14
Ene
19

Háblame, de Fulgencio M. Lax

HÁBLAME, de Fulgencio M. Lax

Sinopsis:háblame_cartel

«Una familia formada por una madre viuda (Isabel), una hijo desestructurado (Javier) y una abuela (Adela) que empieza a dar síntomas de confusión y olvido, propios de la vejez antes de emprender el último viaje. Este último aspecto provocará momentos de una triste comicidad. La abuela, sumida en una torpeza intelectual, se aferra a los recuerdos de su juventud e irán apareciendo personajes del pasado como su marido, su hermano, sus padres y todos viajarán por su memoria mostrando una especial generosidad y una emocionante ternura, que servirá de anclaje para que su nieto vaya despejando los fantasmas y demonios que generan en él actos de auténtica violencia. En medio de todos está Isabel, que lucha desde el desconcierto, desde el cansancio, pero también desde el amor para cuidar a su madre y rescatar a su hijo de la desestructuración que le invade. Al final será la ternura el lazo que hará que nuestros personajes encuentren el camino de la estabilidad y les permita alcanzar momentos felices.»

Personajes:

Adela.- Una anciana que empieza a entrar en el resbaladizo terreno de la demencia senil. Pasa las horas del día buscando en los retazos de la memoria aquellos momentos de su vida que le han llenado la mochila de bellas imágenes. En su imaginación irán visitándole los espíritus del pasado, que van reuniéndose alrededor suyo para acompañarla en el último tramo de su vida. 

Isabel.- Es la hija de Adela y la madre de Paloma. Viuda desde muy joven. Asesora fiscal en un despacho de abogados, aunque este dato es solo anecdótico. Se enfrenta sola a la educación de una adolescente que se asoma a la desestructuración y a la violencia. También tiene que atender al cuidado de su anciana madre.

Javier.- Un joven de veinte años caracterizado por la soledad. Las carencias afectivas y un exceso de protección, al crecer sin su padre, han originado una actitud bastante tirana, pero en realidad es solo una máscara que esconde una profunda soledad y un miedo atroz a ser abandonado. 

Estrenada  el 25 de noviembre de 2018 en el Teatro Zorrilla de Valladolid.

Dirección escénica Juan Pedro Campoy

Reparto: (por orden de intervención.)

ADELA MARÍA GARRALÓN.

JAVIER VICTOR PALMERO

ISABEL MARIOLA FUENTES.

Escenografía Alessio Meloni

Vestuario Rossy.

Diseño de iluminación Antonio Saura.

Distribución Dos Hermanas Catorce Sergio Bethancourt y Guillermo Delgado.

Producción ejecutiva Juan Pedro Campoy y Antonio Saura.

Dirección de producción Esperanza Clares

Una coproducción entre Alquibla Teatro y La Ruta Teatro.

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07
Ene
19

El karaoke, de Fulgencio M. Lax

20190107_085432EL KARAOKE

© Fulgencio M. Lax

A mis compañeros y amigos que, de forma incombustible, asisten a las reuniones de nuestro departamento                                  
 

Conforme se acerca la madrugada, la soledad va invadiendo todos los rincones de la ciudad hasta alcanzar un silencio solo roto por el clamor de tanta quietud. Los últimos ruidos que pueden escucharse son las persianas que bajan de golpe cerrando bares y cafeterías; el estruendo efímero, pero demoledor, del camión de la basura; la conversación clandestina de los que, perdidos, buscan el camino de regreso a casa o buscan encontrar, entre las calles, la dirección de algún local abierto para convertir, la última copa que despide el día, en la primera para dar la bienvenida al que viene. Manuel pertenece a este último grupo.

Después de cruzarse con varias persianas cerradas y estando tan solo a cuatro calles de su casa, se vio en la puerta del Parmalola, un pub al que nunca ha entrado a pesar de cruzárselo casi a diario. Con su fisonomía externa, dibujada con cortinitas de encaje y torcidos pentagramas, le había pasado totalmente desapercibido. Pero aquella madrugada fue como si hubiera salido de su camuflaje y se extrañaba de que, con tantos adornos, no lo hubiera visto antes. El local estaba casi vacío, solo ocupado por el camarero, una chica apoyada en la barra y una pareja sentada en el salón. Al fondo había un pequeño escenario rodeado por cuatro pantallas grandes y un monitor de sonido. En el centro había dos pies con un micro cada uno. Aquello tenía toda la pinta de ser lo que era: Un Karaoke. Era la primera vez que  Manuel entraba en un sitio así y, al darse cuenta del lugar en el que se había metido, se le vinieron encima todos los tópicos que circulan alrededor de estos locales. –Bueno –pensó- no parece que haya mucho movimiento, así es que podré tomar una copa sin mucho ajetreo. -El camarero le dijo que estaban casi cerrando, pero que le podía poner una última copa. Se pidió un gin tonic sencillo, de una ginebra de diario no muy especial y sin muchos adornos. Cuando el camarero terminó de servirle, Manuel levantó la cabeza y recorrió con la mirada todo el local. La decoración era bastante recargada con pósters de artistas cantando que, seguramente, serían famosos, pero que él no conocía. El mobiliario era oscuro y los sillones estaban forrados de un scai  de color marrón. La chica había abandonado la barra y estaba sobre ese pequeño escenario dispuesta a su actuación. Aquella mujer, sin dirigirse a nadie de los que allí estaban, cerró los ojos y, susurrando el principio de la canción Sin ti no soy nada, de Amaral, comenzó a cantar. No es que Manuel conociera ese tema, porque si algo hay de lo que no sabe absolutamente nada es de música, pero apareció el título y el nombre de la cantante original en todas las pantallas del local y eso facilitaba las cosas para saber qué es lo que se iba a escuchar. El poder de su voz le dejó perplejo y quedó como hipnotizado. Tenía un voz rasgada, casi agónica. Le pareció muy cercana a Edith Piaf, pero él no es ningún experto y, en estos casos, podría decir cualquier tontería porque a Manuel todo le suena a Edith Pia. Con el micrófono entre sus manos, su mirada andaba perdida en un horizonte que estaba mucho más allá de las paredes del local. Allí donde habita el amor, un amor, su amor, sus sueños y su deseo. Y por la voz y la tristeza de su gesto, seguramente también su soledad. Terminó de cantar y el camarero, indiferente, continuó lavando y ordenando la vajilla para la siguiente jornada. Los únicos que aplaudieron fue la pareja, que estuvieron escuchándola como si fueran miembros de su club de fans. Manuel siguió meciéndose en el balancín donde le había subido la voz de aquella mujer. Cuando terminó no movió ni un solo músculo, tan solo después de un breve silencio, se giró en su taburete y siguió atento a su gin tonic.  

Antes de que finalizara la música, la mujer había abandonado el escenario buscando refugio entre sus cosas, que había dejado sobre la barra. Apuró la copa que estaba tomando, se retocó los labios con un fuerte color rojo carmín, sacó un diminuto perfumador y se roció el cuello y la ropa. Puso un billete de veinte euros sobre la barra y se marchó. Cuando pasó junto a Manuel, dejó un aroma a perfume barato que pronto desapareció en el ambiente. Aquella mujer que, como él, bebía sola en la barra de aquel karaoke, se perdió detrás de la puerta de salida mientras en el aire del local aún flotaba la melodía de Sin ti no soy nada, aunque eso fue por poco tiempo. 

Como siguiendo un programa establecido, la pareja que había seguido atentamente la actuación de la mujer, se subió inmediatamente al escenario y se colocaron frente a cada uno de los micros. Sonreían entre ellos esperando a que en la pantalla comenzara la música. Empezó una melodía y apareció el siguiente rótulo: Vivir sin ti no puedo, de Pimpinela. Con los primeros compases comenzaron a balancear sus caderas sin mover los pies del sitio y mirando atentos a la pantalla que tenían enfrente. Entre sonrisas se dijeron lo que se odiaban y lo que se querían, las cosas que se reprochaban y las que los unían. El lenguaje los alejaba al mismo tiempo que los mantenía cerca y, al final, en una breve estrofa, se declararon su amor. La música siguió sonando, pero ellos habían cambiado las palabras por los besos y un profundo abrazo. Entonces Manuel supo que estaban enamorados, que en su casa, seguramente, agotaban las últimas horas del día ensayando canciones de amor para luego venir a este karaoke solitario a decirse, con palabras que otros habían escrito, lo que se aman. Manuel esbozó una torcida sonrisa al tiempo que se hundía en una profunda tristeza porque, en ese momento, le vio la cara oculta a su soledad y no le gustó nada. 

No quiso ser el último en marcharse de allí. Él no tenía a nadie que le cantara ni a nadie a quien dedicar una canción. No recuerda ningún momento en su vida en el que tarareara una música. Salió de allí buscando un poco el fresco de la madrugada pero, aquel día, a pesar de ser un otoño frío, solo encontró un aire caliente y denso que le cerraba los pulmones y le impedía respirar. 

martinezlaxfulgencio@gmail.com

Otros cuentos: El nadador

29
Dic
18

EL NADADOR, de Fulgencio M. Lax

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©Fulgencio M. Lax

Cuando se es consciente de que ha llegado un final, de que hay un recorrido que se ha acabado y que ha finalizado una etapa, de que se terminaron definitivamente las encrucijadas y el camino aún continúa, pero esta vez la dirección apunta hacia ningún sitio. Cuando los abismos que hay a un lado y a otro que, antes eran oscuros e impenetrables senderos de una espesa selva, se muestran ahora con una brillante luminosidad y transparencia. Cuando esto ocurre es porque el tiempo está avisando de que hay que girar la brújula en otra dirección. Unas veces somos conscientes y tomamos las riendas del nuevo rumbo, pero otras nos dejamos arrastrar por la corriente que va marcando las horas hasta llegar heridos a la última, que es la que nos mata. 

La mañana de aquel miércoles había comenzado con un poco de llovizna, pero las nubes no venían muy cargadas y pronto, la meteorología, daría una jornada soleada. La rutina de estos últimos años se iba a ver alterada por uno de esos momentos irrepetibles en la vida: La jubilación. Juan Obdulio había llegado a la edad límite para poner fin a su vida laboral.

Él prefería que le llamaran Juan, a secas, aunque su madre, por no querer perder el fino lazo que la unía a sus orígenes guatemaltecos, siempre utilizaba los dos primeros nombres de pila: Juan y Obdulio, sin llegar a pronunciar el tercero, porque su nombre completo era Juan Obdulio Anisio que, siguiendo la costumbre familiar, recogía el nombre de su padre y el de sus dos abuelos. Una vez fallecida su madre, el nombre quedó solo en Juan, relegando los otros dos a la nominación del carnet de identidad.

Habían ido pasando los días de una forma demasiado rápida, aunque ahora parecía que todo se ralentizaba. Un día tras otro igual al anterior y al anterior habían convertido su vida en un rutina que, a su vez, se apoyaba en otra rutina y otra y otra. Como un juego de espejos que proyecta su imagen hasta el infinito. Así había llegado a su último día de trabajo, después de llevar más de 30 años impartiendo clases de literatura a adolescentes de 12, 13 y 14 años. La semana pasada cumplió los 65 años reglamentarios para jubilarse de forma obligatoria. El nacimiento, los miedos del primer día de colegio, la primera masturbación, el terror en el primer contacto sexual, el primer cigarrillo, la primera borrachera o el pánico en el primer día de trabajo. Todo se había ido acumulando formando el pasado. Juan no cuenta la circuncisión porque a él no le hizo falta que se la practicaran, pero fue algo importante para él ya que lo aisló de su grupo de amigos, a los que sí tuvieron que operar. Ni tampoco cuenta el día de su boda, ni cuando sufrió el primer despido, aunque también fueron puntos importantes en su vida. Y en todos esos momentos está el miedo como pantalla de fondo, excepto en el penúltimo, en la jubilación, que abre la puerta al momento final, cuando se pone fin a la línea que separa la comedia de la tragedia, la risa del llanto y todo, todo termina definitivamente. Son momentos iniciáticos que los hombres  y las mujeres suelen llevar en silencio, escondidos y acallados como signo de madurez. 

Juan no tiene a nadie cercano a quien rendir cuentas y tampoco a nadie que piense qué puede hacer o qué puede ocurrirle ahora que tendrá todo el tiempo para sí mismo. Lo que más le dolía era tener que dejar el aula y a sus alumnos, todo lo demás lo consideraba innecesario y entorpecedor. Hace más de diez años que su compañera de viaje cogió una maleta y se marchó. Solo dijo que se marchaba por cansancio, nada más. Luego estuvo llamándolo por teléfono todas las semanas para asegurarse de que Juan había comido o si Juan había tomado la medicación para la tensión o si había dormido las horas suficientes. Fue hace un par de años cuando dejó de llamar y, desde entonces, no sabe nada de ella. Juan sigue comiendo todos los días, duerme lo que puede y, cuando no lo olvida, toma las pastillas para la tensión. El teléfono solo suena para intentar venderle una línea de teléfono, ampliar el crédito de la tarjeta de crédito o porque alguien ha equivocado el número a la hora de marcar. 

Hoy miércoles será la última vez que entre al aula como profesor y, cuando termine, será la última vez que salga. Lo último que verán sus alumnos de él será su espalda. Cruzará el pasillo del aulario despacio, lentamente, no para detener el tiempo sino para saborear su marcha. 

Si todo sale como él tiene previsto, será la última vez que haga muchas cosas que hasta ahora eran habituales. Incluso, con seguridad, puede que sea la última vez, sin más  circunstancias. Con decisión y totalmente convencido, tenía claro que había llegado al final de un recorrido que, ahora, terminaba agotado y con ganas de dejar atrás.

Lo primero que había previsto es deshacerse de su biblioteca, compuesta por más de quince mil volúmenes acuñados uno a uno desde sus años de bachillerato. Hace unos meses comenzó a repartirlos, invitando a conocidos y desconocidos para que vinieran a su casa y cogieran los que quisieran. Ahora solo quedan en los estantes los libros que no ha querido llevarse nadie. Es curioso, porque han dejado una primera edición de Madame Bovary y otra de un Quijote del siglo XIX, entre otros libros de dudoso e escaso interés. Este es el destino. Su final está en la hoguera que tiene previsto hacer en el patio de su casa, para la que ha dispuesto un bidón con gasolina y, así, dar punto y final al capítulo bibliotecario. -Me sentaré frente al fuego e iré echando libro tras libro de los que nadie haya querido llevarse, viendo como cada historia desprende su particular y efímera llamarada. -Había anotado en una especie de pequeño diario en el que apuntaba algunas cosas sueltas y luego les añadía la fecha, que a veces no se correspondía con el momento en el que escribía las notas. 

La idea de Juan era desaparecer, darle un quiebro al camino y dejar atrás las encrucijadas, las dudas, las incertidumbres, los miedos y las soledades. Ahora se aparecía ante él un futuro claro y transparente, sin rincones por donde circulan las mentiras de la memoria. Todo aparecía ahora luminoso y brillante. El siguiente paso sería el definitivo. Todo lo tenía perfectamente planeado

Desde hace más de dos años nada todos los días diez kilómetros en piscina y los fines de semana que puede, sea invierno o verano, nada la misma distancia en el mar. Suele hacerlo en Puntas de Calnegre, en la Cala de las mujeres, una playa solitaria y abierta al Mar Mediterráneo, que se encuentra a unos cincuenta kilómetros de su casa. Esta actividad no tiene nada que ver con el deporte ni con la salud, es una especie de entrenamiento para burlarse del destino, si es que alguien puede hacerlo o, al menos, intentarlo. La literatura está llena de notables apólogos que juegan con el hombre como si fuera una marioneta capaz de tomar sus propias decisiones. Él pensaba que podía burlar el camino que el destino le tenía deparado antes de llegar al inexorable final. Y sin querer huir, como hizo el criado Abdul huyendo a Samarra de la muerte, sin saber que era allí donde le estaba esperando, él trazó un plan distinto a lo que se podía esperar de un recién jubilado

Había pensado que, con el entrenamiento que llevaba, podría nadar unas diez millas mar adentro. Hacerlo con un chaleco de plomo de tal forma que, cuando el agotamiento hiciera su aparición, la respiración comenzara a ser dificultosa y empezara a perder flotabilidad, el único camino posible sería el de hundirse para siempre. Todo dependería de sus fuerzas para terminar en el lugar al que hubiera llegado o poder regresar. Lo haría una madrugada, cuando los púrpura van dejando atrás la noche y las aguas están tranquilas. Cuando solo el clamor del mar habita en el ambiente. Lo tenía todo planeado para el próximo fin de semana. No habría jubilación placentera, ni tiempo desocupado pensando en qué ocuparlo. La brújula había girado en otra dirección. Así de simple eran las cosas y así es como lo había decidido. 

Hoy miércoles será la última vez que Juan Obdulio Anisio Pérez Vásquez entre en el aula como profesor y, cuando termine, será la última vez que salga. Y si sus planes se cumplen también será la última vez de todas las veces. Lo último que verán sus alumnos será su espalda. Cruzará el pasillo del aulario despacio, lentamente, sin prisas porque no es una huída. Lo hará despacio, no para detener el tiempo, sino para saborear su marcha. 

martinezlaxfulgencio@gmail.com

OTROS CUENTOS:

INDICE DE CUENTOS DE FULGENCIO M. LAX

11
Dic
18

AUTÓMATA, de Fulgencio M. Lax (Homenaje a Edward Hopper)

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AUTÓMATA 

© Fulgencio M. Lax                                                                   Homenaje a Edward Hopper

Siempre a la misma hora y siempre una taza de café. Así se le pasaban las horas de la tarde, hipnotizada con ese fondo negro que llenaba su rostro de disimuladas lágrimas y una profunda tristeza. Desde la barra era imposible no fijarse en ella. Una mujer hermosa, no de una especial belleza pero sí de un sugerente atractivo. Delgada, no muy alta y con un suave maquillaje apenas perceptible, aparentaba una extrema fragilidad. Frente a ella, separada tan solo por una pequeña mesa, una silla vacía. El café siempre se lo tomaba frío porque se le iba el tiempo mirándolo y hundiéndose en aquel pozo que ella llevaba dentro. De vez en cuando dejaba escapar un suspiro que acompañaba con un leve tintineo de cucharilla removiendo el azucarillo. 

Venía todos los días desde hacía más de tres meses. A las cinco de la tarde, cuando sonaba la campanilla de aviso que hay en la puerta de entrada, siempre sabía que era ella. Tenía una forma especial de entrar que la delataba. Casi sin ruido, como deslizándose con sus pisadas por encima del suelo. Luego, dos horas después, con el mismo sigilo, se marchaba. No se quitaba el abrigo a pesar de que en el local hay calefacción. Ni tan siquiera un ligero gorro de lana de color crema que le cubría la cabeza por encima de las orejas. Daba la impresión de estar en un continuo tránsito, siempre a punto de marcharse. No falló ni una sola tarde y todos, todos los días, frente a su taza de café, sacaba un pequeño cuaderno, escribía unas notas y luego, después de mirarlas y releerlas hasta el infinito, arrancaba el papel, lo arrugaba y se lo guardaba en uno de los bolsillos. 

Al principio era solo alguien que venía a tomar un café pero, poco a poco, fue atrapando mi atención y se convirtió en alguien a quien esperaba ver entrar todos los días. Yo, desde la barra, la miraba y vigilaba mientras atendía a otros clientes. Sabía qué es lo que iba a hacer en todo momento porque lo había memorizado de tanto repetirlo. Casi podría detallar paso a paso cada una de las cosas que hacía como un ritual frente a una taza de café solo, sin leche ni otros aditivos. Ni siquiera unas pastas para cubrir el paso de la tarde en el que se va perdiendo la luz del sol. 

Dos horas después de haberse sentado; siempre que podía lo hacía en la misma mesa, de espaldas al ventanal que da a la plaza Mayor; pagaba dejando el dinero en el plato junto a la taza y, sin mirar a nadie y con el rumbo perdido, salía y se marchaba. Yo la seguía con la mirada hasta que desaparecía por completo en ese horizonte quebrado de calles y edificios. La veía alejarse a paso lento, dirigiendo su mirada a la punta de sus zapatos, como ese guerrero que camina derrotado en la batalla y que espera el inevitable golpe final. Así estuvo tres meses, hasta que un día dejó de venir. En su última visita recorrió el mismo camino y con los mismos pasos que todas las tardes anteriores excepto que esta vez, al marcharse, se acercó a la barra, pagó su café y me entregó un papel doblado con un nombre en el dorso: 

Para Juan 

-Por favor, -me dijo- es posible que venga alguien preguntando por mí. ¿Sería tan amable de entregarle esta nota?
-Claro, sin ningún problema -le contesté- ¿Cómo se llama usted?
-Olivia. Muchas gracias. 

Y se marchó sin decir nada más. Con cierta torpeza y titubeando, como si se le hubieran quedado unas palabras a punto de decir, se dio media vuelta y salió. Ya no regresó nunca. 

Han pasado cuatro meses y por aquí no ha venido nadie que se llame Juan y que pregunte por Olivia. La mesa que ella ocupaba casi siempre está vacía porque la gente quiere sentarse frente al enorme ventanal desde el que se puede ver, como un espectador privilegiado, la arquitectura románica de la plaza Mayor. Yo he guardado la nota todo este tiempo sin curiosearla, sin desdoblar el papel y leer lo que ella hubiera podido escribir. Pero cuatro meses me parece un tiempo prudencial como para que apareciera alguien reclamando una nota o preguntando por una tal Olivia que hacía tanto tiempo había dejado de venir. Así es que me dispuse a leerla. La desdoblé y estaba en blanco. No había escrito nada. Una nota dirigida a un tal Juan en la que no había escrito nada. O sí. He pensado mucho sobre esta cuestión y he llegado a la conclusión que fue ese silencio, esa ausencia, esa falta de palabras para encontrar un significado. No fueron suficientes las gramáticas, ni los diccionarios, ni las lingüísticas, ni las literaturas para encontrar la forma de escribir un mensaje. Solo el silencio. Nada más que el silencio en un papel en blanco. 

martinezlaxfulgencio@gmail.com

Otros cuentos de la serie Hopper:

Nighthawks; Lovise; Al otro lado de la calle; El ventanal del aula; Habitación de hotel;

03
Dic
18

Lexicon 80, de Fulgencio M. Lax

Agradezco a todos los que  habéis estado leyendo  esta serie de cuentos. Ahora voy a guardar un pequeño silencio para dejaros descansar de tanta tristeza, de tanta soledad y de tanta melancolía.  Murcia, 3 de diciembre de 2018

Unknown

Lexicon 80

© Fulgencio M. Lax

Cuando entré a trabajar en la notaría hace cuarenta y dos años, me sentaron en una mesa con una Olivetti Lexicon 80 con cinta de dos colores. A mi alrededor habían dieciséis mesas más, cada una con su máquina de escribir y sus cuatro o cinco hojas de papel carbón para las copias. Todas eran Olivetti, seis eran 40m, cinco Lexicon 80, una, la del jefe de sección, era una Lexicon 90 y sobre la mesa de la secretaria había una máquina modernísima de la que no recuerdo la marca. El ruido de las teclas formaba una sinfonía policromada marcada por los tiempos, que iba desde el grueso e identificable ruido de las más antiguas, ya casi para desechar por excesivamente viejas, a las de la serie Lexicon, que tenían un golpear seco, suave y ligero. El ambiente estaba recorrido por ese continuo teclear y nublado por una espesa capa del humo de los cigarrillos que fumábamos uno detrás de otro, casi todos de tabaco negro. Después de doce horas de trabajo, golpeando aquellas teclas duras y suaves a la vez, las manos terminaban hinchadas y doloridas. 

Teníamos dos turnos para el desayuno. A las diez y a las once. Yo siempre utilizaba el de las once porque era el más concurrido por todos, aunque había que correr ya que, Samuel, el camarero del bar donde nos juntábamos todos, era bastante lento. Recuerdo con cierta nostalgia aquellos sagrados veinte minutos en los que tomaba siempre un bocadillo de tortilla de patatas, una cerveza y un café. Luego un cigarrillo y vuelta al trabajo. En mi planta no había ninguna mujer trabajando, excepto Mariola, la secretaria de Don Ramón, que como tenía otro estatus apenas nos dirigía la palabra. 

Mientras trabajábamos no hablábamos entre nosotros, pero había lago que nos mantenía conectados. Sabíamos que no estábamos solos. Sería el poco espacio que había entre las mesas, el ruido de las máquinas de escribir o el humo del tabaco que nos envolvía a todos, pero lo cierto es que uno tenía la sensación de estar acompañado, a pesar de no levantar la cabeza del trabajo ni dejar de teclear informes, memorándum, escrituras, cartas, expedientes, facturas, etc, etc. 

No sabría fijar la fecha cuando trajeron la primera máquina de escribir eléctrica, pero fue todo un acontecimiento. Como era de esperar, no la pusieron en la mesa de ninguno de nosotros, ni tan siquiera en la del Sr. Padilla, el jefe de sección, que tuvo que continuar con su Lexicon 90, sino que la pusieron sobre la mesa de Mariola, la secretaria. Solo le faltaba acentuar esa distinción para que nos mirara desde una altura aún más inalcanzable. El ritmo continuaba igual, excepto cuando ella tecleaba algún documento, entonces se producía una especie de chirrido en el ambiente que, a alguno de nosotros, nos hacía levantar la cabeza de nuestra tarea, incluso nos desconcentraba. Cuando Don Ramón la llamaba a su despacho o le pedía que le acompañara a algún negociado, lo agradecíamos porque el trabajo fluía de otra manera y el ambiente venía marcado por un ritmo que todos preferíamos. 

Otro momento importante fue cuando nos aumentaron de veinte minutos a treinta el tiempo que podíamos dedicar al desayuno. Esos diez minutos eran auténtico oro en medio de la mañana. Daba tiempo a desayunar, fumar un cigarrillo y hablar un poco con los compañeros. A veces daba tiempo hasta para hacer algún recado personal. Aunque a cambio quitaron uno de los turnos. A mí no me afectó porque mantuvieron las 11:00 horas como el momento en el que se podía salir a desayunar, pero los que salían a las diez protestaron sin obtener resultado alguno. Fue en esa época cuando se produjeron otros cambios muy significativos. Nos retiraron las viejas máquinas de escribir Lexicon y nos pusieron a todos, incluido al Sr. Padilla, máquinas eléctricas Facit 1850 S. Como nos hacíamos un lío con la rapidez de respuesta de las teclas y los documentos salían con muchos errores, Don Ramón encargó a Mariola que nos diera un pequeño cursillo para mejorar el uso de aquellas pesadas pero rentables máquinas de escribir. Pronto todo volvió a la normalidad y el ritmo era ahora más rápido y las secuencias más largas, ya que el carro tenía más recorrido que las viejas máquinas Olivetti. Ahora volvíamos a trabajar todos acompasados, incluida la secretaria, envueltos en la densa capa de humo de los cigarrillos, que seguían dejando la ropa con un fuerte olor a sudor mezclado con la del tabaco quemado. Pero a pesar de volver a recuperar la sensación rítmica del sonido de las teclas de las máquinas de escribir, algo había cambiado. Algo que no sabría definir y  que nos impedía mantener la atención durante largo tiempo en nuestro trabajo. Es curioso, aún así se rendía mucho más que antes. Los documentos salían con más rapidez y tenían una presentación más limpia y moderna que los que se hacían con las viejas máquinas. Incluso las manos habían dejado de dolernos, pero siempre hay un precio que pagar y, a veces, el desembolso, se realiza de manera sutil, casi sin darse uno cuenta. De alguna forma estábamos empezando a ser perfectos desconocidos. 

Visto desde la distancia en el tiempo, aquellos días fueron una época de transición. Después quitaron los ventiladores y pusieron aire acondicionado, pero prohibieron fumar en el trabajo. Esto no fue bien recibido, aunque nadie se opuso ya que la orden vino precedida de una fuerte campaña sobre la salud pública y la lucha contra el cáncer de pulmón y el infarto, Fue la primera vez que escuché que había fumadores pasivos. Sí se podía fumar en una habitación en la que instalaron una máquina de café, un bidón de agua y un expendedor de chocolatinas y bolsas de patatas fritas. Aquí empezó un cambio sustancial que fue marcando el deterioro de los que estábamos en el departamento. Había días que ya no bajábamos a desayunar y nos conformábamos con una chocolatina y un café de sabor dudoso. Atrás empezaron a quedarse los bocadillos de atún con mayonesa y mis preferidos, los de tortilla de patatas. Ahora trabajábamos ocho horas, teníamos treinta minutos para desayunar, aire acondicionado y máquinas de escribir eléctricas que hacían que, al final de la jornada, no nos dolieran los dedos, pero la rentabilidad de esta época trajo tormentas silenciosas. Despidieron a cinco compañeros de nuestro departamento y a seis del de la planta de arriba. Entonces nos juntaron a todos en un mismo espacio, cambiaron los despachos y pintaron de nuevo las paredes, quizá en un intento de no dejar rastro de la historia ni de las personas que ya no pertenecían a la plantilla. Fue una forma de dejarnos claro que aquello no nos pertenecía, que no éramos parte de aquel espacio más que como objetos articulados que cumplían una función determinada al servicio del progreso y que podíamos ser víctimas de ese progreso en cualquier momento. Entonces me pregunté que a quién beneficiaba ese progreso. Fue cuando empezamos a sentirnos solos. Seguíamos trabajando en silencio pero solos.

Luego llegaron los ordenadores y la algarabía de las teclas se terminó. Fue sustituida por un silencio clamoroso que mantenía suspendido en el aire un ligero murmullo. A eso nunca llegué a adaptarme. Trabajar mirando una especie de televisión y sin documentos en papel, solo metidos en la pantalla y arrastrados de una carpeta a otra con la extensión .doc, .pdf, .tif, .jpg, etc. etc. me parecía una auténtica locura. Depender de aquellas máquinas me producía en profundo temor ya que, después de una jornada de trabajo, se podía ir la luz y desaparecer todo, aunque en el fondo estaba seguro que esto lo tenían previsto. 

Con los ordenadores llegó el silencio de las teclas y también trajeron rentabilidad y más despidos. Y los que tuvimos la suerte de mantener nuestro puesto sentíamos una profunda soledad en el trabajo que, aún hoy, después de haberme jubilado y estar esperando a que llegue el último minuto, la sigo experimentando cuando navego por la memoria. 

Mi último día de trabajo fue una especial liberación. Me regalaron un reloj de pulsera y tuve la sensación que fue para que viera como empezaba la cuenta atrás del tiempo que me quedaba, aunque era algo que solían hacer con todos los que cumplían la edad de sesenta y cinco años y se jubilaban. Todos pensaban que me sentía triste y algo desconcertado ante mi nueva etapa, pero no era así. Fue una auténtica liberación de la soledad que experimentaba en el trabajo. Ahora, a veces, en la franja calurosa de la mañana, sentado frente a la ventana, buscando el calor y huyendo de la humedad que me acerca cada vez más a la muerte, escucho aquel concierto de teclas de las máquinas Lexicon y entorno los ojos recostándome en el recuerdo. Ya solo me queda el tramo final, el último paso, ese que te lleva, sin vuelta atrás, al silencio absoluto y verdadero. 

martinezlaxfulgencio@gmail.com

Otros cuentos

0. La última gloria, 1. Las piernas más hermosas, 2. La pistola de plata, 3. El abrazo, 4. De regreso a casa, 5. La música del Tío Vivo, 6. NIGHTHAWKS, 7. Cuando solo nos queda el silencio. 8. El café con leche. 9. Consumiendo madrugadas, 10. Un banco en la madrugada, 11. La violinista, 12. El laberinto, 13. La bailarina, 14. Lovise, 15. Anabel, 16. Mirando al mar, 17. Al otro lado de la calle, 18. El tatuaje, 19. El ventanal del aula, 20. Habitación de hotel. 21. Melancolía, 22. Lexicon 80.

(Si te interesó alguno de estos textos, por favor, házmelo saber. Gracias.)

01
Dic
18

Melancolía, de Fulgencio M. Lax (Homenaje a Edvard Munch)

                                                                            20181130_111335           Muy pronto el silencio de la madrugada dará paso a las primeras luces del día, entonces todo comenzará de nuevo.

21. MELANCOLÍA

© Fulgencio M. Lax

Homenaje a  Edvard Munch (Melancolía, 1894)

El silencio de las olas y el clamor casi apagado de un mar recorrido por distintas tonalidades de azul, que poco a poco se iban oscureciendo, era la única compañía que yo buscaba aquella tarde de finales de enero, en plena estación de invierno.  Con los pies descalzos, notando el frío de la arena húmeda, un cigarrillo en una mano y, en la otra, una botella de ginebra a la que le faltaban un par de tragos, recorría el arco que las olas dejaban al llegar a la playa. El silencio, sólo interrumpido por el continuo trabajo del mar, llenaba todos los rincones de aquel paisaje marino.  Un gran refugio para huir del pasado, el escondite ideal para una escapada clandestina, aunque es un trabajo inútil porque de los recuerdos es imposible esconderse. Son como el agua, se filtran por cualquier grieta que se abre en la memoria y asoman en los momentos más inesperados. Comienzan como finas gotas que sólo dibujan manchas de humedad, pero luego se convierten en auténticos torrentes que te echan todo el pasado encima. La soledad se ha convertido en esa fortaleza en la que me siento protegido.

Al principio pensé que huía de un amor, de un fracaso que me golpeó duramente por sorpresa. Pensé que era víctima de la traición con la que el tiempo te envuelve y te hace creer que todo es una línea recta. Pero pronto me di cuenta de lo equivocado que estaba. Ni un amor, ni el tiempo, ni otra cosa más que yo. Mi escapada es imposible. Siempre seré alcanzado porque intento esconderme de mí mismo. Sigo en una continua huída para reencontrarme siempre con aquello que me obliga a escapar. Todo empieza y termina en mí. Un círculo laberíntico que me devuelve una y otra vez al mismo sitio y cuyo recorrido hago solo, sin nadie a mi lado. La compañía de alguien me martiriza y la soledad me angustia hasta el punto de buscar caminos por los que pueda transitar anestesiado, y aún así me protege de universos que podrían ser aún peores. Recorro caminos sin orillas a las que arrimarme, sin posibilidad de asomarme ni a un lado ni a otro porque están llenos de profundos abismos. Hace tiempo que descubrí que el color sólo tiene dos caras: Lo oscuro y lo claro, en cambio yo busco con todas mis fuerzas una  gama media por la que pueda marcar mis pasos. Apenas lo consigo y me vuelco irremediablemente hacia los extremos. 

Recorrí aquella playa solitaria en medio de una suave brisa que, además de arrastrar el agua a la orilla, mojaba mi rostro con minúsculas gotas de agua salada. La sal que se acumulaba en mis labios, junto con aquel frío ya casi nocturno, me los iba resquebrajando con minúsculas grietas que yo aliviaba mojándolos con la lengua llena de saliva. Un remedio a corto plazo que haría salir heridas si no ponía solución. –Iba pensando mientras la luz de la tarde se escapaba dejando paso a una esperada oscuridad.

Pronto anochecería y la sensación de soledad sería total, aunque el silencio, a pesar de su abrumadora presencia,  no podría esconder el continuo susurro del mar. Muchas veces he aguantado la humedad y el frío hasta el amanecer para poder disfrutar de ese espacio de tranquilidad que me ofrece el comienzo de la madrugada. Poder abandonarme por unas horas y no estar en una continua guardia. Una paz que me ayuda a bajar los niveles de tensión que mantengo a lo largo de las horas del día. 

Llevaba tabaco suficiente y con lo que quedaba en la botella podría aguantar toda la noche. Me acomodé entre unas rocas frente a la misma orilla y con el horizonte al fondo, encendí un cigarrillo y me dispuse a tomar un trago. Saqué del bolsillo un vaso corto, no me gusta beber directamente de la botella porque te roba el placer del sabor. Me gusta la ginebra sin hielo, sin sabores añadidos, sin adornos, beberla muy despacio, dejando que se mezcle con la saliva y llene con su aroma toda la boca. Luego, una larga pausa para que el sabor se instale y poco a poco se vaya diluyendo dejando un rastro que va desapareciendo conforme la voy tragando. El trago directo cae en la garganta de una forma abrupta, casi sin pasar por la boca, mientras que cuando la bebes de un vaso lo primero que golpean los elixires son la lengua y el paladar. Se hacen presentes por unos segundos en las puertas de nuestro sentido y el espacio que se abre es a la vez un recipiente de placer, pero con el que también se puede sufrir. Y en esa frontera de sensaciones es donde habita el verdadero sabor.  

Allí acurrucado, con la noche ya totalmente caída, podía divisar a mi derecha la luz lejana e intermitente de un faro. Son momentos hipnóticos en los que el tiempo cambia de dimensión y la mente se queda en blanco, como sumergida en un inmenso bálsamo. Sería reconfortante pensar que hay un farero que vigila atento el mar y dirige la luz que sirve de guía a los barcos, pero eso ya es historia. Ahora es todo automático, se puede pasar por delante de un faro sin tan siquiera mirarlo, incluso dudo que hoy exista el oficio de farero, al menos como vive en mi memoria.  Por el horizonte cruzaba un barco que navegaba hacia poniente, delatado por la lucecita verde de su estribor. Lucecita blanca cuando lo vemos de popa;  verde, roja y blanca cuando el alcance es de proa, blanca y verde cuando nos viene por la amura de estribor. Con este juego casi de máquina tragaperras, me fui adentrando en recuerdos lejanos de una juventud que pasé junto al mar. Y cuando me acerco a aquellos años, suena la música acompasada de los obenques y drizas golpeando en el palo, y el chapotear suave y constante de los barcos que están amarrados. Todo enmarcado siempre en un silencio roto y continuo a la vez, hasta llegar a las primeras luces de la madrugada, cuando las gaviotas comienzan a dibujar sus vuelos en la popa de los barcos pesqueros que entran por la bocana del puerto. Poco a poco me fui abandonando en esos laberintos caleidoscópicos que te propone la memoria. No sé el tiempo que pasó, porque es posible que me quedara durmiendo durante algunos minutos, cuando escuché voces que se acercaban. Pleno invierno, playa solitaria, frío, humedad y ni aún así podía estar solo. Apenas unas sombras identificaban a una pareja que había escogido aquel lugar y aquella hora para pasear y vivir sus secretos. Pasaron cerca de mí y la brasa del cigarrillo me delató, como se delatan los barcos que navegan en la oscuridad. Me dieron las buenas noches y siguieron su paseo. Yo no me quedé  muy tranquilo pensando en que, allí cerca, había alguien más que podía romper el espacio solitario en el que había construido mi refugio aquella noche, pero se alejaron lo suficiente como para poder recuperar el silencio.  Enseguida dejé de oírlos y volví a mi letargo. 

El tiempo me va arrastrando a lugares que sólo soy capaz de reconocer cuando estoy  perfectamente instalado pero, hasta que llega ese momento, transcurro por un túnel oscuro y de direcciones inciertas. Y al llegar pienso que existe el final, un final, y pronto me doy cuenta de que, nuevamente, estoy en el principio y que no he avanzado nada y que lo que reconozco como nuevo  no es nuevo,  sino la imagen de mi propia historia deformada por el espejo cóncavo que ha ido curvando el paso del tiempo. Noté los labios muy resecos y al mojarlos con saliva pude saborear la sal que la brisa marina había ido depositando en mi rostro. Algo me hizo regresar de mi estado de vigilia. Sentí cómo la pareja regresaba. Sus pasos eran silenciosos en aquella alfombra mojada que era la arena de la playa, pero sus risas los delataban. Poco a poco oía sus voces cada vez más cerca hasta que los tuve enfrente. Entonces se pararon, me dieron las buenas noches nuevamente y él me pidió fuego. 

-¿Lleva fuego? –Los miré un poco sorprendido, quizá con la misma sorpresa de ellos al encontrarse conmigo. Le alcancé el encendedor y él se tuvo que agachar para refugiarse de la brisa, que había arreciado un poco y poder así encender su cigarrillo.

-¿Está usted bien? –Me preguntó ella extrañada de encontrar a un tipo medio tirado entre las rocas, con un cigarrillo en la boca y un vaso en la mano. 

-Perfectamente. –Le contesté con una cierta ironía, mientras su compañero intentaba que no se apagara la llama del encendedor. 

-¿Qué está bebiendo? –Siguió preguntando ella ante la insistencia de su amigo para que se marcharan. 

-Estoy bebiendo ginebra. 

-¿Y la bebe sola? –Siguió insistiendo. –A mí me parece una bebida demasiado difícil de tomar. 

-¿Esto qué es? ¿Una encuesta? Me escondo aquí para no ver a nadie, para no tener que hablar con nadie, para no encontrarme con nadie. Y la bebo sola porque hasta el acompañamiento de los hielos me molesta. 

-Perdone, perdone –Comenzó a repetir ella un poco apurada. Me di cuenta de que había sido bastante grosero y que las buenas maneras nunca están de más. Ellos se irían pronto y yo podría regresar a mis soledades sin necesidad de la mala educación que había demostrado en aquel momento. Así es que les ofrecí un trago. 

-Esperad, esperad, tomad un trago conmigo. Disculpadme a mí. Venga, tomad un trago. –Después de haberlos echado de esa forma dudaron un poco, pero ella tomó la iniciativa y volvió a acercarse. Luego la siguió su compañero. 

-Vale, uno solo y luego nos vamos y le dejamos tranquilo –Me dijo ella mirándome fijamente a los ojos y esbozando una ligera sonrisa. Tomaron un trago cada uno y luego se marcharon. Él lo tomó de golpe y ella lo saboreó un poco más, como intentando alargar el tiempo, pero  terminó diciendo que la ginebra no es la bebida que más le gusta. Me entregó el vaso, me sonrió y se marcharon. 

Los oí alejarse riendo hasta que se perdieron en la noche y en la distancia de aquella playa, entonces volvió el silencio y la soledad. Así llegó nuevamente la paz. Tenía todo el cuerpo entumecido y decidí levantarme y dar una vuelta pisando aquella arena mojada y fría. Los pies los tenía casi paralizados y decidí ponerme unas calcetas de lana y mis botas, a pesar del placer que me produce notar en mis pies esa arena de la playa que se endurece con la humedad y se rompe cuando la pisas, abriendo huellas muy poco duraderas. Las articulaciones y los músculos se iban despertando poco a poco hasta que los movimientos dejaron de ser torpes. Sabía que al día siguiente me dolerían todos los huesos, porque aquella humedad era tan perjudicial como la ginebra que estaba tomando. A los pocos minutos volví a mi rincón y me serví otra copa. Me detuve unos instantes para escuchar los latidos de mi corazón y notar la frecuencia de mi pecho al respirar. Luego volví a perderme en la inconsciencia. Fije la vista todo lo lejos que me permitía la oscuridad y me quedé atrapado en aquella línea fronteriza que separa dos mundos: Lo que alcanzamos a ver y lo que está al otro lado y forma parte de ese enigma inalcanzable. Recordé haber leído en algún sitio que los marineros son los que mejor ven a lo lejos porque se pasan la vida ejercitando la distancia. La línea del horizonte aún seguía allí: recta, inamovible, claramente fronteriza. Bajé los párpados y sin llegar a dormirme, sentí una de las mejores sensaciones que se pueden tener: La tranquilidad en medio de aquel silencio bramado.

Casi no me quedaba ginebra en la botella. Cuando se acabe la última gota me marcharé, pensé, porque tabaco aún me quedaba un paquete sin abrir. El tener un cigarrillo entre los dedos y un vaso con ginebra me ayuda a ir acompañado mientras transcurre el tiempo. Estando así, concentrado en el recuento de mis provisiones, no me di cuenta de que, aquella mujer que había paseado acompañada por la playa unas horas antes, se encontraba delante de mí. 

-Invítame a un cigarrillo y yo te invito a un trago. –Rompió el silencio en el que yo estaba instalado. Con cara de sorpresa pero sin decir nada le alargué un cigarrillo mientras ella se sentaba junto a mí. De una pequeña mochila sacó un termo y dos tazas. Todo lo hizo en silencio. 

-¿Y tu amigo? –Le pregunté

-No es mi amigo –Dijo en un tono que dejó zanjada la cuestión, así es que no insistí más en algo que, por otro lado, no me interesaba mucho. 

-¿Qué es esto que voy a beber? –Pregunté. 

-Cierra los ojos y saboréalo. Hay que tomarlo caliente. –Y con una mano suave me cerró los ojos acariciándome la cara. 

-Esto lleva canela. –Dije como si hubiera descubierto algún secreto en la composición de una pócima especial.

-En mi tierra le llaman canelazo. Lleva aguardiente, azúcar y canela. Lo hice para traértelo porque sabía que seguirías aquí. –Es curioso cómo las casualidades se unen para convertirse en certezas. A la luz de la llama del encendedor pude ver que ella tenía la piel del color de la canela. 

-Tienes la cara llena de sal. –Me dijo acariciándome con una mano muy suave y muy caliente. –Tienes  los labios cortados por el frío –Y me besó casi rozándome al principio, para dejar caer su boca en la mía y hacerlo profundamente. Entonces  pude notar en su lengua y en sus labios el sabor seco y amargo de la canela y el sabor dulce del azúcar. –Déjame que te ponga un poco de crema.  –Yo no le contesté, pero ella entendió que le estaba diciendo que sí con tan sólo la mirada. Cerré los párpados y dejé que su mano recorriera mi frente, mis ojos, mis mejillas y me pusiera crema en los labios. Y como si aquel encuentro no hubiera sido el primero, como si nuestras vidas hubieran estado entrelazadas en otra época y aquel momento fuera el resultado de haber ido acumulado destinos, se acurrucó junto a mí y se quedó dormida. Así, en silencio, sin más palabras ni más gestos. Pronto noté su respiración reposada y cómo su cuerpo fue entrando en un profundo sueño. En el horizonte comenzaban a distinguirse las primeras luces de la madrugada. El faro seguía lanzando destellos al mar con una frecuencia constante. Yo saboreé aún dos copas más de aquella bebida: Fuerte porque el aguardiente es fuerte, pero ni muy dulce ni muy seca, tan sólo peligrosa.

El mar seguía con su quehacer continuo e incansable trayendo a la orilla ola tras ola. Los colores comenzaban a distinguirse y, poco a poco, los rincones que habían estado ocultos en la oscuridad de la noche, comenzaron a llenarse de la luz del sol. Había llegado el momento de marcharse. En silencio, cogidos de la mano, regresamos por aquella orilla hasta llegar a un embarcadero que ponía fin a la playa y, desde allí, al lugar donde cada uno tomaría su camino. 

-Esperaré a que te vayas. No quiero que te vuelvas para despedirte. Prefiero ver cómo te alejas –Le dije con toda la suavidad de la que fui capaz. 

-¿No nos veremos más? Esto ha sido mágico ¿No crees? –Dijo mientras apoyaba su mano en mi pecho, buscando una respuesta que no encontró. Entonces noté que mi corazón latía con más fuerza de lo normal. Seguro que ella también lo notó. 

-Sí, por eso mismo. La magia nos engaña y nos hace pensar que la fantasía puede hacerse realidad. Pero yo sé que no es así. –Le contesté mientras le cogía la mano con suavidad y la apartaba de mi pecho fingiendo una caricia.  

-¿Lo sabes? ¿Estás seguro de que no es así? Y si fuera así, ¿qué más da? –Yo sólo quería que la agonía de aquel momento no se alargara mucho más. Que ese aroma a canela quedara en el recuerdo y que encontrara el conveniente rincón en la memoria.

 -No sabes mi nombre. –Me dijo.

– Me quedaré con el recuerdo de una sensación especial. –Contesté. 

-Eso es sólo poesía. ¿De verdad no quieres venir conmigo? Una hora, dos. Un día. Yo sé lo importante que es el silencio. –Y nos mantuvimos la mirada unos instantes que podían haber desembocado en un profundo beso. Pero no fue así. 

-Márchate. Me quedaré aquí mirando cómo te alejas. –Contesté.

-Dame un cigarrillo. –Saqué el paquete que aún tenía sin abrir y le di uno, se lo encendí, aspiró fuertemente y echó el humo mirando hacia el suelo. De una forma resuelta, como el que toma una decisión inmediata sin posibilidades de retorno, se dio media vuelta y, sin decir ni una sola palabra, se marchó. 

La vi alejarse más rápido de lo que yo, en el fondo, hubiera deseado, pero no hice nada por evitarlo. Aún me quedé una hora allí de pie, mirando el camino por el que desapareció, esperando a que se alejara de verdad. Yo empezaba a notar la fuerte acidez que me producía el exceso de ginebra, pero como eran unos síntomas claramente reconocibles los dejé pasar porque, como siempre, desaparecerían con el primer café. 

Había estado a punto de marcharme con ella y abandonar mi refugio, pero un especial instinto de supervivencia encendió todas las luces rojas y echó todas las barreras. Aquel rincón se había convertido ahora en un lugar prohibido porque me habían descubierto. Mi refugio era ahora un montón de piedras en la orilla de una playa, sin apenas un significado y expuestas a la mirada de los transeúntes. Apagué el cigarrillo y me marché. El sol ya había empezado a calentar la mañana y el mar seguía realizando una y otra vez su incansable tarea.  

martinezlaxfulgencio@gmail.com

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29
Nov
18

Habitación de hotel, de Fulgencio M. Lax (Homenaje a Edward Hopper)

20181129_06482920. Habitación de hotel

© Fulgencio M. Lax               

Homenaje a Edward Hopper (Excursión a la filosofía, 1959)

Cuando se acumula suficiente tiempo como para poder mirar hacia atrás y ver la senda por la que han ido pasando los días y los años, cobra sentido hablar del pasado. Ese mundo lleno de rincones que te empuja hacia adelante para ir dejando de ser futuro poco a poco y llegar al final. Vamos caminando heridos minuto a minuto hasta llegar al último, que brinda con el sabor dulce y enmascarado de la copa envenenada. Un poco dramático, un poco teatral, pero a fin de cuentas vivimos atrapados entre la realidad y la ficción. 

El pasado siempre juega a meterte en una especie de pozo del que es imposible salir, encerrándote bajo presiones que la mayoría de las veces no se pueden controlar. Se convierte en un agujero que se llena con mucha facilidad, aunque siempre hay algo podrido que flota más de la cuenta y se escapa. Eso es lo que ocurre con ciertos recuerdos que se le vienen encima a uno sin haberlos llamado y así, los silencios de paz, se convierten en auténticos tormentos de la memoria. Es el color de la venganza que nos hace pagar el tiempo. 

Hace ya algunos años que logré dejar atrás una vida llena de seguridades, de mentiras, fragilidades y superficies muy resbaladizas. Y un amor. Un amor angustioso. Un único amor. Dejé atrás lecturas que poco a poco la historia fue vaciando de contenido, dejando solo la carcasa de las palabras y el amarillo del papel. Dejé atrás músicas que pasaron a ser solo pentagramas. Pinturas que se convirtieron en manchas sin apenas significado. Dejé atrás, sobre todo, un tiempo gastado e inútil. Ahora vivo con el convencimiento de haber sido derrotado en una guerra a la que creía no haber ido. Hoy todo se reduce a una rutina diaria que pasa por la autodestrucción consciente, alejándome de todos los espejismos en los que estaba atrapado. Este desierto ya no me engaña porque ya no presento ninguna batalla y no necesito nada de lo poco o mucho que me pueda ofrecer. 

Aquella tarde me encontraba en el bar El Sordo tomando un vaso de vino, como un paso más en la rutina diaria que me ocupa desde que me levanto hasta que me acuesto. Este bar se encuentra en un barrio de la periferia, en un oscuro callejón que da a una escombrera por un lado y por el otro, a un almacén de chatarra y otros residuos. Al igual que el callejón, tiene un olor característico. Destaca el aroma que se desprende del aceite utilizado una y otra vez hasta casi el infinito. El color amarillo de sus paredes deja adivinar que en otro tiempo fueron blancas. La madera de la barra, llena de muescas y grabados, extiende su mugre como testigo del paso del tiempo. Es un buen escondite para los recuerdos y donde he encontrado grandes dosis de silencio para la memoria. Es un lugar anónimo donde todo el que cruza la puerta lo hace huyendo de algún trozo de historia. Era el tercer vaso que me tomaba de un vino de la casa. Un extraño vino, de sabor ácido y fuerte, que te va metiendo en una nebulosa donde todo se pierde y el precio es el vómito y un fuerte dolor de cabeza. Lo mejor de todo viene cuando el orden desaparece por completo. Todo es diferente y el universo se muestra como un abanico de varillas policromadas cada vez que se abre y se cierra. Serían aproximadamente las 8:00 de la tarde cuando escuché una voz detrás de mí, que reconocí al instante. 

-Vaya, Manuel Cordonero, el tipo más difícil que he conocido en mi vida.
-Esa voz me suena –
Respondí sin mucha sorpresa. Sabía quién era, pero aún así esperé unos segundos para darme la vuelta. Tomé un trago lento, saboreando la acidez artificial y endurecida de aquel brebaje, que pretendía simular lo que podría ser un buen vino. En otro momento hubiera dado un salto en la silla y me hubiera girado de golpe. En otro momento me hubiera alegrado hasta el infinito. Ahora lucho contra los recuerdos que no quieren desaparecer, pero voy de derrota en derrota y ahora mi tiempo es otro.
-¿Quieres tomar algo? –Es lo único que acerté a decir. Allí estaba Laura, igual de hermosa que la última vez que la vi. Y de eso hace ya casi tres años. Morena, casi negra, alta, con esa mirada penetrante que siempre va más allá de lo que uno cree que está mirando. Allí estaba, de pié, poderosa. Ella podría ser el sueño de cualquier Dios, en cambio cometió el error de fijarse en un putero, jugador, borracho y mediocre profesor de Literatura. Lo de mediocre lo digo yo, el resto lo pone mi propia historia.
-¿Qué estás tomando? –Se llevó el vaso a los labios. –¡Por Dios! ¿Cómo puedes beber esto?
-He descubierto que este vino es química pura y que ejerce en mi organismo el mismo efecto que el ácido sulfúrico. 

La última vez que estuve con ella fue en el Victoria, un hostal de mala muerte en el que siempre nos guardaban una habitación muy discreta porque el dueño había ido conmigo al colegio y pensaba que así se hacía cómplice de nuestros encuentros. Ese día nos bebimos un Alenza reserva del 99. Ella hizo un sacrificio porque no le gustaba mucho el vino tinto y prefería el vino blanco, por eso luego nos bebimos una botella de Belondrade. Una bolsa de hielo metida en el bidé nos lo mantenía frío. Luego todo cambió y empezó el largo camino hacia la destrucción. Nunca he sido un buen amante y cuando ella llegó a mi vida yo me encontraba en la cuerda floja, andando hacia un precipicio por el que aún estoy cayendo. Así es que nunca he entendido por qué Laura tenía tanto interés en estar conmigo. Reconozco que fueron las dos mejores semanas de mi vida. Solo quince días que se dibujan como un punto y aparte que poco a poco se va perdiendo en la memoria. 

-¿Y dónde quedó esa ginebra exquisita que me enseñaste a beber, o también la has cambiado por el salfumán? –Continuó la conversación con un tono irónico pero reconfortante. No dejaba de envolverme con su mirada y cuando pasó su mano por mi mejilla casi me explota el corazón. Seguro que ella lo notó porque esbozó una ligera sonrisa y recogió su mano. 

-¿Qué haces aquí? Nunca hubiera pensado verte por estos lugares.
-Son los únicos en los que sabía que podía encontrarte. Te invito a algo en otro sito que esté más limpio.
–Me dijo dibujando con la vista la geografía de El Sordo, mi bar preferido.
-Ja, ja, ja, ja. Confundes el aceite que chorrea por la barra con la conciencia. Aquí el único que huele a mierda soy yo. El resto son almas cándidas que brillan sin necesidad de que les alumbre el sol.
-Echaba de menos tus metáforas.
-¿Llevas sujetador?
-Estás borracho.
-No estoy borracho. ¿Llevas sujetador?
–Le repetí esperando una contestación. O no. Una pregunta así no tiene porqué tener una respuesta. Realmente no sé muy bien por qué pregunté una cosa tan tonta, quizá para romper ese hielo de distancia que aguardaba acechando a la menor oportunidad.
-Estás loco. ¡Claro que llevo sujetador!
-Venga, llévame a esos lugares limpios y saludables y me cuentas qué es lo que quieres de mí. 

Uno debería controlar los impulsos de la emoción para no caer en la trampa y, también, para no dejar rastro. Luego la angustia se esconde en alguno de los pliegues que el tiempo hace en tu vida y te los tira a la cara como esperando que recuperes todo lo que alguien ha perdido en el camino. Eso es lo que ocurrió. Yo estaba plenamente enamorado de Laura. No sé la cantidad de tonterías que pude llegar a hacer en aquellas dos semanas, que son como una isla en mi vida, pero cada una de ellas fue como un puente salvavidas que al final se derrumbó porque no fui capaz de cruzar ni tan siquiera uno. 

-¿Cuánto hace que no comes caliente? –Me preguntó después de inspeccionarme detenidamente y ver que vestía de una forma bastante descuidada. Había perdido muchos kilos y mi aseo no era para dar ejemplo a nadie.
-¿Comer caliente de cintura para arriba o de cintura para abajo? 

-Ja, ja, ja. Si no te conociera… Luego te invito a cenar.
-No alargues el tiempo. Luego puede estar muy lejos. 

-Bueno, entonces ¿qué vas a tomar?
-Me dejo llevar porque mi bolsillo no está para estos viajes. 

-No seas tonto. Te invito yo. 

Me metió en el Lord Byron, un local de mierdecitas made in Taiwan pero con una variedad de ginebras impresionante. Yo, cuando me saldo de mi dieta habitual, tomo siempre Hendricks, pero allí había un amplio abanico de posibilidades para el paladar y el bolsillo. El sueño de cualquier persona con dos dedos de frente. Aunque fui prudente, esta vez opté por una Martin Miller’s. 

-No la he probado nunca. ¿Es buena?
-Se puede beber. Las primeras copas no provocan el vómito.
-Tú te bebes cualquier cosa.
-Es buena, de verdad. No te hará daño. Ahora dime, ¿qué es lo que estás buscando? 

Sacó de su bolso una carta. ¡Dios mío! Una carta que le escribí hace más de tres años. Después de aquellas letras vino la nada y el silencio. Me marché y desaparecí. Es justo que cada uno, en esta vida, pueda elegir el camino que le parezca y ahorcarse con los cordones de sus zapatos en el primer árbol con el que se tropiece. O en el segundo. O no hacerlo nunca y estar siempre recibiendo la basura que te llueve de todos sitios. Cada uno es libre y así lo entendí entonces y así lo sigo entendiendo ahora. 

-La he leído hace tan solo dos semanas. El tiempo que llevo buscándote. La encontré metida en una carpeta, entre unos folios. –Me dijo con una voz suave y llena de tristeza. 

-Sí la hubieras leído antes tampoco hubieran cambiado mucho las cosas.
-¿Cómo pudiste desaparecer así? ¿Sabes todo lo que he pensado de ti? ¿Sabes las horas que he estado sin dormir con una angustia que me moría? He pasado todo este tiempo en una absoluta desolación. No podía entender como diez días te pueden fastidiar toda una vida y aún así, seguir siendo lo mejor que me ha pasado. 

-Bienvenida al club. La diferencia es que yo sé que esto es así desde hace muchos años y no como tú, que hace poco que lo has descubierto.
-Si yo hubiera leído en su momento esta carta las cosas hubieran sido distintas para nosotros. ¡Dios mío! Se quedó escondida entre unos folios.
-¿Tú crees que las cosas hubieran sido distintas? Que el estiércol te salpique es solo una cuestión de tiempo. 

En ese conjunto de tonterías que uno hace y dice cuando ha caído de lleno en el refugio de los sentimientos, le escribí una carta de mi puño y letra, lejos de los emails y de los sms. De mi puño y letra para que la leyera y tuviera conciencia de que la había escrito yo, que había ido masticando palabra a palabra conforme iban apareciendo con el trazo en el papel. Un dibujo, un significado, un sentido. Me traicioné expresando lo que yo pensaba que sentía. Y al final, el nombre de un hotel, una hora y el número de una habitación. Allí estuve un día entero esperándola. No vino, ni tampoco sonó mi teléfono. Pagué en recepción, fui a mi piso, metí cuatro cosas en la maleta y me fui dejando el trabajo y todo lo que me rodeaba. 

-Tú ya habías entrado en una especie de túnel. Pero estábamos tan bien… No te llamé aquel día porque siempre tuve la sensación de molestarte, de invadir un espacio que tú protegías como algo muy exclusivo. Luego desapareciste. He pensado mucho en ti. Pienso mucho en lo que hubiera sido de nosotros si yo llego a leer esta carta a tiempo. 

-No te martirices. Invítame a otra copa.
-¿No quieres comer nada?
-No. Solo una copa y luego me levantaré con toda la dignidad que pueda y saldré por esa puerta. Y tú te olvidarás de que me has visto y romperás esa carta y te dedicarás a recorrer tu camino de la mejor forma posible sin volver la vista atrás. 

-¿De verdad quieres eso? 

Y cometí el error que sabía que iba a cometer, pero que no debía haber cometido. La besé suavemente y al sentir sus labios casi pierdo el sentido. Es una trampa en la que no debía caer pero ella me dijo las palabras mágicas y yo no supe reaccionar. 

-Abrázame fuerte y di mi nombre al oído para que pueda recordar el tono de tu voz. –Me susurró con un hilo de voz. 

-Yo hubiera hecho las cosas de otra forma, pero soy un cobarde.
-No digas nada. Solo pronuncia mi nombre.
-Laura, Laura, Laura –
Repetí una y otra vez como un susurro traído del pasado. -Manuel. –Dijo ella. Y se abandonó entre mis brazos. 

No lo pude evitar y terminamos en un hotel que pagó ella. Un baño grande con un especial olor a limpio, sábanas limpias, un minibar de ensueño. Me di una ducha para quitarme el sudor de varios días, la mugre de varios días, la falta de jabón de muchos días. Me di cuenta del olor agrio que desprendía mi cuerpo y a ella no le importó. Me había besado sin tener arcadas. La imagen que me devolvía el espejo era patética. Cuando salí del baño la abracé y me dejé abrazar. Había olvidado que ella era dueña de los abrazos, que se enlazaba con mi cuerpo sin dejar ni una sola rendija para que pasara el aire. Y su perfume. Y su piel. Y sus labios. Y sus ojos cerrados. Había olvidado tantas cosas que estuve llorando sin que ella se diera cuenta. Compartimos el espacio de un largo silencio en el que ella me acariciaba como si lo hubiera estado haciendo todos los días de estos últimos años. En cambio nos separaba la ausencia de todo este tiempo y esa espiral destructiva en la que yo me había instalado. Yo nunca he sido un buen amante y menos en las circunstancias en las que me encontraba. Se quedó abrazada a mí y yo, por primera vez en mucho tiempo, pude dormir tranquilo. 

Me desperté de madrugada y, una vez más, quedé impresionado de su belleza. De la serenidad de su cuerpo, de la sensualidad de su sueño. Y no pude evitar que vinieran a mi pensamiento los versos de Neruda, la belleza de las Venus de Rubens o la melancolía de Lempicka. Una sensación que había experimentado hacía algunos años y que creía haber olvidado, porque uno no puede vivir con esas cosas metidas en la cabeza arrancándote momentos de deseo que no puedes alcanzar porque están más allá de lo físico, de todo aquello que puedes coger y dejar. Ojalá yo fuera lo suficientemente valiente para poner un final, pero no lo soy. Soy uno de los muchos cobardes que ha descubierto demasiado pronto cuál es el verdadero destino, pero que se siente incapaz de dirigirse hacia él con un poco de dignidad. 

Me podía haber quedado y disfrutar de ese momento mágico en el que abriera los ojos. Haberme despertado y haber desayunado con ella. Haberla vuelto a ver sonreír, haber vuelto a sentir su abrazo. 

Pero el verbo haber no estaba en mi vocabulario y de nuevo aparece el mundo de los recuerdos que hacen que la memoria te engañe una y otra vez. Yo ya había sido derrotado por el tiempo y junto a ella me sentía al otro lado de un abismo que no era capaz de saltar. 

Me levanté sin hacer ruido, me vestí con aquella misma ropa llena de mugre y salí de la habitación del hotel con el firme propósito de no volver la vista hacia atrás. ¿Qué pensaría Laura al despertar, si es que no estaba despierta cuando me marché y en silencio aceptaba que huyera de nuevo? 

Llegué a la tienda de una gasolinera y pedí una botella de ginebra de la más barata que tuvieran. 13 euros y todo un camino de perdición y de olvido por delante. 

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0. La última gloria, 1. Las piernas más hermosas, 2. La pistola de plata, 3. El abrazo, 4. De regreso a casa, 5. La música del Tío Vivo, 6. NIGHTHAWKS, 7. Cuando solo nos queda el silencio. 8. El café con leche. 9. Consumiendo madrugadas, 10. Un banco en la madrugada, 11. La violinista, 12. El laberinto, 13. La bailarina, 14. Lovise, 15. Anabel, 16. Mirando al mar, 17. Al otro lado de la calle, 18. El tatuaje, 19. El ventanal del aula,

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