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Mar
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La bailarina que sí bailaba siempre, de Raquel Garod

La_bailarinaLA BAILARINA QUE SÍ BAILABA SIEMPRE, de Raquel Garod

Centro Párraga    23/03/2019

Dramaturgia e interpretación: Raquel Garod; Dirección escénica: Mercedes Imbernón; Iluminación: Jesús Palazón; Fotografía y vídeo: Mira Digital

“Hay una silueta en un espacio vacío. Se deja entrever. Se hace visible por contorno. Se muestra en cuerpo. Hay un cuerpo. Uno (..)”

NOTAS PARA UN CAFÉ

Fulgencio M. Lax

Los que conocemos la dramaturgia de Raquel Garod no nos hemos visto sorprendidos por lo descarnada de su palabra y por la desnudez de su contenido dramático. Obras como El Grito; Sin nombre. Yo; Fragmentos para un cuerpo expresivo; Concierto de silbato para silencio o la coproducción hispano marroquí Je suis toi dejan la estela de una gramática rota en su forma y en su significado para ir más allá de la palabra y encontrar un sentido oculto. Y es que Raquel no escribe desde el remanso tranquilo de las aguas serenas, sino que su turbulencia tiene mucho que ver con la forma en la que percibe el entorno y de cómo se enfrenta al devenir diario. Ella escribe desde la descomposición del universo, desde la fragmentación de los contenidos y desde la disfunción de las partituras. 

La bailarina que sí bailaba siempre se construye desde la negación del hombre que se presenta como bailarín, pero que nunca baila y, sobre todo, ante una bailarina que sí baila pero que se hace la muerta. Entre estos extremos, entre estos espacios de significación, la dramaturga murciana traza caminos laberínticos de búsqueda cuya respuesta es el silencio y la oscuridad. 

Además de escribir el texto, Raquel Garod lo interpreta ante el público. El poder de su presencia física así como su capacidad para crear espacios desde el movimiento, generan líneas de significado escénico que cobran su actualización en la fuerte corporeidad que le da a las palabras de su obra. 

De la mano de Mercedes Imbernón, Raquel construye un personaje desde el minimalismo escénico puesto al servicio del protagonismo del texto y de la expresión dramatúrgica del universo que propone la autora. En el espectáculo hay sutil dirección de escena basada en el equilibrio de la palabra, el movimiento y la expresión corporal, que confiere un ritmo quebrado por la presencia de silencios que transportan sensaciones de angustia. 

La iluminación, a cargo de Jesús Palazón, es una propuesta subsidiaria de la crisis que nace del texto.

El espectáculo es un viaje al interior del personaje, a ese espacio roto y doloroso en el que se niega la propia acción de salvación. El espectador no puede sustraerse a este viaje y queda suspendido en una tensión angustiosa desde el principio hasta el final. 

El teatro es algo donde ocurre algo y donde el espectador se asoma para ver algo. El entretenimiento no es gratuito. La diversión no es gratis porque cuando lo es, cuando el espectador no se deja jirones en la representación, ya sea con la risa o con el llanto, es porque alguien ha tapiado las ventanas de su alma. En la bailarina que sí bailaba siempre pasó algo y los espectadores asistimos al devenir de un algo que enriqueció y aireó nuestras almas. 

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02
Mar
19

Y LOS HUESOS HABLARON/Societat Doctor Alonso

33891888275_98819b05e0_h_Web_PortadaY LOS HUESOS HABLARON./  Societat Doctor Alonso

Centro Párraga (Murcia)   NUEVAS DRAMATURGIAS

Del programa de la compañía

‘Y los huesos hablaron’ parte del proceso de excavar antiguas fosas para encontrar los huesos de los desaparecidos, de los asesinados. El proceso de excavar entre las palabras es muy similar y lo que se busca es la verdad. El espectáculo llega para desenterrar y hacer visibles conflictos que han quedado escondidos por el discurso oficial a favor de una supuesta estabilidad política y social a lo largo de la historia. Un espectáculo que sí, habla de violencia y de desapariciones, pero especialmente, de aquellas violencias y desapariciones que, como parásitos invisibles, de generación en generación, anidan en nuestros cuerpos y se extienden por toda la sociedad”.
Es una propuesta escénica gestada en talleres y residencias en España y Méjico que nace del proceso de investigación de “El desenterrador”, una experiencia en la cual se investigaba la “corpología” de las palabras o, dicho de otra forma, la capacidad que tienen las palabras de generar un mundo ético, un sistema político y un orden social concreto.
Han sido galardonados recientemente con el l Premio FAD Sebastià Gasch D’Arts parateatrales 2018. Coproducción entre: Societat Doctor Alonso, Teatro de Babel (Méjico) y Grec 2016 Festival de Barcelona.

NOTAS PARA UN CAFÉ

Fulgencio M. Lax

A fecha de hoy no son suficientes las manifestaciones artísticas en relación con la memoria histórica. No podemos perder la memoria y el teatro es una herramienta de incuestionable valor para fijar en nuestra cultura los pasos que impidan el olvido. Y para recriminar al Estado y a los gobiernos de turno, el poco interés por la verdad, la generosidad y la justicia en relación con el golpe de Estado franquista y la posterior dictadura. 

“Y los huesos hablaron” es un extraordinario juego escénico donde el peso de la palabra y el espacio sonoro que ella misma crea, recorrido por un significado articulado en un discurso muy elaborado, hacen de esta pieza un trabajo muy interesante. 

La puesta en escena se esconde detrás del texto y el texto tapa, sobre todas las cosas, la interpretación, que se mueve entre el minimalismo y una fina línea fronteriza entre personaje y actor. 

La memoria histórica articula el argumento de esta pieza, invitando al espectador a una profunda reflexión provocada por el peso de los significados. Ni el tono, ni el verbo expresivo, ni la interpretación solapan a la palabra y a su significado, que apunta directamente a los más de cien mil desaparecidos que aún no han sido exhumados. 

El espectador se enfrenta a un trabajo extraño, a una dicción extraña, a unas miradas de los actores muy extrañas y, en cambio, llegan directamente al alma haciendo explotar el contenido desde el discurso pero también desde la ausencia de aparato escénico. 

Solo dos apreciaciones o matizaciones al respecto: Nos encontramos con interesantes aciertos discursivos  que se ven menospreciados al agotar la atención del espectador y generar un cansancio innecesario. El espectador no tiene el mismo umbral de atención la primera media hora que la última y, por ejemplo, la extensión de la escena en la que ordenan los huesos y la posterior percusión (extraordinarios los cinco últimos minutos) suponen una desconexión con el público que no hace justicia al interés que ha mostrado el espectáculo hasta ese momento. La segunda apreciación es la aparición del arqueólogo y las palabras explicativas sobre lo que consiste el trabajo con las fosas y los desaparecidos. Aquí me surge una pregunta: ¿Cómo es posible que un inciso que aparece como un añadido al espectáculo genere más interés que el espectáculo mismo? Finalmente añadiré que la última parte, esa que nos conduce mántricamente con el término “cutre”, está totalmente desconectada del resto de la pieza. 

No quiero cerrar estas palabras sin mencionar la belleza y la magnífica técnica de recitado del poema que hay en la penúltima escena, que dentro de ese minimalismo austero en la interpretación, supone una explosión de matices logrados al poner la significación en un primer plano, por encima de otros recursos expresivos. 

Un interesante trabajo desde la palabra que da forma a un espacio de significación y que crea un universo más allá de la representación actoral, allí donde habita la poesía. 

FICHA ARTÍSTICA: Autores Societat Doctor Alonso y Teatro de BabelDirección Sofía Asencio y Aurora Cano; Dramaturgia Tomàs Aragay y Camila Villegas; Creación e Interpretación Sofia Asencio, Nilo Gallego, Hipólito Patón, Ramon Giró y Lluc Baños; Invitado especial René Pacheco (Associació per la Recuperació de la Memòria Històrica); Escenografía Lluc Baños

14
Ene
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Háblame, de Fulgencio M. Lax

HÁBLAME, de Fulgencio M. Lax

Sinopsis:háblame_cartel

«Una familia formada por una madre viuda (Isabel), una hijo desestructurado (Javier) y una abuela (Adela) que empieza a dar síntomas de confusión y olvido, propios de la vejez antes de emprender el último viaje. Este último aspecto provocará momentos de una triste comicidad. La abuela, sumida en una torpeza intelectual, se aferra a los recuerdos de su juventud e irán apareciendo personajes del pasado como su marido, su hermano, sus padres y todos viajarán por su memoria mostrando una especial generosidad y una emocionante ternura, que servirá de anclaje para que su nieto vaya despejando los fantasmas y demonios que generan en él actos de auténtica violencia. En medio de todos está Isabel, que lucha desde el desconcierto, desde el cansancio, pero también desde el amor para cuidar a su madre y rescatar a su hijo de la desestructuración que le invade. Al final será la ternura el lazo que hará que nuestros personajes encuentren el camino de la estabilidad y les permita alcanzar momentos felices.»

Personajes:

Adela.- Una anciana que empieza a entrar en el resbaladizo terreno de la demencia senil. Pasa las horas del día buscando en los retazos de la memoria aquellos momentos de su vida que le han llenado la mochila de bellas imágenes. En su imaginación irán visitándole los espíritus del pasado, que van reuniéndose alrededor suyo para acompañarla en el último tramo de su vida. 

Isabel.- Es la hija de Adela y la madre de Paloma. Viuda desde muy joven. Asesora fiscal en un despacho de abogados, aunque este dato es solo anecdótico. Se enfrenta sola a la educación de una adolescente que se asoma a la desestructuración y a la violencia. También tiene que atender al cuidado de su anciana madre.

Javier.- Un joven de veinte años caracterizado por la soledad. Las carencias afectivas y un exceso de protección, al crecer sin su padre, han originado una actitud bastante tirana, pero en realidad es solo una máscara que esconde una profunda soledad y un miedo atroz a ser abandonado. 

Estrenada  el 25 de noviembre de 2018 en el Teatro Zorrilla de Valladolid.

Dirección escénica Juan Pedro Campoy

Reparto: (por orden de intervención.)

ADELA MARÍA GARRALÓN.

JAVIER VICTOR PALMERO

ISABEL MARIOLA FUENTES.

Escenografía Alessio Meloni

Vestuario Rossy.

Diseño de iluminación Antonio Saura.

Distribución Dos Hermanas Catorce Sergio Bethancourt y Guillermo Delgado.

Producción ejecutiva Juan Pedro Campoy y Antonio Saura.

Dirección de producción Esperanza Clares

Una coproducción entre Alquibla Teatro y La Ruta Teatro.

 

OTROS TEXTOS TEATRALES DE FULGENCIO M. LAX (Enlace)

martinezlaxfulgencio@gmail.com
11
Dic
18

AUTÓMATA, de Fulgencio M. Lax (Homenaje a Edward Hopper)

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AUTÓMATA 

© Fulgencio M. Lax                                                                   Homenaje a Edward Hopper

Siempre a la misma hora y siempre una taza de café. Así se le pasaban las horas de la tarde, hipnotizada con ese fondo negro que llenaba su rostro de disimuladas lágrimas y una profunda tristeza. Desde la barra era imposible no fijarse en ella. Una mujer hermosa, no de una especial belleza pero sí de un sugerente atractivo. Delgada, no muy alta y con un suave maquillaje apenas perceptible, aparentaba una extrema fragilidad. Frente a ella, separada tan solo por una pequeña mesa, una silla vacía. El café siempre se lo tomaba frío porque se le iba el tiempo mirándolo y hundiéndose en aquel pozo que ella llevaba dentro. De vez en cuando dejaba escapar un suspiro que acompañaba con un leve tintineo de cucharilla removiendo el azucarillo. 

Venía todos los días desde hacía más de tres meses. A las cinco de la tarde, cuando sonaba la campanilla de aviso que hay en la puerta de entrada, siempre sabía que era ella. Tenía una forma especial de entrar que la delataba. Casi sin ruido, como deslizándose con sus pisadas por encima del suelo. Luego, dos horas después, con el mismo sigilo, se marchaba. No se quitaba el abrigo a pesar de que en el local hay calefacción. Ni tan siquiera un ligero gorro de lana de color crema que le cubría la cabeza por encima de las orejas. Daba la impresión de estar en un continuo tránsito, siempre a punto de marcharse. No falló ni una sola tarde y todos, todos los días, frente a su taza de café, sacaba un pequeño cuaderno, escribía unas notas y luego, después de mirarlas y releerlas hasta el infinito, arrancaba el papel, lo arrugaba y se lo guardaba en uno de los bolsillos. 

Al principio era solo alguien que venía a tomar un café pero, poco a poco, fue atrapando mi atención y se convirtió en alguien a quien esperaba ver entrar todos los días. Yo, desde la barra, la miraba y vigilaba mientras atendía a otros clientes. Sabía qué es lo que iba a hacer en todo momento porque lo había memorizado de tanto repetirlo. Casi podría detallar paso a paso cada una de las cosas que hacía como un ritual frente a una taza de café solo, sin leche ni otros aditivos. Ni siquiera unas pastas para cubrir el paso de la tarde en el que se va perdiendo la luz del sol. 

Dos horas después de haberse sentado; siempre que podía lo hacía en la misma mesa, de espaldas al ventanal que da a la plaza Mayor; pagaba dejando el dinero en el plato junto a la taza y, sin mirar a nadie y con el rumbo perdido, salía y se marchaba. Yo la seguía con la mirada hasta que desaparecía por completo en ese horizonte quebrado de calles y edificios. La veía alejarse a paso lento, dirigiendo su mirada a la punta de sus zapatos, como ese guerrero que camina derrotado en la batalla y que espera el inevitable golpe final. Así estuvo tres meses, hasta que un día dejó de venir. En su última visita recorrió el mismo camino y con los mismos pasos que todas las tardes anteriores excepto que esta vez, al marcharse, se acercó a la barra, pagó su café y me entregó un papel doblado con un nombre en el dorso: 

Para Juan 

-Por favor, -me dijo- es posible que venga alguien preguntando por mí. ¿Sería tan amable de entregarle esta nota?
-Claro, sin ningún problema -le contesté- ¿Cómo se llama usted?
-Olivia. Muchas gracias. 

Y se marchó sin decir nada más. Con cierta torpeza y titubeando, como si se le hubieran quedado unas palabras a punto de decir, se dio media vuelta y salió. Ya no regresó nunca. 

Han pasado cuatro meses y por aquí no ha venido nadie que se llame Juan y que pregunte por Olivia. La mesa que ella ocupaba casi siempre está vacía porque la gente quiere sentarse frente al enorme ventanal desde el que se puede ver, como un espectador privilegiado, la arquitectura románica de la plaza Mayor. Yo he guardado la nota todo este tiempo sin curiosearla, sin desdoblar el papel y leer lo que ella hubiera podido escribir. Pero cuatro meses me parece un tiempo prudencial como para que apareciera alguien reclamando una nota o preguntando por una tal Olivia que hacía tanto tiempo había dejado de venir. Así es que me dispuse a leerla. La desdoblé y estaba en blanco. No había escrito nada. Una nota dirigida a un tal Juan en la que no había escrito nada. O sí. He pensado mucho sobre esta cuestión y he llegado a la conclusión que fue ese silencio, esa ausencia, esa falta de palabras para encontrar un significado. No fueron suficientes las gramáticas, ni los diccionarios, ni las lingüísticas, ni las literaturas para encontrar la forma de escribir un mensaje. Solo el silencio. Nada más que el silencio en un papel en blanco. 

martinezlaxfulgencio@gmail.com

Otros cuentos de la serie Hopper:

Nighthawks; Lovise; Al otro lado de la calle; El ventanal del aula; Habitación de hotel;

20
Nov
18

Mirando al mar, de Fulgencio M. Lax

42641616_10215129355058890_1723778020373692416_n16. MIRANDO AL MAR

© Fulgencio M. Lax

Nunca he tenido claro cuál es el momento preciso para tomar una decisión. Creo que es algo que nadie sabe con la suficiente seguridad y nos movemos en un estado de equilibrio e incertidumbre que solo el destino nos puede aclarar. El azar me ha llevado a acertar unas veces y otras me ha lazando hacia un estrepitoso fracaso. 

Hace cinco años que tomé la decisión de cambiarlo todo. Acabar con lo que había sido toda una época y empezar otro capítulo. Sin nada planificado, sin previsiones, intentando restar futuro al destino, si es que eso puede llegar a hacerse más allá de una entelequia, un deseo o un espejismo. Pero necesitaba un cambio radical y mirar en otra dirección. Cambié la ciudad por la playa, el bullicio diario por el silencio, el paso de los minutos por el de las horas. La velocidad por la calma. 

Fue una tarde del mes de noviembre, en la que había caído un torrente de lluvia y yo estaba terminando de dar la clase de Literatura a mis alumnos de tercer curso. Un golpe de viento abrió la ventana y entró un potente soplo de aire, dejando un fuerte y agradable olor a tierra mojada. La asociación de ideas, que coge caminos imprevisibles para la mente del hombre, trajo a mi memoria algunos versos del Himno a la noche, de Novalis. Entonces salí del aula sin decir nada y no he vuelto a regresar. 

Un poco de literatura no viene mal a los recuerdos. Realmente no se abrió la ventana de golpe, sino que literalmente se descolgó el marco casi tirando media pared sobre los alumnos. Tampoco entró olor a tierra mojada porque llevábamos más de cinco meses en los que no caía ni una gota de agua y, por otro lado, la gran cantidad de metros de asfalto que rodean al edificio en el que impartía clase, lo hacía prácticamente imposible. Y lo de Novalis… Lo cito porque era el libro que tenía sobre mi mesa de trabajo cuando me marché. Así es que no hubo nada extraordinario. Todo es siempre mucho más simple de cómo lo explicamos o lo recordamos. Pero de cualquier forma, ese fue el momento en el que lo dejé todo atrás y llegué hasta aquí. Alquilé esta casa en las afueras del pueblo, que está a cien metros de una playa intransitable y por cuya puerta pasa un camino mal dibujado entre arena y pedregales. Así es que no corro el riesgo de estar obligado a prestar atención a la buena vecindad. Solo conservé mi viejo coche para poder acercarme al supermercado más cercano y coger víveres. A partir de aquí una rutina diaria y continuada. Una extraordinaria rutina que me ha proporcionado tranquilidad y equilibrio. 

Al amanecer siempre me siento en el porche con una taza de café largo y todo el mar frente a mí, hasta donde alcanza la vista. Podría decir que me quedo hipnotizado con el resbalar de las olas en la playa, pero eso sería disfrazar mis pensamientos de imágenes que solo viven en las postales para turistas. La verdad es que ni las oigo, incluso hay días que ni tan siquiera miro al mar y, si lo hago, ni lo veo. Lo único que gasto es tiempo y consumo mucho silencio. Todo el que puedo. Cuando empieza a calentar el sol, a eso de las diez de la mañana, me doy una ducha fría. Es el resultado de muchos años de  autodisciplina y que hoy se ha convertido en una costumbre a la que le encuentro cierto placer, sea la época del año que sea. Finalizada la ducha regreso de nuevo al porche, pero esta vez con un vaso de ginebra en una mano y, en la otra, la botella para ir reponiendo. Antes era más exquisito, pero ahora me da igual. Consumo de la que esté de oferta en el supermercado y, si no hay oferta, de la más barata. A cierta edad hay quien cree que han de cuidarse las calidades. Siempre hay opiniones para todos los gustos. Y así hasta que me vence el sueño y llega la hora de comer. Y se pasa el tiempo y se acaba el día, y llega la noche y punto y final hasta tener que comenzar de nuevo en tan solo unas pocas horas. 

Pero hasta la más simple rutina tiene fecha de caducidad. Siempre había alguien que pasaba en dirección a la playa y  pretendía iniciar una conversación que yo, con la más absoluta amabilidad, declinaba.  Así, poco a poco, el contacto con los que iban en una dirección u otra fue limitándose a saludos cordiales y punto. Pero llegó el día en que eso también se acabó. 

Siendo aún casi de madrugada, cuando la luz del sol empieza a salir y se mezclan los negros con los azules y los rojos, pasó por delante de la puerta una mujer caminando hacia la playa. Me dijo buenos días y yo la saludé haciendo el gesto de levantar la taza de café que estaba tomando en ese momento.

-¿Eso quiere decir que me invitas a un café? Gracias, voy a darme un baño. Quizás a la vuelta, si todavía sigues ahí sentado. –Me contestó mientras se perdía en el camino.  Entonces oí las olas, me di cuenta de que hacía algo de calor y que el mar estaba tranquilo.  La seguí con la vista hasta que dejé de verla y, enseguida, me levanté y volví a llenar la taza de café. 

Yo solo había levantado la taza para saludar, para no tener que articular ni una sola palabra, para dar muestras de indiferencia sin llegar a ser grosero. Pero ella lo tomó por todo lo contrario. Si llego a ser algo más explícito, hubiera sido capaz de preguntarme por la habitación de invitados. Así estuve unas dos horas, dándole vueltas a la cabeza, intentando dejar pasar los pensamientos, pero sin poderlos evitar. Mirando de vez en cuando al camino como si tal cosa para ver si la veía aparecer. Creo incluso que llegué a quedarme dormido en algún momento. Cuando ya había salido el sol, pero aún no había comenzado a apretar la luz del día, volvió a pasar en dirección contraria. Yo esperaba que dijera algo, que recordara lo del café, aunque también deseaba que pasara sin decir nada. La verdad es que me había despertado una cierta curiosidad. Pero pasó sin mirar a ningún sitio concreto y se perdió en dirección al pueblo. No dijo nada ni esbozó ningún gesto. Yo estuve forzosamente indiferente, pero con una atención que me tensaba todos los músculos. ¿Cómo es posible esto? Y así me perdí en las horas del día dando vueltas en mis pensamientos a esa mujer que había cruzado de madrugada por la puerta de mi casa.

Pasaron tres días antes de que la volviera a ver caminando en dirección a la playa. De nuevo al comienzo del día, cuando las luces y los colores empiezan a asomar. Yo casi había olvidado ese incidente que, de alguna forma, había roto mi rutina interior y exterior, pero esta vez no articulé ni un músculo ni hice ningún gesto a su saludo. Realmente me estaba escondiendo, como un crío, en el silencio. Pero eso no fue suficiente. 

-Esta vez te acepto ese café. Hoy va a hacer un buen día. –Y sin más, haciendo caso omiso a mi indiferencia, entró en mi porche y se presentó. –Hola, me llamo Irene. Me gusta darme un baño de madrugada, cuando no hay sol ni nadie con quien compartir la playa. Ya veo que a ti también te gusta madrugar o ¿no te has acostado todavía? 

-Siempre me levanto antes de que amanezca. Espera, te saco un café. 

-Solo y sin azúcar.

Se me había colado sin haber podido evitar que cruzara cualquier muro que yo hubiera podido levantar, pero reconozco que despertó en mí bastante interés. Una mujer de unos treinta años, ni muy guapa ni muy fea. No estaba delgada, pero tampoco puedo decir que estuviera gorda. De amplia sonrisa y ojos muy negros, que parecían atraparlo todo con la mirada. Entré en casa y saqué una taza de café para Irene, que se había sentado en los escalones del porche, a los pies del sillón que yo solía utilizar para vigilar cómo el tiempo iba pasando de un lado a otro desde que llegué a la orilla de aquella playa. No podría decir exactamente de qué hablamos. Seguramente de esas tonterías incómodas que se utilizan cuando no se tiene nada que decir pero tienes interés en decir algo. Terminó el café, se levantó y se marchó a darse un baño. 

-Bueno, gracias. Voy a darme un baño. Por cierto, este café está horrible, mañana te traeré un café uno poco más bebible, si aún estás por aquí. 

-Siempre estoy por aquí. –Contesté con una suficiencia que ya a mí me pareció artificial. Y seguramente a ella también, pero discretamente esbozó una sonrisa y se marcho. La seguí con la vista mientras se alejaba por el camino en dirección a la playa. Justo cuando iba a desaparecer, se giró y se detuvo mirándome. Me saludó con la mano y se marchó. 

Terminé el café y esta vez no me quedé en la puerta esperando a que volviera a pasar. Me metí dentro de casa, cerré puertas y ventanas y me tumbé boca arriba en la cama. No sin antes prepararme un vaso de ginebra para que, al menos, me marcara un poco el paladar, alejando el amargo sabor del café. Y así me quedé dormido hasta pasado el medio día. Al caer la tarde salí de nuevo al porche y me senté indiferente al sonido de las olas, al calor, a una pareja que pasaba y que me saludó muy amablemente. Indiferente a todo menos al brillo del cristal del fondo del vaso de ginebra que sujetaba en mi mano. 

No sé a la hora en la que me fui a dormir, pero a las cinco de la mañana ya estaba levantado. Me di una ducha fría para quitarme la capa de sudor húmedo de la noche, me preparé un café y salí de nuevo al porche. No me lo podía creer. Allí estaba Irene esperándome. 

-Pensé que no te ibas a levantar. Toma, tira ese café y prepara esté otro, verás qué diferencia.  Me  dijo mientras me entregaba un paquete de café en el que podía leerse: Made in Sumatra. 

-Vaya, con exquisiteces tan temprano. ¿Esto qué es? ¿El recuerdo de algún viaje?

-Yo no viajo nunca. Me lo trajo un buen amigo. 

-¿Sabías que el mejor café de Sumatra pasa por los excrementos de un animal antes de llevarlo a tostar?

-Civeta, se llama ese animal. 

-Veo que sí lo sabes. Entra si quieres o ponte cómoda, vuelvo enseguida. 

-Me quedo aquí. Tienes un porche que es mejor que cualquier  interior de cualquier casa. 

El mar, la brisa, el blanco de las olas, el silencio de la madrugada, las primeras luces que empezaban a asomar. La historia no cambia nunca y siempre con el mismo decorado. No tardé en salir con dos tazas del café que Irene trajo. La diferencia con la chicoria que yo le había ofrecido era evidente. Solo el aroma que despedía fue llenando todos los rincones de mi casa. 

-¿Se nota la diferencia?

-Se nota. –Contesté  sin querer ser muy explícito, pero el placer de su sabor se me tenía que notar en la cara porque ella se dio cuenta. 

-¡Claro que se nota!, si tienes una cara de gusto que ni te lo crees. Este café me fascina, pero es el último paquete que me queda. 

-Pues tenías que haberlo guardado. Realmente yo no sé apreciar muy bien las diferencias. 

-Mentira. Seguro  que sí las aprecias. Te empeñas en ocultar que hay cosas que te gustan. 

-¿Como qué? –Contesté.

-Tú sabrás lo que escondes o de lo que te escondes. Cada uno tenemos nuestro lado secreto. –Y  guardó silencio. Yo se lo agradecí porque ahora sí que estaba escuchando las olas y, el aroma del café, me estaba transportando a espacios indefinibles. La presencia de Irene había abierto una puerta que yo creí haber cerrado para siempre hacía mucho tiempo. 

-Voy a darme un baño. ¿Seguirás en el porche cuando vuelva?

-Seguiré en el porche. 

-Y si no estás en el porche ¿puedo llamar a la puerta?

-Puedes llamar a la puerta. 

-Y si llamo a la puerta ¿me abrirás?

-Si estoy, sí. 

-Y si me abres ¿me dejarás entrar? No me contestes, deja la respuesta en el aire, así es más emocionante. 

Se puso en pie, cogió sus cosas y salió corriendo en dirección a la playa dejándome allí, en el porche, con la palabra en la boca y una taza con un excelente café en la mano. Y pasaron al menos dos horas y regresó y se sentó junto a mí sin decir ni una sola palabra. Encendió un cigarrillo y aspiró el humo como si fuera lo último que iba a hacer en su vida. 

–Hasta mañana. –Se  levantó acariciándome descuidadamente la mano.  Me sonrió y salió caminando tranquilamente en dirección al pueblo. 

Fue una de los peores días de mi vida. Una angustia tremenda, una ansiedad agonizante, un deseo casi irrefrenable. No me la podía quitar de la cabeza. Solo  un par de horas repartidas en dos días habían sido suficientes como para destrozar el muro que tanto tiempo me había costado construir. Yo sabía perfectamente que no debía cruzar la línea, pero eran tantas las ganas que tenía de abrazar a aquella mujer de la que no sabía absolutamente nada y que, de una forma tan sigilosa y atrevida, había invadido mi espacio, que creí romperme en mil pedazos. 

Antes de que cayera el sol cogí mi viejo coche, una pequeña maleta y me marché de aquella casa. No podría soportar un nuevo y fugaz encuentro, una nueva invasión que yo no fuera capaz de controlar. Puse muchos kilómetros de por medio. Cada cien metros hubiera dado la vuelta para volver a su lado. Pensamientos encontrados, falsas justificaciones y una angustia agonizante me acompañaban en el trayecto. ¿Por qué huir de alguien que te puede proporcionar unos minutos de paz, o unas horas, o unos días? ¿Tan terrible es? Yo sé muy bien donde están mis límites y lo que me ha supuesto siempre remontar el espacio de mi soledad. Por eso no estaba dispuesto a cruzar aquella frontera. 

De aquella playa y de Irene hace ya  más de un año que huí. Es muy fácil escapar de las geografías y de las personas, pero hay recuerdos que se fijan de tal forma que es imposible dejarlos atrás. No hay ni un solo día que no tenga que luchar conmigo mismo para no pensar en ella. Y desde entonces lo hago en silencio, sentado en un porche, otro distinto a aquél en el que la conocí, mirando a ningún sitio y con un vaso de ginebra sin hielo, sin aditivos, tan solo con los sabores destilados que se pierden en el paladar.

martinezlaxfulgencio@gmail.com

Otros cuentos

0. La última gloria, 1. Las piernas más hermosas, 2. La pistola de plata, 3. El abrazo, 4. De regreso a casa, 5. La música del Tío Vivo, 6. NIGHTHAWKS, 7. Cuando solo nos queda el silencio. 8. El café con leche. 9. Consumiendo madrugadas, 10. Un banco en la madrugada, 11. La violinista, 12. El laberinto, 13. La bailarina, 14. Lovise, 15. Anabel,

(Si te interesó alguno de estos textos, por favor, házmelo saber. Gracias.)

08
Nov
18

¿Qué es teatro?, de Fulgencio M. Lax

FTO_FULGENCIO2¿QUÉ ES TEATRO?

Fulgencio M. Lax

martinezlaxfulgencio@gmail.com

Cuando he estudiado y escrito sobre la historia del teatro, siempre me he tenido que enfrentar a la pregunta ¿qué es el teatro? para intentar encontrar respuestas en una u otra franja de la historia. La respuesta no es la misma para Eurípides que para Shakespeare o para Valle Inclán, para Brecht o Pirandello o  Samuel Beckett. Aún así, cuando me he formulado esta pregunta, y a riesgo de verme en la obligación de enunciar otras del estilo ¿cuál teatro? ¿A qué teatro me refiero?, me he encontrado con una línea transversal que recorre el arte escénico desde sus orígenes a nuestros días. Pero no quiero ser ingenuo y, reconocer que existe esa transversalidad, no quiere decir que tenga la respuesta a la primera pregunta o, al menos, tenga una respuesta clara y determinante. 

El teatro nace con el hombre como ser social y se convierte en un compañero inseparable de la vida de una comunidad, de sus deseos y frustraciones, de los éxitos y los secretos, de las pasiones, las derrotas y la lucha. La nada nunca estuvo invitada a esta comunión entre el hombre y la naturaleza, entre el hombre y los tiempos verbales. En esta comunión está el teatro como expresión viva de ese mismo hombre que se junta con otro hombre para seguir siendo hombre y, codo a codo, luchar juntos mirando al futuro y saltando los oscuros abismos que le acechan a lo largo de la  historia para debilitarlo y hacerle sucumbir en su intento de supervivencia y libertad. Entonces es cuando aparece la muerte para hacerse un sitio en este devenir. 

La nebulosa de isoglosas que recorren la historia del hombre rompiendo las estructuras adverbiales que lo ubican en un tiempo, en un espacio y generan una actitud, impiden ver cómo el teatro acompaña, de forma inseparable, al hombre en su construcción social. Por eso hoy, cuando estamos recorridos por autopistas de significación que se pierden apenas han recorrido unos kilómetros, el teatro ha de ser algo, impregnarse de algo y sacudirse el lúdico calificativo de un término tan intoxicado como es el de “entretenimiento”. Sin lugar a dudas, la mirada hacia Brecht cuando surge este concepto es inevitable, pero también hacia Chejov y Shakespeare, hacia Calderón y hacia Esquilo, levantando un muro que nos proteja para que la muerte, que surge y se expresa como la nada, no pueda entrar en nuestra alma individual y colectiva.  

En la superficie del entretenimiento, alejada del verdadero placer que proporciona sumergirse en la profundidad de ese mismo entretenimiento, nos encontramos con personajes vacíos y desmembrados, acciones evasivas, miradas huecas, oídos taponados. Encontramos manipulación y esclavitud, servilismo y alienación.  Contra todo esto es contra lo que se alza lo que yo entiendo como teatro. 

El espectador se sumerge clandestino, en ese momento mágico, en otros universos y es conducido por extraños laberintos del pensamiento que lo fuerzan una y otra vez a reconocerse, ya sea en lo cómico o en lo trágico, saltando todos los géneros y las formas. Ese momento mágico dura el tiempo suficiente como para que la mirada, la respiración o el gesto sean la puerta que nos hace pasar al futuro con la seguridad de nuestra supervivencia, porque es lo que nos permite reconocernos y habitar en las luminosas praderas del mestizaje y no perdernos en el oscuro bosque de las identidades.

El teatro es el acontecimiento conjuntivo por excelencia de cualquier comunidad, por eso las religiones y las políticas imitan sus formas para concitar esa conjunción social. Así surge el teatro ceremonia, el rito teatral o el mitin teatralizado.  Y todo esto es lo que impide hoy vislumbrar y separar aquello que está vivo de aquello que está muerto. Aquello que nos enriquece y nos acompaña en nuestra historia de aquello que nos arrastra y nos diluye sin contemplación. Es difícil separar lo que es teatro de lo que no lo es. 

martinezlaxfulgencio@gmail.com
10
Ago
18

ENTREVISTA de Pilar, agente literaria Iwe.

Pilar Agente Literaria Iwe entrevista a  Fulgencio M. Lax     10-08-2018

Pilar Agente Literaria Iwe Buenas tardes, estimado Fulgencio. Agradezco mucho tu presencia en este espacio. 

¿Cuándo empezaste a escribir?

Fulgencio M. Lax Buenas tardes Pilar. Una pregunta así, a tumba abierta… Supongo que empecé como lo hace todo el mundo en la adolescencia o en la preadolescencia. Escondiendo soledades y buscando refugio en poemas imposibles. Aunque si te soy sincero y lo pienso despacio, me da la impresión de estar empezando siempre. Es una sensación.

Pilar Agente Literaria Iwe  ¿Por qué tienes esa sensación?

Fulgencio M. Lax No tengo una respuesta clara, pero creo que es porque lo que escribo está en estrecha relación con mi experiencia vital. Yo he ido cambiando y mi escritura también. Incluso hoy, estoy sometido a cambios que me llevan a buscar nuevos caminos para que la escritura siga siendo ese refugio que, para mí, siempre ha sido.

Pilar Agente Literaria Iwe Principalmente eres dramaturgo.

Fulgencio M. Lax Sí. El grueso de mi producción literaria está en el ámbito de la dramaturgia. Tengo escritos una treintena de textos y la mitad de ellos estrenados dentro y fuera de España.

Pilar Agente Literaria Iwe  Y como dramaturgo tienes legiones de admiradores. ¿Por qué te dedicaste al teatro?

Fulgencio M. Lax La respuesta es un poco trivial y nada profunda. Un día, uno amigo que se compró un “tomavistas super 8mm” y que ya había leído alguno de mis poemas, me dijo si podía escribir un guión para hacer un corto. Aquello fue un desastre, pero enseguida supe que había quedado atrapado en la magia de escribir palabras para ser vividas más allá de la lectura.

Pilar Agente Literaria Iwe Háblame de tu teatro.

Fulgencio M. Lax Mi teatro tiene mucho que ver con mi entorno, con lo que me rodea y cómo lo percibo. Es un teatro doloroso porque lo que tengo alrededor mío es doloroso. No es un teatro social pero hay mucho de social detrás de cada escena. No es un teatro político pero hay mucha política detrás de cada palabra. No me gusta lo que veo y escribo desde el dolor y la desesperación. Desde la compasión y la desolación al ver el sufrimiento de mis conciudadanos. Nunca he escrito una obra de teatro sobre el amor porque cuando lo he intentado ya que es un tema que me preocupa mucho, siempre me he visto desbordado por cuestiones que lo han ido devorando hasta convertirlo en cenizas. Así pues, el universo dramático de mis personajes se sitúa en el ámbito de la muerte y el olvido, en la memoria y en el recuerdo. Todo empujado por la potente maquinaria del deseo por la paz que lo empuja todo hacia un abismo oscuro e incierto. Hay algunos textos que se salvan de esta línea estética pero no se salen del ámbito de la violencia, como son los que le dedico a la memoria histórica, a la violencia de género o a la violencia policial. En la actualidad estoy buscando en los espacios de la ternura como única antorcha capaz de sacarnos del oscuro túnel en el que, creo, estamos metidos.

Pilar Agente Literaria Iwe  Tienen mucho calado las cuestiones que te conmueven y plasmas en tus obras. No eres insensible al dolor humano, de ahí tu éxito. El enfoque en el que estás trabajando actualmente es complementario a las líneas anteriores. Explícame algo más sobre la forma en que organizas tus obras en series.

Fulgencio M. Lax Los ciclos que componen mi producción dramática son El ciclo del desierto, El ciclo del teatro de los muertos, Ciclo de la violencia, Ciclo de Shakespeare y luego otros textos que recorren transversalmente estos ciclos. Esta estructura responde a determinados periodos y afinidades estéticas y argumentases de las obras pero la organización es a posteriori.

Pilar Agente Literaria Iwe ¿Cuándo empezaste a escribir textos narrativos?

Fulgencio M. Lax Los textos narrativos comenzaron como un complemento al trabajo dramatúrgico. Los escribía en los momentos en los que no estaba escribiendo teatro, como un entrenamiento continuo para no dejar de escribir. Pero poco a poco fueron ocupando un espacio importante hasta el punto que, desde hace algunos años, responden a un proyecto y no a la inmediatez de la escritura. Detrás hay una planificación ordenada con un claro objetivo en cada uno de ellos.

Pilar Agente Literaria Iwe Escribes también cuentos para adultos.

Fulgencio M. Lax El relato breve me fascina. La condensación, el juego narrativo recogido en apenas un suspiro o en la mirada rápida del personaje me acerca mucho a lo que es la poesía, en la que es posible recoger en un instante el universo expresivo y, además, instalarlo en la imaginación y degustarlo en ese mismo instante.

Pilar Agente Literaria Iwe ¿Cómo son tus cuentos?

Fulgencio M. Lax Mis cuentos son de personaje. Un personaje que reúne, principalmente, dos características que lo definen: La soledad y la derrota. Luego, como consecuencias subsidiarias está el desamor, el alcoholismo y otras circunstancias marginales que lo sitúan al borde del suicidio, pero su cobardía es tal que se dejará morir cómo víctima del tiempo, contra el que es consciente que no puede luchar. Así, detrás de mis cuentos está Edward Hopper, Münch, Carver incluso, de alguna manera, Valle Inclán.

Pilar Agente Literaria Iwe Háblame de la diferencia que encuentras, desde tu posición creativa, entre el teatro, el cuento y la novela.

Fulgencio M. Lax Hay tesis doctorales que trata esta cuestión, pero voy a intentar resumir mi punto de vista en unas líneas, sobre todo desde mi postura como creador. Cuando escribo teatro tengo claro que soy el eslabón e una cadena creativa, soy el pistoletazo de salida pero luego viene un director y hay unos actores. También tengo muy en cuenta que mis textos tienen un valor completivo ya que no se agotan en la lectura. La palabra es una palabra escrita para ser vivida y no solamente para ser dicha. Los personajes tienen una corporeidad que no la tiene un personaje narrativo. Cuando escribo cuentos tanto una satisfacción inmediata porque la elaboración no tienen un recorrido tan largo como el del teatro o la novela. Por eso decía antes que se asemejaba a la poesía. Es como un sabor, una sensación que se queda en el paladar de la imaginación una vez ha finalizado. La novela, al igual que el teatro, me supone un reto de estructura y de planteamiento ya que cuando empiezo a escribir pienso de una forma y veo las cosas de una manera, pero luego, cuando avanzo voy evolucionando y he de llevar el control de que esa evolución vaya a favor del proyecto y no en contra de la planificación. Con la novela me ocurre igual que con el teatro, establezco una relación dialéctica con el proceso que me permite avanzar, independientemente de la planificación.

Pilar Agente Literaria Iwe ¿Sobre qué hiciste tu tesis doctoral?

Fulgencio M. Lax Trabajé en el teatro que venía a Murcia durante la II República.

Pilar Agente Literaria Iwe  Háblame de tus novelas.

Fulgencio M. Lax Tienen un poco el tinte de los personajes de mis cuentos: Manuel Cordonero o La chica del pijama de color rosa. Ahora trabajo en una sobre los desahucios y cómo se organiza un barrio para luchar contra esta circunstancia. Se titula El barrio de las azucenas. En esta faceta de mi escritura sí está el amor aunque al final sea un amor roto, como ocurre en La chica… pero ha tenido momentos hermosos. Esto lo hace aún más trágico todavía, porque los personajes han conocido el destello de la felicidad que va a desaparecer, trágicamente, a lo largo de la obra. Esto en cuanto a cuestiones argumentales. Las cuestiones estéticas y de estructura suponen un extraordinario reto que me sitúa ante una partitura en la que las notas han de servir a un ritmo y a una armonía.

Pilar Agente Literaria Iwe En La chica… el amor es muy intenso y no es un amor roto porque termina en la cumbre. Manuel Cordonero no me la has dado a leer.

Pilar Agente Literaria Iwe ¿Qué estás escribiendo actualmente?

Fulgencio M. Lax Es un texto al que le tengo mucho cariño, pero nada más. Fue como un pequeño ensayo para poder escribir otras cosas. Ahora es una asignatura pendiente para convertirlo en algo de lo que me sienta satisfecho. Procuro que lo que salga de mi mesa responda a mis expectativas.

Fulgencio M. Lax En la actualidad acabo de terminar el texto dramático Aylan, concierto apócrifo para una huida y estoy terminando Háblame, que seguramente se estrenará en noviembre. Al mismo tiempo escribo la novela El barrio de las azucenas, que ya está muy avanzada. Ahora que estoy de vacaciones puedo dedicarle mucho tiempo.

Pilar Agente Literaria Iwe ¿Qué significa para ti un estreno?

Fulgencio M. Lax Es un momento mágico. Es el momento en el que el texto ha dejado de ser tuyo y ahora pasa a ser del público. Esos personajes que has escrito en silencio frente a la pantalla del ordenador alcanzan la realidad corporal del actor. Las escenas dejan de ser espacios literarios para convertirse en espacios de vida. Y si logras la conmoción, el asombro y la implicación dialéctica del espectador, el momento del estreno se convierte en algo sublime.

Pilar Agente Literaria Iwe  ¿Y una publicación?

Fulgencio M. Lax Una publicación es distinta, al menos como yo la percibo. En una publicación el autor nunca tiene la posibilidad de ver al lector y disfrutar o valorar sus reacciones. La relación entre el autor y el lector está mediada por el tiempo y el espacio. Pero la experiencia de la publicación tiene algo de fascinación ya que es como soltar un barquito de papel en un río y dejarlo que navegue. Lo pierdes de vista pero a su paso por otros lugares será visto por otras personas con ls que no tienes ninguna relación. Es cómo dejar un regalo para que los demás lo recojan.

Pilar Agente Literaria Iwe  Una definición muy certera. 

¿Cómo ves al agente literario?

Fulgencio M. Lax Como a un compañero de viaje al que le confías un pedazo de tu intimidad. El agente conoce el sector, conoce tu obra y la especial intuición que ha de caracterizarle, la orienta hacia una u otra editorial, pero eso es sólo un paso porque el fin último del agente y del autor es el público. Y el agente conoce (o debería conocer) las tendencias, el público y las editoriales.

Pilar Agente Literaria Iwe  El agente, además, debería exigir respeto y fidelidad al texto original en la traducción de la obra. 

¿Te gustaría comentar alguna otra cuestión?

Fulgencio M. Lax Nada más. Agradecerte este impulso que, además de dar mucha información, pone en contacto a distintos artistas de diferentes lugares. Muchas gracias por tu dedicación.




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