendré en cuenta para cuando necesite un cigarrillo. Adiós. 

Y se perdió caminando por el fondo hasta desaparecer por entre las esquinas de los edificios que rodeaban el jardín. Entonces yo regresé a mi casa, tomé un café y me dispuse a continuar con mi lectura.

Hace unos tres años que estoy jubilado a la fuerza por una incapacidad profesional. Una fuerte depresión me apartó de mi trabajo como profesor y aunque hoy estoy totalmente curado, o al menos puedo controlar los momentos de enorme tristeza que me dejan totalmente abatido, no echo de menos para nada mi actividad diaria y el contacto con las aulas. Mi rutina del día a día es mucho más gratificante que la guerra intelectual que se mantiene en los centros de enseñanza, no ya con los alumnos, que son sólo un daño colateral, sino con el sistema, que nos aboca al pozo más oscuro de la ignorancia. Es una lucha perdida y yo ahora disfruto del ritmo pausado que va marcando cada una de los momentos que recorren mi vida.

Pasaron dos días antes de que volviera a ver a Charo. De forma clandestina la descubrí desde detrás de las cortinas de mi ventana. La veía mirar hacia arriba, como disimulando una mal interpretada indiferencia. Cuando descubrió que la estaba observando, me hizo un gesto con la mano, golpeando la tabla del banco e invitándome a que me sentara a su lado.  Sonreí y bajé como la vez anterior.

-Hola. ¿Un cigarrillo?

-Claro, ¿A qué te crees que he venido? ¿Quieres que hagamos algo?

-Fumar. La hora que es toca fumar. 

-¿Y de lo otro cuándo toca?

-Ahora toca ver cómo comienza el día.

-Pues entonces me voy a relajar porque de aquí me voy a casa. Hoy ha sido agotador. La hora que es prefiero que no aparezca ningún cliente porque lo que quiero es irme a casa, aunque tal y como están las cosas nunca es suficiente y cada vez hay menos trabajo. Y ahora como nos multan si nos ven por la calle, encima tengo que ir escondiéndome de un lado para otro. Por eso, a estas horas, estoy agotada. 

-Estás un poco acelerada. 

-Estoy muy cansada.

-Fúmate el cigarrillo tranquila, que va a amanecer enseguida. 

Y así, en silencio, volví a compartir el segundo amanecer con Charo. Poco a poco se fue recostando en el banco y ese pequeño espacio de tiempo, tan ausente de ruidos pero tan lleno de sonidos, nos fue envolviendo hasta que se acabó el cigarrillo.

-¿Tú eres siempre así? -Me preguntó como despertando de un profundo letargo.

-¿Cómo soy?

-¿Vives solo? ¿Tienes pareja? ¿Eres gay?

-Vivo solo, no tengo pareja y no soy gay.

-Tú sabes lo que soy yo ¿Verdad?

-¿Qué eres?

-Que tengo lo mismo que tú. -Y me puso la mano en la bragueta. Yo ni me inmuté.

-Ya lo sé. ¿Y?

-Que mi nombre real no es Charo.

-Ya imagino. ¿Y?

-Que no soy una mujer, aunque daría lo que fuera por serlo. 

-¿Quieres otro cigarrillo? –Y dejé que se alejara del conflicto con una identidad que a mí no me preocupaba lo más mínimo.

-¿Y si me llevas a tu casa y me invitas a un café?

-Mejor una infusión porque si no dormirás poco.

-Bueno, vamos. 

Y se cogió de mi brazo camino de casa. Una invitación intespectiva porque hacía bastante tiempo que nadie visitaba mi casa, más allá de la señora que viene un par de veces por semana a realizar la limpieza.

-¿Me puedo descalzar?

-Incluso te puedes sentar mientras preparo la infusión. ¿Manzanilla o valeriana? Es lo único que me queda. 

-Un sobre de manzanilla y otro de valeriana.

Sólo tardé el tiempo de calentar agua en el microondas y dejar que las bolsitas de infusión soltaran su esencia. Cuando regresé al salón Charo estaba sentada en mi sillón de lectura y profundamente dormida. Le eché una manta por encima y me dispuse a salir. Eran ya las ocho de la mañana cuando pisé la calle. Lo primero que hice fue ir a comprar unos bollos para el desayuno. Sobre la mesita le dejé una nota:

-En el frigo hay leche. 

El café está hecho de hoy mismo y los bollos los compré esta mañana en la pastelería y están recién sacados del horno.

Estaré fuera hasta el mediodía. 

Manuel.

Las gestiones que tenía que hacer fuera de casa no me llevarían más de una hora, pero realmente tenía un poco de miedo a cruzar la frontera de la noche y el día, abriendo la puerta para que alguien desemboque en mi vida. Di varias vueltas, tomé varios cafés, leí los periódicos del día casi hasta aprendérmelos de memoria y, sobre las 14:00 horas,  regresé a casa. Abrí la puerta sin saber muy bien qué es lo que deseaba encontrarme. Posiblemente seguiría durmiendo o posiblemente estaría despierta esperando a encontrarse de nuevo conmigo. O posiblemente se habría marchado.

Mi casa estaba vacía. Charo se había ido dejando un fuerte olor a perfume. Sobre el sillón estaba, cuidadosamente doblada, la manta con la que la había tapado y una nota:

-Muchas gracias por el desayuno y por el sillón y por tu tiempo. Y por los cigarrillos. Aunque no te lo creas, tu nota es lo más bonito que me han dicho desde hace muchos años. Yo también defiendo mi soledad. Un beso.

Y de esto hace ya más de un año. La nota la guardé entre las hojas de un libro del que no recuerdo el título, por lo que puedo darla por perdida. Y desde entonces no la he vuelto a ver, a pesar de que yo continuo, cada madrugada, asitiendo a ese momento en el que cambian las luces y se aventura un nuevo comienzo. El banco sigue allí, anclado a la geografía del tiempo e iluminado por la única farola que hay encendida en todo el parque.

22
Abr
17

EL QUIJOTE. Homenaje.

(Fragmento del capítulo XXXII de la 2ª Parte de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes.)

DE LA RESPUESTA QUE DIO DON QUIJOTE A SU REPREHENSOR, CON OTROS GRAVES Y GRACIOSOS SUCESOS

¡Válame Dios! –dando una gran voz, dijo a este instante el duque–. ¿Quién ha sido el que tanto mal ha hecho al mundo? ¿Quién ha quitado dél la belleza que le alegraba, el donaire que le entretenía y la honestidad que le acreditaba?

¿Quién? –respondió don Quijote–. ¿Quién puede ser sino algún maligno encantador de los muchos invidiosos que me persiguen? Esta raza maldita, nacida en el mundo para escurecer y aniquilar las hazañas de los buenos, y para dar luz y levantar los fechos de los malos. Perseguido me han encantadores, encantadores me persiguen y encantadores me persiguirán hasta dar conmigo y con mis altas caballerías en el profundo abismo del olvido; y en aquella parte me dañan y hieren donde veen que más lo siento, porque quitarle a un caballero andante su dama es quitarle los ojos con que mira, y el sol con que se alumbra, y el sustento con que se mantiene. Otras muchas veces lo he dicho, y ahora lo vuelvo a decir: que el caballero andante sin dama es como el árbol sin hojas, el edificio sin cimiento y la sombra sin cuerpo de quien se cause.

No hay más que decir –dijo la duquesa–; pero si, con todo eso, hemos de dar crédito a la historia que del señor don Quijote de pocos días a esta parte ha salido a la luz del mundo, con general aplauso de las gentes, della se colige, si mal no me acuerdo, que nunca vuesa merced ha visto a la señora Dulcinea, y que esta tal señora no es en el mundo, sino que es dama fantástica, que vuesa merced la engendró y parió en su entendimiento, y la pintó con todas aquellas gracias y perfeciones que quiso.

En eso hay mucho que decir –respondió don Quijote–. Dios sabe si hay Dulcinea o no [en] el mundo, o si es fantástica o no es fantástica; y éstas no son de las cosas cuya averiguación se ha de llevar hasta el cabo. Ni yo engendré ni parí a mi señora, puesto que la contemplo como conviene que sea una dama que contenga en sí las partes que puedan hacerla famosa en todas las del mundo, como son: hermosa, sin tacha, grave sin soberbia, amorosa con honestidad, agradecida por cortés, cortés por bien criada, y, finalmente, alta por linaje, a causa que sobre la buenasangre resplandece y campea la hermosura con más grados de perfeción que en las hermosas humildemente nacidas.

Busqué los espacios que dibujan la geografía fronteriza del infinito, donde poder construir nuevas geometrías con vértices que apuntan en todas las direcciones. Sólo encontré un lugar en el que los cilindros se convierten en prismas, los prismas en cubos y los cubos en esferas, las esferas en mares, los mares en océanos y los océanos en profundos desiertos que se llenan de agua una y otra vez. Allí supe que habita la imaginación y la verdad, el sueño y la vigilia, la ficción y la realidad. Me tuve que adentrar por caminos que al momento eran transparentes y llenos de una luz cegadora, y otras veces se volvían oscuros e imposibles de atravesar. Vi profundidades llenas de diccionarios y gramáticas apiladas en lugares inaccesibles, escritas en lenguas de una extraña caligrafía. Pude escuchar palabras de amor que se iban vaciando al tiempo que cambiaban de color, como un arco iris que se va anillando sobre sus mismos círculos cada vez más pequeños. Las nubes apenas recortaban un trozo de cielo porque el otro era un profundo abismo que se iba convirtiendo en pasado a una velocidad incontrolable. Don Alonso Quijano, con la mirada fuerte y serena, sujetaba las riendas de todos los huracanes. Y gritaba a los vientos para que no torcieran los árboles, para que no arrastraran toda la arena que cegaba a las multitudes y las hacía irreconocibles. Porque las cosas -decía -da igual que sean o no ciertas. Si son hermosas, viven dentro de uno y son ese espacio infinito que nos llena de  luz y nos mantiene en ese lado del cielo que no es abismo y que avanza dejando atrás las oscuridades del pasado, lo demás no importa nada. Sólo así podremos llegar al futuro.

14
Abr
17

CIUDADANO. Conferencia de teatro documental

CIUDADANO. Conferencia de teatro documental.

Fulgencio M. Lax

A modo de prólogo.

Fulgencio M. Lax

Una dramaturgia de urgencia, una conferencia-teatro sobre la inmediatez histórica, una mirada como testigo directo de los acontecimientos socio políticos… Me encontraba trabajando en un artículo de cómo evoluciona la estructura dramática del texto teatral español desde antes de la guerra civil de 1936 a nuestros días, cuando se produce la huelga general española el pasado 14 de noviembre de 2012. Yo lo vi con mis propios ojos porque estuve allí, cara a cara con los policías. Y no vi a profesionales, seguro que alguno habría, sino que vi mucha adrenalina innecesaria, mucha rabia injustificada porque nadie, ningún manifestante, generó ningún tipo de violencia. Una violencia que sí se respiraba desde las filas de los antidisturbios y que, además, su actitud generaba, incluso yo diría con bastante intención. Sólo por poner un ejemplo: Tengo aún en la retina la imagen de una chica policía, con el casco puesto, la visera a medio bajar, los dientes apretados, los ojos saltones, casi inyectados en sangre y blandiendo la porra en una mano mientras que en la otra sostenía el escudo. La manifestación estaba a más de veinte o treinta metros. Yo me acerqué porque no podía creer lo que estaba viendo y, vaya si lo vi. Aún hoy, después de haber pasado el tiempo, no puede salir de mi asombro. En esos días cayó en mis manos el Informe sobre La Actuación policial en las manifestaciones en la Unión Europea que presentó Amnistía Internacional en Octubre de 2012. ¿Tenemos conocimiento de que en toda la Unión Europea (UE) se pide a los funcionarios encargados de hacer cumplir la ley que mantengan el orden público durante las manifestaciones? Sin embargo, sus métodos no siempre cumplen las normas internacionales. En muchos casos los agentes han golpeado reiteradamente con porras a manifestantes pacíficos, incluso en la cabeza y el cuello, causándoles lesiones graves. A pesar de los llamamientos que se han hecho a las autoridades, estas violaciones de derechos humanos persisten. Ha habido frecuentes denuncias del uso excesivo de la fuerza y malos tratos cometidos por funcionarios encargados de hacer cumplir la ley, incluso a pesar de que la mayoría de los participantes estaban ejerciendo pacíficamente su derecho de reunión. En muchos de estos casos, las investigaciones criminales de las denuncias presentadas contra los agentes, presuntamente responsables de las violaciones de derechos humanos, no han sido exhaustivas, imparciales ni efectivas, y en otros, ni siquiera se ha abierto una investigación. Y aquí es donde empieza a fallar el sistema democrático,  porque los gobiernos, este gobierno, genera una pregunta de fácil respuesta pero que nadie está dispuesto a dar: ¿Para quién gobierna un gobierno? Bueno, hay más preguntas pero sería muy larga la serie. Sólo voy a hacer una más. ¿Por qué militarizar una represión a los ciudadanos cuando están reclamando unos mínimos de supervivencia en el marco de una reivindicación justa? Las respuestas están en la mente de todos y esa respuesta obliga a que la represión sea brutal, aunque ellos –ellos, repito -pensarán en el adjetivo “ejemplar”. Hay vídeos, fotografías, artículos de prensa y testimonios que indican que la policía hizo reiteradamente uso excesivo de la fuerza durante las manifestaciones contra las medidas de austeridad organizadas en Grecia. También en el caso de España hay vídeos grabados en Barcelona, en Madrid, en Valencia, en casi todas las ciudades de España, que muestran a agentes de policía cargando con porras y disparando balas de goma o de impacto reiteradamente contra manifestantes que no parecen representar ninguna amenaza para los funcionarios encargados de hacer cumplir la ley ni para otras personas.

Y así me puse a escribir el texto CIUDADANO. Con un título cargado de historia y de romanticismo y que, hoy, se está sustituyendo por el de ESCLAVO, un título también con historia pero con una historia terrible y nada romántica. La forma de esclavitud de los siglos  XVIII y XIX no podría manifestarse de la misma forma en el siglo XXI. Ahora todo es más sutil, más aséptico. El sistema, amparado por los gobiernos, ha trasladado el concepto de esclavo a la forma de pensar del ciudadano y por eso no tenemos la sensación de serlo pero, socio-económicamente y en cuanto a las libertades, la población situada en la franja que abarca de la clase media hacia abajo, lo somos cada vez más. Y no esclavos de la vida o de las formas o de lo que sea, sino de personas con nombres y apellidos que determinan y controlan el sistema. Por eso, cuando queremos salir de ese entramado, nos mandan a la policía cargando brutalmente contra nosotros, que somos los esclavos que se sublevan. El sistema se salta las normas que él mismo ha establecido para estos casos.  El derecho internacional permite la restricción del derecho a la libertad de reunión pacífica si se hace con un fin ilegítimo, como en interés de la seguridad o del orden público, para proteger la salud o la moral pública o los derechos y libertades de los demás. La restricción ha de ser proporcionada y necesaria para tal fin. En relación con el uso de la fuerza en las operaciones de vigilancia policial de reuniones, el artículo 3 del Código de Conducta de la ONU para Funcionarios Encargados de Hacer Cumplir la Ley establece que éstos “podrán usar la fuerza sólo cuando sea estrictamente necesario y en la medida que lo requiera el desempeño de sus tareas”. Si el uso de la fuerza es inevitable, los funcionarios encargados de hacer cumplir la ley deben emplearla con moderación.

El Código de Conducta de la ONU para Funcionarios Encargados de hacer cumplir la Ley y los Principios básicos de la ONU ha de regir todas las operaciones antes, durante y después de las manifestaciones. Las reuniones públicas y pacíficas son un derecho y no deben ser consideradas como el enemigo.  Todos los funcionarios encargados de hacer cumplir la ley que participen en la vigilancia de las reuniones deben entender perfectamente que su tarea es esta.

Los funcionarios encargados de hacer cumplir la ley evitarán recurrir a la fuerza en las operaciones de control de reuniones ilegales pero no violentas. Si es inevitable hacerlo, porque deben, por ejemplo, garantizar su seguridad y la de otras personas, tienen que utilizar la mínima fuerza necesaria y respetar los Principios Básicos de la ONU. Deben proteger la celebración de las reuniones públicas pacíficas, incluso  contra grupos más pequeños o individuos violentos. En cambio la represión es contra todos. Incluso contra los no violentos más porque “nos dejamos”.  Cuando una pequeña minoría intente convertir una reunión pacífica en una concentración violenta, los funcionarios encargados de hacer cumplir la ley deben proteger a los manifestantes pacíficos, no utilizar los actos violentos de la minoría como pretexto para restringir o impedir el ejercicio de derechos fundamentales de la mayoría. Pero esto no es así. De ninguna de las maneras es así. Ni tan siquiera después de las agresiones se rinden cuentas a los ciudadanos ni al poder judicial de estas operaciones. A pesar de que “El uso de la fuerza en una reunión pública debe ser siempre objeto de examen y, si corresponde, de investigación y de sanción disciplinaria o penal.” Por eso siempre ha de poder identificarse a los funcionarios encargados de hacer cumplir la ley durante las operaciones de orden público.

Y así termino esta intervención, con la certidumbre de estar al servicio de una enorme dictadura financiera cuyo brazo armado son los gobiernos y con el convencimiento de que esta situación que vivimos hoy, en el siglo XXI, hace tan sólo unas décadas hubiera dado lugar a una guerra con tanta sangre como angustia vivimos hoy.

30
Mar
17

AL PASO ALEGRE DE LA PAZ, de Fulgencio M. Lax (fragmento)

AL PASO ALEGRE DE LA PAZ, de Fulgencio M. Lax (fragmento) -Registro de la propiedad a nombre del autor.

27 de septiembre de 1975, últimos fusilados franquistas. Uno más de los dolorosos y terribles episodios de nuestra reciente historia.

Personajes.

(Los nombres están escogidos al azar y es posible que exista algún parecido con personajes de la realidad, pero es tan sólo una coincidencia con la que juega la ficción.)

Francisco F. (FF)…………. Dictador

Carmen P.  ………….…….. Esposa del dictador

Obispo …………………….. Obispo

Juan C.  ……….…………… Príncipe

Carlos A.  …….……………. Presidente del gobierno

El Chache.- Nombre artístico del torero malagueño Antonio Romero Muñoz. Tuerto y cojo a causa de una terrible cornada. Ronca por las mañanas las canciones de la patria y, por la tarde, es un jabato con la muleta y el estoque.

(FF y su esposa están en sendos reclinatorios, ambos visten ropa de estar por casa –batín, zapatillas, etc. Los demás ocupan un lugar en la escena como figuras sacadas de un cuadro de Goya. El Chache se lanza valiente y aguerrido, con la música de la muerte, a realizar el paseíllo.)

EL CHACHE.-  Señoras, señores, señoritas, señoritos, niños, niñas, perros, perritas. ¿Han dejado entrar a alguna perra en el teatro? ¿Y a alguna perrita? MMMMMM. Mi nombre es Antonio Romero Muñoz: El Chache. Torero insigne de las plazas de España, sufridor de cornadas y su más fiel servidor. Sirvo aquí y a usted, aquí y a usted señora. ¿Le dije alguna vez las noches infinitas que pasé soñando con nuestros momentos secretos? ¿Le ha hablado ya a su marido de mí? ¿Quiere que lo haga yo o prefiere mantener nuestra relación de alcoba en secreto? Lo sabía. El secreto, siempre elegimos el secreto. Sirvo humildemente a todos ustedes. Ja, ja, ja. ¿Humildemente? MMMMMM Bla, bla, bla, bla. Humildemente, bondadosamente, denodadamente, amablemente, honorablemente, humildemente… ¿Repetí la palabra humildemente? Ufff, me cansé. Ya me cansé. Les voy a contar una historia. La historia triste de mi vida. Es posible que reconozcan a algunos personajes y los confundan con la realidad. Tan sólo es fruto de la casualidad casual de una historia increíble, que por increíble que parezca sigue siendo increíblemente increíble. Y terrible.

Este de aquí es Paco. De pequeño le decían Paquito. Una prima suya le decía Paquillo el tontillo, pero eran cosas del lenguaje y ella murió pronto de un golpe de mar. Luego fue Francisco,  F. de apellido: FF, SS, AA, MM, PP. Las letras se acompañan como las parejas de la guardia civil ante tanta soledad. Esta es Carmencita. Las lenguas más viperinas le llamaron la collares de hermosos collares. Ella nunca supo por qué. ¿Por qué? Siempre la terrible pregunta ¿Por qué? ¿Por qué esto? ¿Por qué aquello? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¡Ya basta! Este de aquí es un príncipe. Podría ser cualquiera porque un príncipe puede ser cualquiera porque a los príncipes los elige el pueblo democráticamente ¿O no? Bueno, excepto a los príncipes de los cuentos, que aparecen de pronto en una página porque sí, pero como los príncipes de los cuentos son príncipes de mentira… MMMMMMMM. ¡La mentira! ¡Fascinante! ¿Este es un príncipe de mentira? ¿De un cuento de miedo? El secreto, el miedo, la mentira… ¡Que levante la mano quien diga siempre mentiras! ¡Que levante la mano quien diga siempre la verdad! Lo sabía. Siempre gana el miedo. ¿Quién no tiene miedo al Tío del saco? ¿Y al saco del Tío? ¿Y al Tío que no es ni tío ni lleva saco sino una pluma para firmar sentencias de muerte? (Como firmando.) Esta la firmo, esta no, esta la firmo, esta no, esta la firmo, esta no. Ya me cansé de firmar. Que hoy los maten a todos. ¡Que les corten la cabeza! Aquí, a mi lado, está Don Carlos, carnicero de carne para carnívoros que comen carne. Carne de comer y no de pecar. El pecado, el pecado y mil veces el pecado. Yo sueño en el pecado con señoritas, con señoritos, con mujeres altas y con mujeres bajas, gordas, delgadas, hermosos y hermosas bolsas de carne y pecado. Sueño con ser un gran pecador. Voy a dormir un poco. ¡Perdón, lo olvidaba! Aquí está la Santa Madre Iglesia, con sus dorados y tafetanes. ¿Qué llevan debajo de la falda? ¿Y dentro de la cabeza? ¿A ver, a ver? ¡Vaya, vaya! cuánta coincidencia. También iba a enseñarles a unos muchachos acribillados a tiros, con la sangre, con su dolor, la madrugada, los fusiles, sus madres, pero eso es tan trágico que es mejor no enseñarlo. Es mejor dormirlo debajo de la muleta que todo lo esconde. De esta muleta nueva que es increíblemente nueva. Sólo si gritan mucho los dejaré salir.

(El Chache, con la muleta y el estoque en una mano y con la otra cogiendo unos documentos, lee en voz alta.)

EL CHACHE.- Los representantes legales de los siguientes condenados a la pena máxima por actividad terrorista contra el Estado, piden clemencia y conmutación de la pena, de acuerdo con la legislación vigente y que a continuación detallo: José Antonio Garmendia Artola

FF.- Que lo indulten.

EL CHACHE.- Ángel Otaegui Etxebarría.

FF.- Que lo fusilen. Que lo fusilen.

OBISPO.- Espíritu cristiano, su Excelencia.  Espíritu cristiano.

CARLOS.- Su Excelencia el Generalísimo actúa siempre con espíritu cristiano.

CARMEN.- La ley del Talión es la expresión máxima de nuestro espíritu cristiano.

FF.- Continúa, continúa.

EL CHACHE.- Juan Paredes Manot.

CARMEN.- Que lo fusilen. Perdón, Paco.

FF.- Que lo fusilen.

EL CHACHE.- Manuel Blanco Chivite.

FF.- Que lo indulten.

EL CHACHE.- José Humberto Baena.

FF.- Que lo fusilen.

CARMEN.- Muy bien, Paco.

EL CHACHE.- Vladimiro Fernández Tovar.

FF.- Que lo indulten.

EL CHACHE.- Ramón García Sanz.

FF.- Que lo fusilen

EL CHACHE.- Concepción Tristán López.

FF.- Que la indulten.

EL CHACHE.- José Luis Sánchez Bravo.

FF.- Uff. Qué cansado es esto. Que lo fusilen.

EL CHACHE.- María Jesús Dasca Penelas.

FF.- Que la indulten.

EL CHACHE.- Manuel Cañaveras García.

FF.- Que lo maten. Bueno, no, a este no. ¿O sí? Que lo indulten, que si no vamos a estar toda la mañana metidos en faena.

EL CHACHE.- (Saliéndose del papel de secretario.) Que nadie mire cómo da vueltas la bola de la ruleta de la suerte, de la fortuna. La ruleta rusa ¿A alguien le quedan más balas?   Que lo indulten, que lo fusilen, que lo indulten, que lo fusilen, que lo indulten, que lo fusilen. ¡Que suene el clarín! (A lo lejos suena un clarín torcido y El Chache se prepara para recibir al toro en puerta gayola.) Ha salido el 27 negro, recojan fichas y nueva partida.

OBISPO.-  Podéis ir en paz.

TODOS.- Demos gracias a Dios.

15
Ene
17

Es tiempo de releer a los clásicos, de Fulgencio M. Lax

Es tiempo de releer a los clásicos
Fulgencio M. Lax
Escuela Superior de Arte Dramático de Murcia
Dramaturgo.

                                                        Juzguemos a los muertos  con arreglo a los vivos (Azorín)

(Primer epígrafe del artículo publicado en Turín, José  y Antón, Fina eds. (2016): Es tiempo de… Edita Universitas  Miguel Hernández de Elche, Istanbul Gelisim Üniversitesi y Universidad de Valencia. Diego Marín editor. Murcia. Págs. 222-241)      

1.- Introducción

Los primeros años de este tercer milenio se caracterizan por los cambios tan profundos que se están materializando en el seno de nuestra sociedad y que tienen su origen en la segunda mitad del siglo XX.  La revolución que ha experimentado la comunicación se ha convertido en el eje impulsor de una amplia transformación en las relaciones sociales, laborales, económicas, culturales incluso amatorias, y aventura el nacimiento de un hombre nuevo capaz de ser protagonista de una continua renovación que, además, se produce a una velocidad trepidante.

Estamos en un tiempo de crisis, de cambio en los sistemas de relación y de reafirmación y, por consiguiente, también estamos en tiempo de regeneración de la forma en la que percibimos las tradiciones para poder mirar hacia el futuro entendiendo, con claridad y hasta donde sea posible, el presente.

Esta mirada renovada al entorno social también exige nuevas formas, nuevas maneras de abordar la realidad  que nos envuelve. Anton Chejov cerraba el siglo XIX pidiendo, en su obra La gaviota, un cambio importante porque el entorno se había envejecido de tal forma que ya no daba respuesta al hombre contemporáneo: <<Trepliov.- Hacen falta formas nuevas. Nuevas formas hacen falta; y si no se encuentran, mejor es nada.>> (Acto I) A pesar de la distancia de las palabras de Chejov, esta conciencia es una característica de nuestro tiempo y genera una evolución donde muchos de los cambios se diluyen en el propio proceso y son sustituidos por otros sin dar tiempo apenas a asimilar aquellos que ya desaparecen.

Somos hijos de la historia, dependientes del resultado de una suma de acontecimientos que constituyen el devenir, como un calendario colgado de la pared que nos va indicando los estadios del proceso evolutivo en el que estamos inmersos.  El ámbito del arte y de la cultura se muestran como espacios fundamentales de arraigo y proyección a la vez. En este aspecto juega un papel muy importante el protagonismo que los clásicos desempeñan en nuestro crecimiento. Con ellos nos preguntamos ¿Cómo impacta la tradición en esta nueva manera de presentarse el mundo que nos aborda y del que somos participantes activos y pasivos a la vez? Si entendemos que los clásicos son la estela más brillante que une el presente con el pasado y que viajan en el tiempo a través de nuestra tradición cultural, ¿de qué forma nos hacen reconocible el lugar que ocupamos en la historia? Saint-Beuve (2013, p. 35), al finalizar su ensayo ¿Qué es un clásico?,  responde buscando la mirada crítica y amable del hombre con su entorno:

En suma, bien sea Horacio o algún otro, cualquiera que sea el autor que prefiramos y que refleje nuestros propios pensamientos en toda su riqueza y madurez, reclamaremos a alguno de esos buenos y antiguos espíritus una conversación inacabable, una amistad que no decepcione, que jamás nos falle; y esa impresión habitual de serenidad y de amenidad que nos reconcilia, y que tanto necesitamos, con la humanidad y con nosotros mismos.

Italo Calvino (2013, p. 46) se expresa en la misma dirección, buscando los espacios de conocimiento que nos ayuden a reconocernos en una época determinada: <<los clásicos sirven para entender quiénes somos y adonde hemos llegado.>>

Pero la palabra “clásico” tiene un espectro mucho más amplio, donde influyen distintos significados que se actualizan en virtud de los diferentes contextos en los que suele utilizarse. Ya sea como autor modelo, véase Virgilio, Dante, Cervantes,  Shakespeare, Goya, Beethoven, Picasso, etc; bien exponiendo solamente las obras; bien como referencia a las culturas griega y latina; bien haciendo referencia a connotaciones de carácter negativo como algo caduco y pasado; o bien destacando aquellas obras que conservan aún su actualidad dinámica después de haber mantenido una tensión dialéctica con la historia. Aquellas que hoy, como resultado acumulativo de lecturas, hablan del hombre en el proceso de construcción del mundo de hoy. Aquellas que la historia no ha relegado al espacio mostrativo y documental de uno o varios periodos y mantienen vivo el discurso renovador.