11
Nov
18

La última gloria, de Fulgencio M. Lax

11.

LA ÚLTIMA GLORIA

© Fulgencio M. Lax

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 Aquella noche, después de terminar la función, había decidido retirarse definitivamente de los escenarios. Estaba interpretando a Bernarda en La casa de Bernarda Alba. Llevaban más de sesenta representaciones y ya todo funcionaba con cierta rutina. Fue el momento en el que pensó y decidió dejarlo. Tenía su cuerpo lleno de años y, a la vez, lleno de personajes que había paseado por todos los escenarios de España y algunos de Europa y Latinoamérica: Yocasta, Atosa, Ofelia, Desdémona, Laurencia, Nora, Mari Gaila, hasta un largo etcétera que se pierde en la memoria. Curiosamente empezó su andadura teatral en el colegio haciendo de Adela y ahora, con la misma obra, ponía punto y final a su carrera. 

 Última escena: Se oye un disparo y entra ella como Bernarda Alba muy furiosa: Atrévete a buscarlo ahora. Detrás entra Martirio con palabras de venganza: Se Acabó Pepe el Romano. Adela, interpretada por una magnífica actriz que se llamaba Patricia, grita: ¡Pepe! ¡Dios mío! ¡Pepe!  Y sale corriendo del escenario. Al pasar por delante de ella la mira y, con la sonrisa cómplice y un guiño, le acaricia suavemente la mano. Antonia, que así se llamaba, le corresponde con un gesto que solo se percibe entre los compañeros que están sobre las tablas, situándose más allá de los personajes. La función ya va a terminar y se espera un gran aplauso. Bernarda dirá las últimas palabras: ¡Silencio, silencio he dicho! ¡Silencio! Oscuro y todas salen del escenario para luego ir regresando de una en una y recoger el aplauso. Ella saldrá la última porque representa al personaje más importante y es la más veterana. En el cartel anunciador, el que se coloca en las marquesinas de los teatros, su nombre figura al mismo tamaño que el del autor: La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca, con Antonia Martínez Latorre. Solo delante de ella saldrá a saludar Patricia, que ha hecho del personaje de Adela una auténtica delicia. Se sienta unos instantes entre cajas para recuperar fuerzas. Enseguida bajará el telón por última vez y se irá a su casa a descansar. Sabe perfectamente que echará de menos las giras, las llegadas al teatro, entrar en el camerino, los avisos, los ensayos, estudiar el personaje, ver cómo los actores jóvenes entran en las compañías cada vez con más talento. Los aplausos, los silencios, incluso la tos de un público aburrido. Sabía que echaría de menos todo eso, pero ahora necesitaba descansar. Necesitaba refugiarse en su manta de invierno al calor del brasero colocado a los pies de su mesa de camilla y alejarse de los restaurantes, de la frialdad de las habitaciones de los hoteles, de los interminables viajes en furgoneta, en taxi o en coches con conductores ajenos a cualquier tipo de compañía. Necesitaba tener tiempo para reencontrarse y poder reconocerse ahora, que ya había cumplido los 79 años. Necesitaba un silencio que estaba mucho tiempo empujando para salir. 

Así esperaba Antonia Martínez Latorre sentada entre cajas junto al grupo de tramoya. Oía los aplausos de una y otra compañera y, enseguida, le llegaría a ella su turno. Ha sido un extraordinario éxito, se nota en el entusiasmo del público. Es algo indescriptible y maravilloso. Lo echará de menos, pero ahora toca descansar. Cerró los ojos un momento y creyó quedarse dormida. Los años no perdonan y las piernas le dolían cada vez más, sobre todo cuando la adrenalina que genera el personaje va disminuyendo en la sangre. Notó un gran alivio al descalzarse. –Saldré a saludar descalza. -Pensó. –Estos zapatos me están matando desde el principio. -Cerró los ojos unos instantes en un ligero y cansado parpadeo y, sin darse cuenta, los cerró ya para siempre, sin llegar a recoger su merecido aplauso.

Antonia o Antoñita, como le decían en su juventud. O Tonia para los más íntimos, había hecho el mutis final, sin dar tiempo a que el telón hiciera la última gloria. 

Otros cuentos: 0. La última gloria, 1. Las piernas más hermosas, 2. La pistola de plata, 3. El abrazo, 4. De regreso a casa, 5. La música del Tío Vivo, 6. NIGHTHAWKS, 7. Cuando solo nos queda el silencio. 8. El café con leche. 9. Consumiendo madrugadas, 10. Un banco en la madrugada.

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08
Nov
18

¿Qué es teatro?, de Fulgencio M. Lax

FTO_FULGENCIO2¿QUÉ ES TEATRO?

Fulgencio M. Lax

Cuando he estudiado y escrito sobre la historia del teatro, siempre me he tenido que enfrentar a la pregunta ¿qué es el teatro? para intentar encontrar respuestas en una u otra franja de la historia. La respuesta no es la misma para Eurípides que para Shakespeare o para Valle Inclán, para Brecht o Pirandello o  Samuel Beckett. Aún así, cuando me he formulado esta pregunta, y a riesgo de verme en la obligación de enunciar otras del estilo ¿cuál teatro? ¿A qué teatro me refiero?, me he encontrado con una línea transversal que recorre el arte escénico desde sus orígenes a nuestros días. Pero no quiero ser ingenuo y, reconocer que existe esa transversalidad, no quiere decir que tenga la respuesta a la primera pregunta o, al menos, tenga una respuesta clara y determinante. 

El teatro nace con el hombre como ser social y se convierte en un compañero inseparable de la vida de una comunidad, de sus deseos y frustraciones, de los éxitos y los secretos, de las pasiones, las derrotas y la lucha. La nada nunca estuvo invitada a esta comunión entre el hombre y la naturaleza, entre el hombre y los tiempos verbales. En esta comunión está el teatro como expresión viva de ese mismo hombre que se junta con otro hombre para seguir siendo hombre y, codo a codo, luchar juntos mirando al futuro y saltando los oscuros abismos que le acechan a lo largo de la  historia para debilitarlo y hacerle sucumbir en su intento de supervivencia y libertad. Entonces es cuando aparece la muerte para hacerse un sitio en este devenir. 

La nebulosa de isoglosas que recorren la historia del hombre rompiendo las estructuras adverbiales que lo ubican en un tiempo, en un espacio y generan una actitud, impiden ver cómo el teatro acompaña, de forma inseparable, al hombre en su construcción social. Por eso hoy, cuando estamos recorridos por autopistas de significación que se pierden apenas han recorrido unos kilómetros, el teatro ha de ser algo, impregnarse de algo y sacudirse el lúdico calificativo de un término tan intoxicado como es el de “entretenimiento”. Sin lugar a dudas, la mirada hacia Brecht cuando surge este concepto es inevitable, pero también hacia Chejov y Shakespeare, hacia Calderón y hacia Esquilo, levantando un muro que nos proteja para que la muerte, que se surge y se expresa como la nada, no pueda entrar en nuestra alma individual y colectiva.  

En la superficie del entretenimiento, alejada del verdadero placer que proporciona sumergirse en la profundidad de ese mismo entretenimiento, nos encontramos con personajes vacíos y desmembrados, acciones evasivas, miradas huecas, oídos taponados. Encontramos manipulación y esclavitud, servilismo y alienación.  Contra todo esto es contra lo que se alza lo que yo entiendo como teatro. 

El espectador se sumerge clandestino, en ese momento mágico, en otros universos y es conducido por extraños laberintos del pensamiento que lo fuerzan una y otra vez a reconocerse, ya sea en lo cómico o en lo trágico, saltando todos los géneros y las formas. Ese momento mágico dura el tiempo suficiente como para que la mirada, la respiración o el gesto sean la puerta que nos hace pasar al futuro con la seguridad de nuestra supervivencia, porque es lo que nos permite reconocernos y habitar en las luminosas praderas del mestizaje y no perdernos en el oscuro bosque de las identidades.

El teatro es el acontecimiento conjuntivo por excelencia de cualquier comunidad, por eso las religiones y las políticas imitan sus formas para concitar esa conjunción social. Así surge el teatro ceremonia, el rito teatral o el mitin teatralizado.  Y todo esto es lo que impide hoy vislumbrar y separar aquello que está vivo de aquello que está muerto. Aquello que nos enriquece y nos acompaña en nuestra historia de aquello que nos arrastra y nos diluye sin contemplación. Es difícil separar lo que es teatro de lo que no lo es. 

07
Nov
18

Un banco en la madrugada, Fulgencio M. Lax

cropped-img_03501.jpg10.

Un banco en la madrugada. 

© Fulgencio M. Lax

El momento en el que la noche comienza a perder la oscuridad para iniciar el camino de la madrugada es un instante fugaz, imperceptible si no se está muy atento. Esos segundos que se repiten cada veinticuatro horas, en los que el negro se convierte en un suave púrpura recorrido por tenues azules rosados, como pequeñas rendijas por las que se cuela la luz del día, suenan en mi interior como una partitura de latidos. Suaves y efímeros latidos que retumban en la soledad y el silencio al final de la noche. Así, día tras día, desde mi ventana, acompañado por el humo de varios cigarrillos, soy testigo privilegiado de un final y de un comienzo. Una y otra vez. Luego, cuando ha pasado ese momento mágico, me tomo un café y me sumerjo en la lectura y en un silencio, ajeno a los primeros ruidos de la mañana. 

Aquella madrugada sería ligeramente distinta. En la puerta del edificio en el que vivo hay un pequeño parque y desde mi ventana puedo ver, con bastante claridad y sin que lo cubran las copas de los árboles, un banco alumbrado por la única farola encendida que hay en el jardín. Allí estaba sentada una mujer, que por la hora que era  bien podía ser una trabajadora nocturna a la espera de algún cliente de último momento. Miraba hacia abajo, escondiendo la cabeza entre sus manos y luego, como retomando fuerzas, levantaba la vista buscando, seguramente, a alguien con quién terminar la jornada. Poco a poco se fue abandonando a la soledad en la incipiente llegada del día, recostándose en el banco y abrigada con un tres cuartos de color rojo. Así estuvo más de media hora. Luego se levantó, se recompuso y se marchó. El día ya había comenzado y yo aún seguía en la ventana, como un vigilante clandestino que extiende su trabajo más allá de la madrugada.  

Pasaron dos días antes de que aquella mujer volviera a irrumpir en esa línea recta en la que se había convertido mi tiempo. Ella, con aire cansado, se dejó caer en el banco mirando a un lado y a otro. Entonces giró la cabeza y me descubrió asomado, casi escondido entre las cortinas. Me hizo un gesto para que bajara y me sentara a su lado. Estuve dudando unos minutos pero decidí romper mi rutina y, esa madrugada, me reuní con ella bajo la única farola que quedaba encendida en el jardín.

-Me llamo Charo y has tardado tres días en bajar. 

-Hola. Yo, Manuel. ¿Han sido solo tres?

-20 una mamada y 30 todo completo. 

-Solo he bajado a fumar un cigarrillo. Relájate y disfruta de estas luces que comienzan.

-Pues yo todavía necesito un cliente antes de irme. 

-Vale, entonces te dejo. Ya nos vemos. 

-Espera, espera. No te vayas. Yo no veo ninguna luz. Todavía es de noche. Como no te refieras a la de esta farola.

-En unos instantes verás como empiezan a notarse los primeros colores de la mañana.

-¿Eres un poeta?

-No.

-¡Anda! Seguro que eres escritor. Esas cosas solo las dice un poeta.

-Yo solo leo lo que los demás escriben.

-Pues si no vamos a hacer nada ¿Te importa que me quite los zapatos? Estoy muerta. Dame un cigarrillo. Cuando lo termine me voy. 

Charo resultó ser un transexual que terminaba su trabajo ya con el maquillaje algo desdibujado por la noche y por el agotamiento. Se echó hacia atrás y fue perdiendo la mirada mientras seguía el recorrido del humo que salía de su boca hasta que se quedó dormida. Yo continué fumando en silencio. Pasó una media hora y ella se despertó cuando ya había suficiente luz como para poder decir que el día había iniciado su comienzo.

-Me voy. Gracias por el cigarrillo. Otro día haremos algo. 

-Claro. Otro día. 

-¿Tú estás siempre en la ventana?

-A estas horas, siempre.

-Vale, lo tendré en cuenta para cuando necesite un cigarrillo. Adiós. 

Y se perdió caminando por el fondo hasta desaparecer por entre las esquinas de los edificios que rodeaban el jardín. Entonces yo regresé a mi casa, tomé un café y me dispuse a continuar con mi lectura. 

Hace unos tres años que estoy jubilado a la fuerza por una incapacidad profesional. Una fuerte depresión me apartó de mi trabajo como profesor y aunque hoy estoy totalmente curado, o al menos puedo controlar los momentos de enorme tristeza que me dejan totalmente abatido, no echo de menos para nada mi actividad diaria y el contacto con las aulas. Mi rutina del día a día es mucho más gratificante que la guerra intelectual que se mantiene en los centros de enseñanza, no ya con los alumnos, que son solo un daño colateral, sino con el sistema, que nos aboca al pozo más oscuro de la ignorancia. Es una lucha perdida y yo ahora disfruto del ritmo pausado que va marcando cada una de los momentos que recorren mi vida.

Pasaron dos días antes de que volviera a ver a Charo. De forma clandestina la descubrí desde detrás de las cortinas de mi ventana. La veía mirar hacia arriba, como disimulando una mal interpretada indiferencia. Cuando descubrió que la estaba observando, me hizo un gesto con la mano, golpeando la tabla del banco e invitándome a que me sentara a su lado.  Sonreí y bajé como la vez anterior. 

-Hola. ¿Un cigarrillo?

-Claro, ¿A qué te crees que he venido? ¿Quieres que hagamos algo?

-Fumar. La hora que es toca fumar. 

-¿Y de lo otro cuándo toca?

-Ahora toca ver cómo comienza el día.

-Pues entonces me voy a relajar porque de aquí me voy a casa. Hoy ha sido agotador. La hora que es prefiero que no aparezca ningún cliente porque lo que quiero es irme a casa, aunque tal y como están las cosas nunca es suficiente y cada vez hay menos trabajo. Y ahora como nos multan si nos ven por la calle, encima tengo que ir escondiéndome de un lado para otro. Por eso, a estas horas, estoy agotada. 

-Estás un poco acelerada. 

-Estoy muy cansada.

-Fúmate el cigarrillo tranquila, que va a amanecer enseguida. 

Y así, en silencio, volví a compartir el segundo amanecer con Charo. Poco a poco se fue recostando en el banco y ese pequeño espacio de tiempo, tan ausente de ruidos pero tan lleno de sonidos, nos fue envolviendo hasta que se acabó el cigarrillo. 

-¿Tú eres siempre así? -Me preguntó como despertando de un profundo letargo. 

-¿Cómo soy?

-¿Vives solo? ¿Tienes pareja? ¿Eres gay?

-Vivo solo, no tengo pareja y no soy gay.

-Tú sabes lo que soy yo ¿Verdad?

-¿Qué eres?

-Que tengo lo mismo que tú. -Y me puso la mano en la bragueta. Yo ni me inmuté. 

-Ya lo sé. ¿Y?

-Que mi nombre real no es Charo.

-Ya imagino. ¿Y?

-Que no soy una mujer, aunque daría lo que fuera por serlo. 

-¿Quieres otro cigarrillo? –Y dejé que se alejara del conflicto con una identidad que a mí no me preocupaba lo más mínimo. 

-¿Y si me llevas a tu casa y me invitas a un café?

-Mejor una infusión porque si no dormirás poco.

-Bueno, vamos. 

Y se cogió de mi brazo camino de casa. Una invitación inesperada porque hacía bastante tiempo que nadie visitaba mi casa, más allá de la señora que viene un par de veces por semana a realizar la limpieza. 

-¿Me puedo descalzar?

-Incluso te puedes sentar mientras preparo la infusión. ¿Manzanilla o valeriana? Es lo único que me queda. 

-Un sobre de manzanilla y otro de valeriana.

Solo tardé el tiempo de calentar agua en el microondas y dejar que las bolsitas de infusión soltaran su esencia. Cuando regresé al salón Charo estaba sentada en mi sillón de lectura y profundamente dormida. Le eché una manta por encima y me dispuse a salir. Eran ya las ocho de la mañana cuando pisé la calle. Lo primero que hice fue ir a comprar unos bollos para el desayuno. Lo preparé todo y sobre la mesita le dejé una nota: 

-En el frigo hay leche. El café está hecho de hoy mismo y los bollos los compré esta mañana en la pastelería y están recién sacados del horno. Estaré fuera hasta el mediodía. 

Manuel.

Las gestiones que tenía que hacer fuera de casa no me llevarían más de una hora, pero realmente tenía un poco de miedo a cruzar la frontera de la noche y el día, abriendo así la puerta para que alguien desembocara en mi vida. Di varias vueltas, tomé varios cafés, leí los periódicos del día casi hasta aprendérmelos de memoria y, sobre las 14:00 horas,  regresé a casa. Abrí la puerta sin saber muy bien qué es lo que deseaba encontrarme. Posiblemente seguiría durmiendo o posiblemente estaría despierta esperando a encontrarse de nuevo conmigo. O posiblemente se habría marchado. 

Mi casa estaba vacía. Charo se había ido dejando un fuerte olor a perfume. Sobre el sillón estaba, cuidadosamente doblada, la manta con la que la había tapado y una nota: 

-Muchas gracias por el desayuno y por el sillón y por tu tiempo. Y por los cigarrillos.  Aunque no te lo creas, tu nota es lo más bonito que me han dicho desde hace muchos años. Yo también defiendo mi soledad. Un beso.

Y de esto hace ya más de un año. La nota la guardé entre las hojas de un libro del que no recuerdo el título, por lo que puedo darla por perdida. Y desde entonces no la he vuelto a ver, a pesar de que yo continuo, cada madrugada, asistiendo a ese momento en el que cambian las luces y se aventura un nuevo comienzo. El banco sigue allí, anclado a la geografía del tiempo e iluminado por la única farola que hay encendida en todo el parque. 

Otros cuentos: 0. La última gloria, 1. Las piernas más hermosas, 2. La pistola de plata, 3. El abrazo, 4. De regreso a casa, 5. La música del Tío Vivo, 6. NIGHTHAWKS, 7. Cuando solo nos queda el silencio. 8. El café con leche. 9. Consumiendo madrugadas,

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06
Nov
18

Consumiendo madrugadas, de Fulgencio M. Lax

Consumiendo madrugadas 

©Fulgencio M. Lax

Sin apenas movilidad en mis piernas y anclado a una silla de ruedas, me asomo a la ventana todos los días nada más comenzar las primeras luces de la mañana, que aparecen acompañadas de un leve susurro de pájaros y se extienden como un abrigado manto por toda la ciudad. Las sombras de las farolas se recogen enrolladas esperando la oscuridad para volver a desplegarse y, poco a poco, van apareciendo luces que recorren linealmente las fachadas de los edificios como luminosas hileras de hormigas.

Voy contando los días en función de las madrugadas que soy capaz de contemplar. Si alguna vez me quedo dormido o me entretengo hipnotizado con el fondo de la taza de mi café mientras cruza por mi ventana el haz de las primeras luces, ese día no cuenta en mi calendario particular. Por eso el año no tiene trescientos sesenta y cinco días para mí, sino que lo fijo en alguno menos porque no contabilizo aquellos en los que no fui capaz de iniciarlos al comienzo, desde el minuto cero. Desde la misma madrugada.

Hace cuatro años que no escribo ni leo periódicos ni libros. Los mismos que me tienen postrado en esta silla y obligado a un mundo pasivo de  pensamientos y contemplación. Tan solo el universo que circula a través de mi ventana me va entreteniendo las horas del día. Y el sueño… Las horas que paso dormido me alejan de la inmovilidad a la que estoy sometido.

Antes, de una forma cotidiana, empezaba el día con un café cargado y una copa de aguardiente para despertar las arterias. Entonces me ponía a trabajar. Tenía un despacho, que aún conservo en una habitación cerrada a la que no he entrado desde que tuve el accidente, y una amplia biblioteca de más de quince mil volúmenes a la que hoy no le presto la más mínima atención. 

  Conocí a Natalia en la celebración de la fiesta del setenta y cinco cumpleaños años del periódico en el que yo trabajaba. Profesora de literatura, escritora a tiempo parcial, fumadora y valiente. Como ocurre en estos casos nos cruzamos varias miradas, una sonrisa, un pequeño guiño hasta que nos encontramos frente a frente. Yo siempre huyo de estas situaciones porque, al final, se me complica la vida y mis soledades son un campo labrado día a día con un enorme esfuerzo para venir a estropearlo en unos instantes. Pero aquel pequeño coqueteo me fue atrapando y reconozco que me produjo un cierto placer. 

-¿Nos vamos a tomar una copa a otro sitio o prefieres seguir rodeado de esta pandilla de cazatalentos? –Me dijo cuando me tuvo enfrente. Me desarmó por completo. Yo no estoy acostumbrado a ser tan directo y ni tan siquiera había previsto nada que me relacionara con aquella mujer. Lo que sí había aprendido a lo largo de mis cincuenta años es que el silencio en un momento así es una muestra de sabiduría. Esbocé una sonrisa y me dejé llevar. 

-¿Dónde?

-Donde tú digas. –Le contesté –Yo tan sólo sigo la estrella que me guía. –Y después de decir esta tontería me sentí tan ridículo que también ella se dio cuenta y resolvió con cierto estilo.

-Eso te ha quedado muy bien. Pues sígueme, vamos a mi casa. 

Ella cogió su coche y yo, con el mío, salí detrás de ella.  Nunca conducía cuando me había tomado alguna copa y si esto sucedía siempre dejaba el coche aparcado y cogía un taxi que me llevara de regreso a casa. Me daba vértigo pensar que podía tener un accidente y lesionar a terceras personas. O algo peor, provocar alguna muerte. Curiosamente nunca había pensado que yo podía salir perjudicado, como así ocurrió, pero no fue ese día. El vino de la cena y las dos ginebras que tomé fueron suficientes como para tener varios avisos que logré esquivar con suerte. Un ligero golpe de adrenalina y vuelve la conciencia por unos instantes hasta que se adormece de nuevo. Pero la suerte también se acaba, o no llega nunca. 

Aquella noche la pasamos juntos en su apartamento, de no más de 40 metros cuadrados pero con una ventana que ponía a tus pies todas las luces de la ciudad. Fue una noche de esas que te atrapa. De esas que se llenan de aromas y sensaciones que, en mí, tan solo habitaban en un recuerdo ya casi olvidado. Y me dejé llevar. 

-Sé que en algún momento desaparecerás y esto no habrán sido más que unas horas que poco a poco se irán perdiendo en el tiempo –Me dijo mientras nos despedíamos de aquel primer encuentro. Yo volví a guardar silencio. 

-Te llamaré luego y comemos juntos. Le di un ligero beso de despedida y oí cómo la puerta se cerró cuando yo ya había comenzado a bajar en el ascensor. Es posible que ella esperara un poco más de mí, pero esos espacios de esperanza  se terminaron hace mucho tiempo. O al menos eso es lo que yo creía. 

Algo se había roto. Los altos muros de soledad que había construido los derrumbó Natalia en apenas una noche. Con pequeñas caricias, con el susurro de sus pensamientos, con la extraordinaria potencia de su cuerpo. Con su silencio tan compartido lo dejó todo hecho añicos.

Llegué a casa, me di una ducha, me puse un café fuerte y me senté frente a mi ventana. La misma ventana en la que me siento ahora como una estatua vigilante del paisaje. Entonces saboreé en mi recuerdo cada uno de los momentos que había pasado esa noche y así, me quedé dormido. 

Me detengo en cada uno de los minutos que pasaron desde que conocí a Natalia porque fue el inicio de un cambio en mi vida. De golpe todo se trastocó, se movieron todos los muebles viejos y se sacudió todo el polvo anidado durante años en descoloridas alfombras. Pero al igual que la línea quebrada del corazón pasa a ser una larga y fina línea recta cuando ya no hay nada y todo ha desaparecido, así se iba dibujando el destino que, en tan solo unas horas, daría un golpe certero y definitivo a nuestras vidas.

Sobre las doce la llamé y quedé con ella a comer en El Tramposo, un pequeño restaurante con cinco o seis mesas y en el que se puede charlar tranquilamente y degustar licores que no están a la venta en los comercios habituales. 

-No me puedo creer que me hayas llamado –Me dijo en un tono de especial sorpresa. 

-¿Por qué?

-Porque los tíos como tú no vuelven. Nunca vuelven. 

-¿Y cómo son los tíos como yo?

-Pues así, como te digo. Pero si quieres te lo explico mejor en la comida. 

-Ok. A las 14:00 en El Tramposo. 

-¿Tenemos mesa?

-Sin problemas. Tenemos mesa. 

Media hora antes de la cita estaba tan nervioso como un adolescente en sus primeras experiencias. Yo siempre he dicho que reconozco los síntomas de aquello que me complica el alma, que sé controlarlos, que eso me ha salvado de muchas historias incómodas. Pero ahora… ahora estaba como  un flan a punto de derretirse. Llegué antes de tiempo y pedí una copa de vino de la casa mientras la esperaba. Jorge, el dueño, me ofreció un vino del que él estaba bebiendo. 

-Mira, estoy tomando un Lavia del 2004. Es de la zona de Bullas y está estupendo. Pruébalo porque de este año no quedan botellas.

-Bueno, me dejaré aconsejar. En este terreno no soy un experto. –Si es que soy experto en alguno, pensé para mis adentros mientras el corazón no dejaba de latir de forma taquicárdica. Y efectivamente, el vino estaba especialmente bueno, por eso le pedí que guardara otra copa para cuando Natalia llegara. Comimos, bebimos, hablamos, nos miramos, nos dijimos muchas cosas con palabras y otras con silencios. Todo fue muy lento y a la vez demasiado deprisa. Nos bebimos dos botellas del vino que Jorge quiso ponernos. Luego dos sorbos de tequila y dos vasos de ginebra. El dos se quedó como un número fatídico en mi vida porque también fueron dos los besos que me dio Natalia antes de subirnos a mi coche. Habíamos bebido demasiado. Yo pensé que me encontraba bien, al menos en mejores condiciones para conducir que ella. Eso es lo que pensé. Así es que dejamos su coche y cogimos el mío. 

El golpe frontal contra una excavadora fue fulminante. Yo quedé partido en dos y tetrapléjico para el resto de mi vida. Natalia perdió la suya en el acto. Estuve consciente en todo momento y no llegué a sentir dolor alguno, pero sabía que algo se había roto dentro de mí. El aspecto que tenía ella no dejaba lugar a dudas, pues uno de los laterales de la pala excavadora le había destrozado, literalmente, la cabeza. 

Dos botellas de vino, dos sorbos de tequila, dos ginebras y dos besos. Dos besos a modo de despedida.  Es lo único que me queda frente a esta ventana. Por la mañana, sobre las cuatro, cuando aún no han comenzado las primeras luces,  viene una enfermera y me asea. Y no siento nada. Luego me cura las llagas que me salen de estar sentado o acostado siempre en la misma posición. Tampoco siento nada. Me da el desayuno y me coloca en la silla, sujetándome con correas para que no me caiga hacia los lados. Me da masajes en las manos y en las piernas, pero no siento nada. Cuando termina es como si viniera el silencio a relajar mi alma. El horizonte empieza a clarear. Me quedo sentado frente a mi ventana consumiendo las horas, esperando con ansias a que llegue la última madrugada. 

Otros cuentos: 0. La última gloria, 1. Las piernas más hermosas, 2. La pistola de plata, 3. El abrazo, 4. De regreso a casa, 5. La música del tío vivo, 6. NIGHTHAWKS, 7. Cuando solo nos queda el silencio, 8. El café con leche.

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05
Nov
18

El café con leche, de Fulgencio M. Lax

8.

EL CAFÉ CON LECHE (De la colección “Cuando grita el silencio”)

©Fulgencio M. Lax

Nunca hay una línea recta que nos lleve de un punto a otro sin encontrar ni un solo obstáculo. Sería lo más rápido, lo más inmediato, en cambio nos van sucediendo cosas que nos obligan a dar un rodeo para poder alcanzar nuestro destino,  que siempre nos está esperando. Sería muy fácil poder comenzar el día y recorrer todos los estadios previsibles hasta llegar a la noche, como el que se desliza por un tobogán con una suave pendiente y, así, día tras día, sin picos que nos provoquen altibajos. Pero esto es solo la teoría de un deseo, la realidad nos hace transitar por elevadas cordilleras que esconden profundos y oscuros abismos. 

Aquella mañana se presentaba lineal, lejos de los vaivenes de cualquier atracción de feria. Se presentaba con un horizonte apagado y una acentuada y extraña claridad en la atmósfera, como si alguien le hubiera puesto un filtro polarizador al sol. A las cinco y media de la madrugada, como de costumbre, tomo mi primer café en el bar Brasilia, que no cierra durante las veinticuatro horas y, al estar un poco alejado de mi casa, me obliga a dar un paseo al comienzo de la jornada. Todo había empezado de una forma tranquila y serena. 

Con la penumbra de las primeras luces y  del apenas perceptible despertar de los sonidos antes de convertirse en ruido,  pude disfrutar del silencio que aún guardaba el ambiente, pero también del que se había instalado en mi interior. Todo iba muy lineal hasta que, sobre las siete, apareció aquella muchacha. Al principio pensé que sería alguien que, por su aspecto, se recogía después de haber pasado una noche de fiesta, pero al acercase me di cuenta de la mendicidad de su vestuario y de su semblante.  Se me acercó con una actitud de súplica para la que uno ya está vacunado, porque sé lo que viene a continuación: Me va a pedir unas monedas para un asunto muy grave y muy urgente. Iba sucia, andrajosa y con un olor agrio a sudor y mugre que me obligó a contener la respiración. 

-Necesito dormir en mi cama y tengo hambre. Llevo dos días sin comer. Quiero regresar a mi casa y necesito unas monedas para el autobús. 

Al principio no le hice caso y con un gesto de desprecio me la quité de encima. El camarero la echó a gritos y ella fue a sentarse en el banco de un jardín que estaba a mis espaldas. Tardé bastante rato en volver la cabeza y, cuando lo hice, esperaba que ya se hubiera marchado  pero aún seguía allí. La miré y vi a una mujer derrotada y hundida en el más desesperante de los abandonos. Le hice un gesto para que se acercara. Me miró con los ojos muy abiertos sin atreverse a realizar ningún movimiento que, de nuevo, la devolviera al desprecio. No le iba a dar dinero porque de eso ya ando algo escarmentado, pero si quería comer algo estaba dispuesto a pagar lo que pidiera.  -Te invito a desayunar. Venga, ven. -Le insistí.  A trompicones se acercó a mi mesa y, titubeando,  me repitió que tenía hambre.

-Un café con leche y algo de chocolate. Pero no me van a dejar sentarme. 

-Siéntate en mi mesa y no te preocupes. -Tuve que discutir con el camarero para que le sirviera un desayuno y, aunque de mala gana, le trajo lo que ella le pedía. 

Empezó a desayunar en silencio, con la vista puesta en aquel bizcocho de chocolate mientras sujetaba su café con leche, sintiendo el calor en la mano con la que abrazaba la taza. La apretaba como aferrándose a algo que solo estaba en sus pensamientos. Yo la miraba de reojo, fingiendo no hacerle caso para que no se sintiera vigilada y pudiera desayunar tranquila. 

-Necesito unas monedas para regresar a mi casa en Jumilla o que me dejes llamar a mi padre para que venga a recogerme. -Me dijo rompiendo el silencio angustioso en el que se había instalado. Saqué mi móvil de la chaqueta, desbloqueé la pantalla y se lo pasé. Con torpeza hizo varios intentos de marcar un número hasta que consiguió acertar con las teclas. Al tercer tono de señal descolgaron al otro lado. 

-¿Papá? -Dijo con una voz que se le había quedado anudada en la garganta. 

-¿Nati? -Pude oír cómo contestaban al otro lado del teléfono con una voz que sonaba fuerte y grave. 

-Sí, papá. Soy yo. 

-¡Pedazo de puta! ¿Cómo te atreves?

-Papá, por favor… -Y colgaron de inmediato sin dejar que terminara la frase. Ella, resignada, me devolvió el teléfono dejando que su mirada se perdiera en el vacío. Entonces pude ver un hermoso rostro derrotado, con una especial belleza escondida detrás de una acentuada calavera que, de forma perversa, dejaba asomar su eterna sonrisa. 

-¿Cómo te llamas? -Me preguntó intentando alejar el golpe recibido por teléfono.

-Manuel. ¿Y tú?

-Natividad, pero todos me llaman Nati. Está muy buena esta magdalena. ¿Me puedes dar la mano? -Yo la miré a los ojos y, aunque dudé una fracción de segundo, extendí mi mano abierta sobre la mesa con la palma hacia arriba. Ella puso la suya sobre la mía. Era una mano con dedos largos y delgados, con las uñas rotas y llena de pequeñas llagas infectadas por la suciedad. -El café con leche desprende más calor que tu mano. -Me dijo esbozando una forzada sonrisa. Luego guardó silencio y se terminó su desayuno. -Muchas gracias, muchas gracias. -Me decía mientras se levantaba y se colgaba su ligero bolso. Al marcharse pasó su mano mugrienta y áspera por mi cabeza intentando dibujar una caricia y, sin decir nada, se alejó sin mirar atrás dando pasos cortos, muy medidos para no caerse. Con torpeza la vi alejarse, cruzar la avenida y perderse por entre las calles.  Sobre la mesa quedó una taza de café vacía, las migajas de una magdalena de chocolate y mi mano fría, con la palma hacia arriba y en silencio.

Otros cuentos: 0. La última gloria, 1. Las piernas más largas, 2. La pistola de plata, 3. El abrazo, 4. De regreso a casa, 5. La música del tío vivo, 6. NIGHTHAWKS, 7. Cuando solo nos queda el silencio.

(Si te interesó alguno de estos textos, por favor, házmelo saber. Gracias.)

03
Nov
18

Cuando solo nos queda el silencio, de Fulgencio M. Lax

CUANDO SOLO NOS QUEDA EL SILENCIO  (De la colección “Cuando grita el silencio”)

© Fulgencio M. Lax

Hace más de tres años que Diego disfruta de una serena jubilación después de 47 años ejerciendo como repartidor de butano. La ropa de trabajo de color naranja, el camión naranja y las manos continuamente manchadas del color naranja de las bombonas, habían dado paso a un vestuario de camuflaje ciudadano que no delataba para nada cuál había sido su oficio. Aunque su trabajo no se caracterizaba por los grandes sobresaltos, tampoco era nada aburrido ya que, el contacto directo con los vecinos y el carácter afable de Diego, le permitían mantener una dinámica más allá del suministro de bombonas. Se conocía a todos los usuarios de su lista de reparto por el nombre y mantenía una cierta intimidad con cada uno de ellos, ya que sabía los hijos que tenían, los que estaban estudiando o trabajando, si había enfermos, mayores, conocía sus hobbies, los oficios y hasta los lugares donde habitualmente iban de vacaciones, los que podían, porque la mayoría solía pasar los veranos escondidos en la oscuridad de las casas, intentando alejar las fuertes temperaturas estivales. 

Con la jubilación llegó también el silencio en muchas facetas de su vida. La rutina se había instalado en el día a día, de tal forma que cualquier cambio era tan perceptible y significativo que le hacía sentir distinto. Todo se mostraba como una línea recta con leves picos que apenas modificaban el horizonte. La rutina y la diferencia se habían cogido de la mano, de una manera tan fuerte, que los cambios eran imparables, iban avanzando y sucediéndose hasta alcanzar la eterna sonrisa del futuro. 

A las 6:00 de la mañana subía la persiana el bar El Chispas y comenzaba la jornada.  Cinco minutos después Diego ya estaba sentado en una de sus mesas tomando el segundo café, porque el primero solía tomarlo en su casa, nada más levantarse. Enseguida comenzaban a aparecer por la calle los que hacen footing, las furgonetas de reparto, los operarios del ayuntamiento con las escobas y sus carros. La luz de las farolas comenzaba a perder su intensidad y todo se iba llenando de coches. 

Cuando el bullicio estaba plenamente instalado en las calles aparecía por el bar una anciana acompañada de su perra chiguagua. Vivían justo enfrente y se las veía venir desde que salían del portal de su casa y cruzaban la calle. Las dos llevaban el mismo ritmo. Caminaban tres pasos y la chiguagua miraba a la anciana, otros tres pasos y volvía a mirarla y así hasta que llegaban a la puerta del Chispas. -Siéntate aquí, María. -Le decía la anciana porque así se llamaba aquel pequeño animal. Y ella se sentaba en la puerta del bar sin dejar de mirar, vigilante, cómo la anciana entraba y se tomaba su café con leche con una magdalena. Al verla salir se ponía en pie moviendo el rabo y esperando el premio por haber sido tan obediente. La anciana le daba un pedacito del bizcocho que se había guardado y las dos juntas iniciaban el camino de regreso. 

Un día cualquiera, de esos que no vienen marcados en ningún calendario, la anciana apareció sin su fiel compañera. Entró al bar como siempre lo había hecho, pero ahora no había nadie esperándola fuera, tomó su café con leche y regresó a su casa. Un día también dejó de aparecer ella. Diego la echó de menos un tiempo después, cuando centró su atención alrededor suyo y se dio cuenta de que algo estaba cambiando.  También el camarero, que habitualmente servía las mesas en el Chispas, no era el mismo. Habían cambiado al de siempre por otro más joven que venía de un mundo donde el tiempo y su reposo llevaban otro ritmo. 

Luego dejaron de abrir a las 6:00 para hacerlo a las 8:00, dos horas más tarde en las que Diego esperaba asomado a su ventana sin querer aceptar los cambios que, inexorablemente, iban haciendo girar la rueda. El Chispas abría ahora cuando el bullicio ya se había adueñado de las calles y había desparecido ese momento mágico en el que la madrugada comienza a dejar de serlo. 

Hace nueve días que le cambiaron la fisonomía al bar y también el nombre.  Ahora los coches podían circular en doble dirección mientras que antes sólo en una. ¿Cuándo se produjeron estos cambios? Diego tuvo la sensación de que el tiempo había dado un giro y nadie había contado con él. También desaparecieron las mesas de formica marrón con las sillas a juego que llenaban todo el bar, y aparecieron otras de mármol con pies de hierro simulando una cierta antigüedad. Pintaron las paredes y cambiaron la barra y toda la vajilla. Dejó de llamarse El Chispas para llamarse The coffee carousel, una franquicia de cafeterías que se estaba instalando en toda la ciudad. 

Hoy es la primera vez en cuatro años que Diego no ha bajado a tomar el café. Se ha limitado a mirar por la ventana cómo se pierden las sombras de la noche y se va instalando la mañana. Cómo los coches van en una dirección y en otra a lo largo de la calle. Todo de una forma suave, imperceptible, sin altibajos pero sin detenerse.

Otros cuentos: 0. La última gloria, 1. Las piernas más hermosas, 2. La pistola de plata, 3. El abrazo, 4. De regreso a casa, 5. La música del tío vivo, 6. NIGHTHAWKS

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02
Nov
18

NIGHTHAWKS, de Fulgencio M. Lax

5.

NIGHTHAWKS (De la colección “Cuando grita el silencio”)

©Fulgencio M. Lax

                                                                                                                                                           Homenaje a Edward Hopper

Apenas falta media hora para que Jules cierre el local y a mí aún me queda una larga noche antes de regresar a casa. Afortunadamente no me espera nadie, por lo que a mi llegada, sea la hora que sea y llegue en las condiciones que llegue, no tengo que mantener ninguna conversación. Tan solo una cama sin hacer, una cocina sencilla y unos cuantos muebles para rellenar el espacio. Es un pequeño apartamento de alquiler que está en los límites del extrarradio de la ciudad. Allí donde el urbanismo empieza a dejar de ser de ladrillo para convertirse en chapa de uralita. 

Termino el día y lo comienzo en la misma madrugada. Luego ya tendré tiempo de dormir unas horas para poder repetir el encuentro con las primeras luces de la mañana. Es un espacio temporal donde el silencio y la soledad se dan la mano. Donde todo termina en el mismo momento en el que vuelve a comenzar. Son instantes de incertidumbre antes de que el día se vaya llenando de ruidos imperceptibles y se pierdan todos los aromas. 

Hace ya un rato que el bar se ha quedado vacío y se ha llenado de una especial quietud. Algo parecido a la cámara lenta. No obstante, a lo largo de estos años, he aprendido a aislarme cuando el bullicio en el bar es excesivo. Sé muy bien que en unas horas el público irá desapareciendo y yo podré disfrutar del silencio sin hacer demasiado esfuerzo. Siempre es así, es una cuestión de paciencia. 

Aquella noche, sobre las tres de la madrugada, ya solo quedaba una pareja, Jules y yo. Era una pareja extraña. Ella estaba tomando un refresco de cola tras otro y él atiborrándose a café. Los dos no dejaban de fumar, también un cigarrillo tras otro. A Jules no le importaba porque ya era el final del día y prácticamente podría decirse que el bar estaba cerrado. El tiempo que estuvieron allí no cruzaron ni una palabra y creo que tampoco llegaron a mirarse ni una sola vez. Bien podrían haber sido unos desconocidos que han coincidido en el rincón de la barra del primer bar que han encontrado abierto, pero entre ellos había algo más que todo eso, aunque las señales fueran imperceptibles. Ella, en un determinado momento, le cepilló con la mano la hombrera izquierda de la chaqueta. Él ni se inmutó y ella dejó de prestarle atención. En silencio volvió a sumergirse en su tercer o cuarto refresco. Hubo un momento en el que el único sonido que se podía escuchar en el bar era el tintineo de los vasos entrando y saliendo del lavavajillas. Jules estaba terminando de prepararlo todo para el día siguiente y cuando acabara sería el momento de marcharse. Las tazas del café estaban ya perfectamente ordenadas; los vasos de cerveza formaban como una legión romana en los estantes; en la parte más alta ya había ordenado las copas de los helados; los platos, de diferentes tamaños, estaban todos en el mismo lugar. La jornada estaba terminando y pronto llegaría la hora de marcharse. 

La extraña pareja no tardó en recoger. Pagaron su cuenta y ella se cogió fuertemente del brazo de él y, como enamorados de verdad, salieron, cruzaron la enorme cristalera que recorría toda la fachada del bar y desaparecieron. 

Ojalá pudiera quedarme un par de horas más para no tener que buscar otro sitio en el que esperar a que llegue la madrugada, pero Jules ha de cerrar y regresar con su familia. Nos conocemos desde hace más de diez años y no sé muy bien qué tipo de familia tiene, si es que tiene alguna, aunque él tampoco sabe mucho de mí a pesar de que hemos pasado horas hablando de nosotros mismos. Es la habilidad del camarero y Jules es un gran profesional. A sus espaldas hay una foto con una mujer y un niño. Cuando le he preguntado si esa es su esposa y su hijo me ha contestado que es una foto que estaba en el bar cuando él lo alquiló y que le pareció bien dejarla en el mismo sitio que estaba. Eso es todo lo que sé de la vida de Jules fuera de la barra y de las cristaleras que rodean al bar. No en vano se le conoce como la pecera nocturna, aunque a Jules no le hace mucha gracia ese nombre. 

Hasta llegar a mi casa hay una hora andando, así es que calculo que si me marcho a las tres y media puedo llegar sobre las cinco y media, haciendo una parada en el Paradise, que cierra más o menos a esa hora y seguro que me sirven una copa antes de recogerlo todo. Para entonces ya habrá comenzado a clarear el azul de la mañana. Una ducha, un café y al trabajo. Unas horas de rutina cinco días a la semana durante todo el año para poder pagar las deudas y la supervivencia ocupan la mitad de la jornada. Luego, después del almuerzo, comienzo a presentar el semblante de un cadáver sonámbulo que necesita darle un mordisco al sueño para recuperar el color de la sangre circulando por el cuerpo. Así, día tras día, sin tregua, caminando hasta el final del calendario. 

Otros cuentos: 0. La última gloria; 1. Las piernas más hermosas; 2. El abrazo; 3. De regreso a casa; 4. La música del Tío vivo; 5. NIGHTHAWKS.

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