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Plan B. La alternativa, de Fulgencio M. Lax

EL PLAN B. La alternativa, de Fulgencio M. Lax

La casualidad es lo que se esconde detrás de este relato. Los nombres propios y los lugares se corresponden con la realidad. La ficción solo dejará asomar su hocico para dar verosimilitud a la historia. El argumento de este relato es el viaje de cinco amigos pero, inevitablemente, quien lo cuenta lo hace desde su propio universo. Todos hicimos la misma travesía pero cada uno hizo su viaje particular. Yo cuento aquí el mío.

La planificación perfecta de un fin de semana es una garantía de éxito, pero la inmediatez también. Lo impecable, a pesar de ser sinónimo de lo perfecto, puede convertirse en antónimo y destrozarlo todo. La inmediatez también. Pero para eso está el destino, para resolver todas estas encrucijadas que solo el laberinto agónico de la indecisión se plantea. 

Como año tras año, un grupo de amigos, de viejos amigos. De muy viejos amigos, habíamos organizado un encuentro en una casa rural para pasar un largo fin de semana comiendo, bebiendo y contando viejas anécdotas. Y discutiendo de política hasta hartarnos. Pero el destino quiso que las agendas de todos los amigos, excepto de cinco, estuvieran ocupadas para aquel fin de semana, del 31 de mayo al 2 de junio, y hubo que suspender el encuentro. 

Pero la palabra suspender es una palabra que no le gusta nada a uno de esos amigos que sí estaba disponible y, Rafael, hablando con Fulgencio, que soy yo y de ahora en adelante me nombraré en primera persona,  pusieron en marcha el plan B.

—Rafa, buenos días. ¿Cómo estás? —Llamé a una hora más o menos aceptable, aunque ambos somos buenos madrugadores. 

—De puta madre. ¿Y tú? —Se oyó con energía al otro lado del teléfono.

—También, también. Digo que solo hemos confirmado cuatro: Pascual y sus hijos, tu hermano Yeyo, tú y yo. ¿Suspendemos? porque en la casa rural habrá que decir algo. 

—¿Suspender? Ni de broma. Vamos a pensar algo. Yo echo el barco al agua este lunes. ¿Y si nos vamos a navegar?

—¡Joder, tío! Eso estaría de puta madre. 

—Pues venga. ¿Llamas tú a la gente?

—Bueno, llamaré a los que han confirmado ¿Te parece?

—Me parece. Cuéntame cómo va la cosa y vamos viendo. 

Y nos ponemos en marcha. Al final Pascual, que tendría que viajar con su familia dese Madrid, no puede venir porque solo tendría libre el domingo y es algo caótico organizar a la familia para un solo día y tantos kilómetros, pero quedamos en que organizaríamos otra salida para poder vernos pronto. 

Un par de días antes del fin de semana suena el teléfono y Rafael me informa de que se apunta un socio de Paco que también es amigo suyo. Me pareció bien y me pareció mejor cuando le conocí en persona, pero esto viene después. 

A mí, particularmente, se me plantea el primer problema. Hace no sé cuanto tiempo que no navego, ni tan siquiera hago alguna actividad que no sea sentarme en el sillón a leer o delante de mi ordenador a escribir. Me doy cuenta de que no tengo zapatillas de deporte, que solo tengo calcetines ejecutivos, que no tengo ropa deportiva, ni tan siquiera cómoda para ir a navegar. Me doy cuenta de la cantidad de cosas necesarias que he dejado de hacer. Pasar un día navegando es una cosa, pero dos o tres días ya plantea otras cuestiones. Así es que me voy a unos grandes almacenes y me compro un equipo básico. Mi mujer se moría de risa porque allí tenían de todo, incluso me fascinaban cosas que nunca me harían falta: Una bolsita hermética para llevar lápices; un cordón especialmente trenzado que sirve de cinturón al mismo tiempo que guarda una mochila de ataque; unos guantes abiertos por todos sitios que no tienen que servir para nada pero que eran “chulísimos”. ¡Dios mío! y yo había vivido de espaldas a todas aquellos objetos tan ingeniosos. En las papelerías y en las ferreterías me ocurre lo mismo. Si veo que empiezo a tener demasiados objetos inútiles en casa tendré que ir a un sicólogo para consultarle si soy un comprador compulsivo.

El viernes 31 de mayo, Yeyo, Rafa y yo salimos en dirección a La Manga, al puerto de Tomás Maestre. Nosotros prepararíamos el barco y las provisiones y, el sábado por la mañana, que llegaría Paco con Jesús, saldríamos a navegar. 

Yo no tenía ni idea la dirección que tomaríamos, pero me daba lo mismo. Por motivos que pertenecen a otro relato, ese fin de semana era para mí como un necesario paréntesis  para reconstruir algunas fortalezas. 

Antes de llegar al barco fuimos al supermercado a cargar con provisiones. No se puede comprar con hambre ni con ilusión. Cargamos el carro como si el mundo se fuera  a terminar y, aún así, al día siguiente tuvimos que volver para comprar pan y no sé que cosas más, totalmente imprescindibles y que en todo el viaje nos acordamos que habíamos comprado. Pero la ilusión estaba por delante. Siempre la ilusión y el deseo de compartir. Quizá sea esta la frase más importante que escriba en este relato y, posiblemente, la repita otra vez con otras palabras, pero este es el motor de todo esto. El deseo de compartir y la amistad. 

Quinto Yaquestay se llama el barco. Un Babaria de 49 pies. Llegamos, descargamos las provisiones y dejamos los equipajes en los camarotes. El atardecer se estaba despidiendo y la luz había bajado su intensidad. Los colores comenzaban a polarizarse y las figuras aparecían en nuestras retinas con el volumen y la fuerza que la realidad les imprime, como si la hubieran estado guardando dentro y hubiera llegado el momento de sacarla fuera. 

Nos fuimos a cenar y para eso aprovechamos que hay unos restaurantes que están en la orilla del mar, la que da al Mar Menor. Es un éxito garantizado. La temperatura invitaba a sentarnos al aire libre. Los púrpuras, acompañados por el murmullo de un suave laminar de olas, iban oscureciendo la tarde. Cenamos, hablamos, bebimos, seguimos hablando y seguimos bebiendo. La conversación con Yeyo es siempre acelerada, intensa, inteligente, variada, incierta, ambigua y luego otra vez inteligente.  Contrasta con la serenidad cuerda y objetiva de Rafa. A mí, los elixires, me hacen ir de un lado a otro de la discusión. 

Cuando pensamos que había que marcharse, pagamos y regresamos al barco continuando la conversación. Política, sociedad, recuerdos, más política y así hasta las tres y media de la madrugada. Yo dije que no iba a beber nada, pero fui echando chispín a chispín de Martín Miller en un vaso sin hielo hasta que se me torció el horizonte. Yeyo dio buena cuenta de la botella de ron Matusalem y Rafa no se bajó del tren del gin tonic. Así es que, a la mañana siguiente, los versos de Jorge Manrique cobraron más realidad que nunca:

cuán presto se va el placer;

cómo después de acordado da dolor;

cómo a nuestro parecer

cualquiera tiempo pasado

fue mejor. 

Aunque no es exactamente ese el motivo de los versos, sí que clamaron en nuestro pensamiento los placeres del pasado junto a  los dolores de cabeza del presente. De cualquier forma, a las siete y media de la mañana ya estaba levantado. El placer de las primeras horas es extraordinario en cualquier sitio pero en un puerto, con el coro de obenques y drizas entonando su eterna canción, aún más. Esperé hasta las ocho para llamar a Rafa y a Yeyo y ponernos en marcha para que cuando llegaran Paco y Jesús salir en el puente de las diez. 

Es increíble que, en pleno siglo XXI, el paso del Mar Menor al Mar Mayor esté determinado por el horario de apertura de un puente que combina el circular de coches con el circular de barcos. Seguro que no se hizo de otra forma por intereses inmobiliarios pero… Rafa ya se había levantado y estaba haciendo cordones para atar las gafas y que un mal movimiento no las tirará al mar. La acidez estomacal y la boca pastosa era un síntoma común por lo que se hacía imprescindible desayunar cuanto antes. En este momento nos encontramos con Paco y Jesús. Desayuno y rápidamente a embarcar. 

A las 9:45 ya estábamos en el agua en espera a que se abriera el puente de El Estacio para poder salir al Mediterráneo. Hacía una buena mañana y nos acompañaban algunos barcos que también esperaban como nosotros. Sol y un poco de viento, lo suficiente como para poder disfrutar de la vela. Cuando ya estuvimos totalmente fuera comenzamos la maniobra de subir la mayor y desplegar el génova. Rafael iba al timón. Jesús se colocó junto a la mayor para ayudarle a salir del mástil y yo fui tirando de la manivela del winche y este fue mi error. El exceso de esfuerzo hizo que cuando hubo terminado la maniobra, se me vinieran encima los elixires de la noche anterior y me mareé hasta llegar a unas arcadas. Algo similar le ocurrió a Yeyo, pero el que peor lo pasó fue Paco, que nada mas comenzar el barco a balancearse golpeando las olas se mareó casi hasta la inconsciencia. Estuvo dos horas sentado en la taza del water y por mucho que le decíamos que se saliera a cubierta, le era imposible articular palabra. Luego se sentó en un rincón y estuvo luchando las casi seis horas de navegación hasta llegar a Tabarca para equilibrar el horizonte. 

Reconozco que fue un trayecto incómodo pero bellísimo. Siempre es bella la navegación. Rafa, Jesús y yo nos mantuvimos todo el tiempo en cubierta hablando, en silencio, contando anécdotas y luego otra vez en silencio. Jesús se echó una larga dormida en una posición de mago contorsionista, solo posible cuando te vence el cansancio. Y así llegamos a la isla de Tabarca. Nunca he estado en esta antigua prisión rodeada de un pequeño pueblo que ahora acoge a un sinfín de turistas. Rafa había reservado en uno de los restaurantes una mesa y encargado una caldereta, que a pesar de ser un plato típico de Menorca, aquí lo hacen de forma espectacular, añadiéndole un arroz seco que se sirve aparte y que se come empapado en el caldo del guiso. 

61647983_10216862204379040_7038797034106650624_nCaldereta, orilla de la playa, cervezas y conversación. Comenzó a servirnos una mujer muy atenta y le brindé, a petición de Paco, una de mis bailarinas. Se  llamaba Rosa (espero que después de estas palabras aún se siga llamando Rosa) Un nombre del mismo color que las servilletas. Posiblemente pensó que fue el comentario estúpido de un grupo de viejos y lo tiraría junto con el resto de la basura, pero lo importante fue el momento y, sobre todo, que bailamos en la isla de Tabarca. Jesús me hizo un comentario muy acertado y hablamos de Giacometti. 

Solo una mesa de al lado rompía el silencioso murmullo de aquel medio día. Cuando decidieron marcharse todavía pudimos disfrutar de, al menos, una hora de tranquilidad. Un par de gaviotas, acostumbradas al tumulto, se paseaban cerca de nosotros. Turistas iban y venían con sus macutos y pamelas. Los camareros cruzaban de un lado al otro con arroces, jarras de cerveza, postres… Y al fondo el mar se alzaba como una incomparable y poderosa escenografía. No importaba nada, solo la conversación en la mesa y las olas. Siempre las olas. 

Rafa dijo que teníamos tiempo por si alguno quería  dar una vuelta por la isla y ver la prisión y las calles que la rodean. Yo no soy de visitar monumentos y paredes enladrilladas sin impregnarme de su historia y para eso necesito tiempo y reposo. Mirar no es lo mismo que ver y andar no es pasear. Solo se puede pensar si se ve más allá de las cosas y si se pasea. Por otro lado, saborear y aprovechar el instante en sí mismo, aquella sobremesa, el reposo, las risas, aquellos gin tonic dibujaban una escena exclusiva e irrepetible. Habría otras parecidas, pero no iguales. Así es que decliné la propuesta y lo dejé para otra ocasión.  Los motivos de los demás los desconozco pero nadie se movió de la mesa y continuamos charlando y bebiendo. 

El tiempo es inexorable y va devorando los momentos hasta agotarlos y hacerlos desaparecer. Así llegó la hora en la que teníamos que salir hacia el puerto de Alicante, donde íbamos a pasar la noche. Nos subimos a la motora que nos tenía que acercar al barco, nos preparamos y nos fuimos. Antes nos hicimos una foto que sin llegar a parecernos a la Cuadrilla de la muerte de Sabina, sí que estábamos cerca.   

61819284_10216862204219036_4944826419462012928_nUnos minutos después de esta foto ya habíamos levado el ancla y estábamos navegando. Esta vez Paco sí tuvo una travesía agradable, aunque algo breve porque en unas cuatro horas ya habíamos llegado a Marina de Alicante. Todo transcurrió entre gin tonic, el ron Matusalem que tomaba Yeyo y alguna ligera siesta. Navegar supone frenar el tiempo, tener consciencia de que el concepto tan imperioso, que es el de tener prisa, no existe. Uno va meciéndose, aunque no quiera, al ritmo que te imponen las olas y el viento. 

Al llegar a Alicante y hacer el registro atracamos el barco. No tardamos mucho y en tan solo unas horas ya estábamos otra vez recorriendo los pantanales en busca de un bar donde tomar algo ligero, entendido lo de ligero como tal aunque en el fondo todos sabíamos que cenaríamos y beberíamos como si estuviéramos al borde del fin del mundo. Jesús se puso al frente y nos fue conduciendo hasta El Manolín. Estaba algo retirado pero mereció la pena. Cuando llegamos aún tuvimos que esperar más de media hora para que nos asignaran un tonel con una tabla encima metido en un rincón, junto a una de las ventanas. Mientras, tomamos unas cañas y luego otras y otras. Así hasta que una camarera muy profesional, llamada Nazaré, nos acomodó y se dedicó a nosotros en cuerpo y alma. Así nos lo hizo sentir y la cena transcurrió como había transcurrido el día: Bebiendo, charlando, comiendo y volviendo a beber, aunque el cansancio ya iba asomándose en los ánimos. A todos nos sobró la penúltima copa de vino pero ¿cómo dejarla? ¿y si no era la penúltima y perdemos la oportunidad de disfrutar del vértigo que te recorre todo el cuerpo cuando te acercas al abismo? Ese es el problema, que uno no sabe lo lejos o cerca que está el precipicio hasta que no llegas a él. 

Tranquilamente pagamos y salimos paseando de regreso al puerto. La noche era bastante agradable y las calles estaban llenas de gente. El ambiente era algo desbordante pero, a la vez, atractivo y aunque parezca una contradicción, relajante. Cuando llegamos nos servimos unas copas y no serían las dos todavía cuando ya estábamos todos durmiendo o, al menos, cada uno en su camarote. 

Yo me dormí rápido pero también me desperté pronto. A las cuatro estaba sentado en la cubierta bocetando un ligero relato para ese personaje protagonista de mis cuentos breves y que vive en una continua y plena autodestrucción. 

El silencio. ¡Cuánto necesito el silencio y cuánto lo he buscado! Lo busco con ansiedad, aunque algunas veces no sea consciente. Es necesario para mí y gasto gran parte del día en buscarlo.  Estoy seguro de que en el mar, tan solo acompañado por el clamor de las olas, podría encontrarlo, como si de un pacto se tratara. Incluso aunque rugiera y levantara olas envolventes. Incluso así, estoy seguro de que allí lo encontraría. Pero es una quietud que me llega de lejos. La miro con la distancia del cobarde que no quiere perder de vista esa línea del horizonte donde todo se aleja y es engullido por un silencio aún mayor. 

Tengo un trabajo de rutina marcado por la rutina que impone el tiempo. Una y otra vez. Una y otra vez. Hasta que las veces van dejando atrás momentos, miradas, personas que se fueron diluyendo, como si de un azucarillo se tratara. Entonces me he ido quedando solo, con un profundo sentimiento de abandono que hoy, pasados los años, agradezco como un hermoso regalo, a pesar de que entonces el sufrimiento fue agónico. 

Ahora vivo esos espacios buscando los rincones silenciosos a cada momento. Cuando mi trabajo me lo permite y no me han abandonado las fortalezas que mantienen alejada la ansiedad, cojo el coche y me acerco al puerto deportivo que hay a tan solo setenta kilómetros de mi casa. Siempre en la madrugada, cuando las luces aún no lo son y las brisas se mantienen serenas. Me siento en uno de los bancos del paseo que rodea los pantalanes. Entonces escucho el sonido del mar acompañado de la sinfonía de los obenques. Cierro los ojos y me abandono sabiendo que al fondo hay un horizonte recorrido por las olas que, una a una, van caminando hasta llegar a la playa. Y yo solo pienso en llegar, en llegar cuanto antes.  

Sobre las cinco y media, cuando ya había empezado a perderse la madrugada y las luces del día iban instalándose por todos los rincones, decidí echarme un rato. Solo un rato. Hasta las siete, cuando volví a despertarme, cogí una toalla y la bolsa de aseo y fui a darme una larga y soberana ducha. 

Hasta las nueve no hubo forma de encontrar ningún sitio abierto para tomar un café y poder desayunar en condiciones. Yo seguí los pasos de Jesús, que se pidió una cerveza y huevos revueltos con bacon. El primer trago es siempre el mejor y a esas horas tiene un precio inalcanzable, luego todo se normaliza y los placeres vuelven a sus niveles habituales. Los demás tomaron café y tostadas. Compramos pan para el viaje y nos preparamos para salir. La idea era poder llegar al puente de las 18:00 horas, así es que a las 10:00 salíamos del puerto de Alicante rumbo a La Manga del Mar Menor. 

El mar estaba algo rizado, sacamos las velas y nos ayudamos un poco con el motor. Navegamos alejados de la costa para no cruzar el rumbo con las almadrabas. La navegación fue suave y distendida. Pronto comenzamos a tomar unas cervezas acompañadas por el queso y el lomo exquisitamente cortado por Yeyo. Y junto a las cervezas y el almuerzo, la conversación que casi siempre rondó el espacio político. Curiosamente las ideologías eran cinco distintas y así, eran cinco posturas diferentes cada vez que salía un tema tuviera el contenido que tuviera. Tengo que decir que el discutidor más profesional me pareció que era Yeyo que, además de ser muy inteligente es un auténtico profesional de la discusión. Es capaz de iniciar un debate, cambiar de postura a mitad de la conversación, recomponerse, volver a estar de acuerdo consigo mismo y hacer que la discusión terminase en otras cuestiones distintas con las que había comenzado. Así se nos pasaron las horas, bebiendo, charlando, riendo y con alguna que otra siesta del borrego improvisada. 

Cuando llegaron las 14:00 horas decidimos comer. Paco comenzaba a encontrarse indispuesto y le estaban volviendo los mareos y la angustia. Decidió quedarse al margen. Rafa había traído un conejo frito con tomate que había preparado su novia Milagros junto a una ensalada murciana. Yeyo estaba dormido en su camarote y Paco fuera de juego. Jesús Rafa y yo nos daríamos un festín. Riquísimo, impresionantemente riquísimo. No hubo nada que nos interrumpiera aquel momento, tan solo la mirada de Paco, que andaba quebrada y perdida en sus mareos. Nos comimos el conejo, mojamos pan, bebimos cerveza y nos chupamos los dedos como corresponde, uno por uno y chasqueando los labios de placer. Luego recogimos y limpiamos, entonces le pedí a Rafa que me dejara el timón. 

Faltarían unas tres horas y media para llegar. Yeyo iba durmiendo y Paco estaba totalmente ausente. Entre Rafa Jesús y yo hubo espacios para la conversación y para el silencio. Un silencio compartido en el que, cada uno, trascurríamos ausentes por los caminos de nuestros pensamientos. 

—Orza un poco y aléjate de la costa, que así vamos directos a las almadrabas. —Rompió el silencio Rafa. Jesús levantó la cabeza. Yo orcé un poco y regresamos de nuevo al laberinto de nuestras reflexiones. 

Fueron tres horas de paz y tranquilidad. De reconstrucción. Mis pensamientos recorrieron años pasados. Anécdotas y rostros iban y venían con más o menos fortuna y al final una conclusión: No he de dejar pasar tanto tiempo sin navegar. 

Llevábamos viendo Isla Grosa desde hacía un buen rato, quizá desde el mismo momento en el que cogí el timón. Sobre las cinco y media ya estábamos en la bocana del puerto, preparados para cruzar el canal y entrar al Tomás Maestre, pero había que esperar a las 18:00 horas para que abrieran el puente. Poco a poco se fueron congregando otros barcos alrededor esperando también la hora. Entretanto recogimos las velas, dimos unas vueltas y cuando fue el momento y a motor, nos adentramos camino de nuestro punto de amarre, dejando atrás unos días en los que las agujas del tiempo circularon al compás de las olas del mar. 

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13
Jun
19

016, ejercicio fallido para mujeres

016c016, ejercicio fallido para mujeres, de Fulgencio M. Lax

Estrenada el 25/11/2014 con Blanca Moyà y Morgan Blasca. Laura Miralles sustituyó a Blanca en las últimas funciones. El espacio sonoro corrió a cargo de Alicia Bernal. Dirección de Fulgencio M. Lax

Editorial Tres Fronteras.

PALABRAS DEL AUTOR (Para la edición de Tres Fronteras)

Escribir un texto teatral supone una aventura emocional e ideológica que me va poniendo a prueba en cada momento del proceso creativo. Al empezar suelo tenerlo todo muy claro, incluso tengo previsto cómo van a sucederse los acontecimientos, algunas veces tengo definidos los tonos de los personajes, su gestualidad, su vestuario, incluso su forma de pensar. Todo está en su sitio hasta que todo comienza, entonces aparecen las dudas y el miedo, la incertidumbre y el desasosiego. Me invade una especial angustia que no desaparecerá hasta que llegue al punto y final. Hasta ese momento camino inmerso  en una dialéctica entre el caos y el orden. Me pierdo para volver a reencontrarme y volver a perderme en ese devenir imprevisto, que va marcando el universo dramático en el que sitúo a mis personajes.

0-1El texto, al final, se convierte en respuesta a una pregunta que va encadenando otras y otras en un continuo interrogante. ¿Por qué es necesario que escriba lo que voy a escribir? ¿Para quién es necesario? ¿Hasta dónde tiene que ver conmigo el proyecto en el que me embarco? ¿Es artificial o está construido desde dentro de mí? ¿Por qué me veo arrastrado a ese espacio? Y sobre todo y en términos absolutos ¿Por qué? La respuesta nunca la encuentro a priori, ni tan siquiera una vez terminado el proyecto, sino en el propio proceso van apareciendo pequeños retazos que van aliviando mis dudas y mis incertidumbres, pero sin resolverlos totalmente. Y al final aún sigue quedando la duda, pero ahora con un disfraz diferente, revestida de otros contenidos, de otros tiempos que me llevan al siguiente proyecto.

El universo de mi dramaturgia está estrechamente relacionado con lo que percibo a mi alrededor. Está intervenido ideológicamente sin esconder mi posición ante lo que me rodea y aunque no podría calificarse de social ni de político, sí que hay mucho de socio-política en cada una de mis obras. 

016, ejercicio fallido para mujeres es una obra cuyo tema central es la violencia de género.  El texto y el subtexto no dejan lugar a dudas: Violencia de género. Está escrita en escenas individuales enmarcadas en un mismo universo: La desestructuración de una pareja que un día vivió enamorada. Él se ha convertido en un hombre violento dentro de casa, pero encantador en la calle con los amigos. Ella es una mujer enamorada que lucha por tener momentos de felicidad junto a Él pero, poco a poco, sin saberlo y sin darse cuenta, se va viendo atrapada en una dependencia emocional caracterizada por su baja autoestima. Ella se convierte en ese personaje que lucha con todas sus fuerzas por el amor, mientras que Él la empuja con todas las suyas hacia un oscuro pozo de violencia y dolor.

016aEl texto muestra una violencia de género extrema, descarnada, sin esconderse detrás del lenguaje. Esta desnudez es la que hemos trasladado a la puesta en escena porque pensamos que es un tema que no admite cortinajes ni laberintos.  Los personajes sufren y luchan ante un público al que reclaman su comprensión. La mujer incluso su ayuda. Ella como víctima y Él como depredador construyen un universo de tensión en el que siempre pierde el eslabón más débil: La mujer. Es una obra violenta sobre la violencia.

Esta obra no se quedó únicamente en el hecho literario, sino que tuvo la fortuna de cumplir su objetivo sobre el escenario. Todo empezó con una conversación entre Morgan Blasco y yo, sentados alrededor de una cerveza y al pie del majestuoso pórtico barroco de la Catedral de Murcia. Yo asumí, en un acto inconsciente de valentía, la dirección escénica. Pronto se integraría Alicia Bernal, que puso luz y sonido a la función. Rápidamente buscamos al personaje femenino para cerrar el reparto. La fortuna puso a Blanca Moyá en nuestro camino y, al final del proyecto, cuando estábamos en las últimas funciones, apareció Laura Miralles para sustituir a Blanca, que vino a enriquecer la puesta en escena. Gracias a Al Vent Teatro y a Teatro de la pesambre se estrenó el 25 de noviembre de 2014 en el Centro Párraga de Murcia.

62246718_1283288885152868_8345464340547108864_nEsta misma obra también se estrenó en 2017 en Cartagena (Colombia) por el grupo Zambo Teatro, dirigida por J. Rogelio Franco, teniendo un gran éxito entre las comunidades indígenas, donde la violencia de género está a la orden del día.  En 2018 se se ha estrenado en el Teatro Calderón de Zacatecas (México) por Foro 10, bajo la dirección de Josín Ortega. Recientemente ha sido traducida al checo por Matouš Danzer. 

Cada vez somos más conscientes de que la relación entre las personas no puede estar caracterizada por la agresión. Hasta hace relativamente poco la violencia doméstica, como concepto, no existía a pesar de ser una realidad que nos ha ido acompañando generación tras generación. Desde hace unos años las mujeres han conjugado la interjección “basta” y a esta acción nos hemos sumado muchos hombres, pero no es suficiente. La imagen visible de la violencia de género son las muertes a las que los medios de comunicación dan visibilidad y contribuyen a sensibilizar a los espectadores, pero el día a día es tan grave como las muertes. La violencia verbal y la agresión sicológica van destruyendo a las personas de forma escalonada, hasta que ya no pueden hacer nada más que rendirse a un destino que, casi siempre, es fatal.

Proyectos como el teléfono 016 han contribuido a paliar y a dar salida y esperanza a las mujeres que acuden a él, pero no es suficiente. Esta obra está dedicada a esas mujeres que no llegan al 016 y a todas aquellas que no han sido comprendidas por la policía y ni por los jueces. Esta obra está dedicada a las que se quedaron y se quedan fuera de la protección del Estado. 

El deterioro social avanza demasiado rápido. Por eso el teatro, como uno de los mecanismos de expresión social más potentes, que ha ido llevando al hombre de la mano a lo largo de los tiempos, también ha de ser rápido y contundente en su respuesta, aunque sea desde la observación dialéctica de la Historia.

016, ejercicio fallido para mujeres, es solo teatro, la realidad es mucho más dura y más cruel que todo lo que sucede sobre el escenario. 

Fulgencio M. Lax

Murcia/2018

14
May
19

LEHMAN Trilogy. Balada para sexteto en tres actos.

Lehman_CARTEL_solo-titulo-DEF_peq-690x987LEHMAN Trilogy. Balada para sexteto en tres actos, de Stefano Massini

Barco Pirata

Versión y dirección Sergio Peris Mencheta

Teatro Circo de Murcia  12 de Mayo

“LEHMAN TRILOGY cuenta la historia de 3 generaciones de la familia Lehman desde su ascenso hasta su caída. Desde que Henry Lehman, hijo mayor de un comerciante judío de ganado, sale de Baviera en 1844 y llega a EEUU en busca del sueño americano y una vida mejor, hasta la caída de Lehman Brothers, unos de los mayores bancos de inversión en 2008, que desencadenó la peor crisis financiera en el mundo de la que aún sufrimos sus consecuencias.

Más de 120 personajes desfilan delante de nuestros ojos de la mano de 6 músicos actores en un fascinante y divertido viaje que narra, a través del humor y del relato, las diferentes etapas de la construcción y deriva del capitalismo moderno, en un tono mordaz e irónico con un aroma a la vez pedagógico y crítico, haciendo al público partícipe de los vaivenes de la economía.

LEHMAN TRILOGY recorre, a través de 150 años, la historia del capitalismo moderno reflexionando sobre el poder destructor del dinero y la deshumanización que han sufrido las instituciones económicas y políticas desbordadas por la loca carrera en busca del fácil beneficio.

 Ficha técnico-artística:

Dirigida por: Sergio Peris Mencheta

Reparto: Aitor Beltrán, Darío Paso, Litus, Pepe Lorente, Leo Rivera y  Ferrán González”

NOTAS PARA UN CAFÉ

Fulgencio M. Lax

Decía hace pocos días que el contexto cambió sustancialmente el eje dramatúrgico a la obra de Buero Vallejo cuando, a partir de 1975, se murió Franco y se le acabó el enemigo. Realmente lo que cambió fue el contexto porque la voz de Buero, a través de sus personajes, continuó reclamando libertad. Decía esto exponenciando a una generación de creadores que había luchado, denodadamente a través de su obra, contra el secuestro de la sociedad española durante los cuarenta años de dictadura. Y en esta línea de comentario me pregunto cuál sería hoy el enemigo que nos mantiene encarcelados de una forma que puede ser calificada, modernamente, de esclavitud, y contra el que hay que luchar.

La respuesta se puede encontrar con tan solo lanzar una mirada a nuestro alrededor, pero se nos diluye al no poder señalarlo directamente, pues va cambiando de forma a cada paso y, en cambio, siempre lo tenemos cerca, al lado nuestro, a veces tan cerca que lo podemos confundir con nosotros mismos. Obras como las de Michel Vinaver: King o Betancour Boulevard dejan entrar al teatro nombres propios responsables del sistema comercial al que se ve sometido el ciudadano contemporáneo. Y será en este mismo campo en el que la versión de Peris Mencheta de la obra de Stefano Massino sube el telón, desnudando y poniendo al descubierto la ambición de un sistema representado por la firma financiera de los hermanos  Lehman.

Estamos ante una obra de carácter histórico que recorre 164 años de la trayectoria de una familia que llegó a formar un imperio financiero y que, tras anunciar su quiebra el 15 de septiembre de 2008, se convirtió en el detonante de una de las crisis económicas más duras que ha sufrido EEUU y, consecuentemente, occidente, incluso peor que la de aquel viernes negro de 1929, según los analistas. Pero es un teatro cuya historia nos habla hoy, mostrándonos el camino que ha traído la forma de vivir en la que nos hemos visto obligados a instalarnos en las primeras décadas del siglo XXI. Es una obra que nos muestra el camino que hemos recorrido y pone al descubierto como el sistema, ese ente indefinido y tan determinante, nos atrapa una y otra vez. El remedio está en el hombre, pero también está en el hombre la grieta por la que se nos cuela lo más miserable del propio sistema.

El contraste entre lo lúdico y lo dramático va tejiendo la tela que desencadenará el momento trágico de la crisis de 2008. No es solo la crisis de Lehman Brothers sino que es la crisis de un modelo y puede ser proyectada en cada espectador como una crisis de conciencia. 

Unos comerciantes de algodón descubren que también pueden ser comerciantes de dinero. Comprar y vender dinero. Esto les abre la puerta a manejar los criterios de necesidades que determinan a una sociedad. Esta será la característica del poder que caracterizará a occidente a lo largo del siglo XX hasta llegar a la demoledora fecha del 15 de septiembre de 2008, cuando Lehman Brothers se declara en quiebra. Todo salta por los aires y ya nada volverá a ser como antes, pero el sistema, años después, vuelve a buscar la forma para recuperar la estabilidad, volviendo a poner el poder por encima de la convivencia y hoy, diez años después, volvemos a ver como empiezan a inflarse otra vez los sectores que nos llevaron al caos, como el inmobiliario y el sector financiero. Y esta es la llamada de atención de Lehman Trilogy.

El espectáculo cuenta con un extraordinario casting en el que destaca, sobre todo, la completa formación actoral y el alto nivel de expresión artística. Construyen a partir de lo vocal, lo musical, la expresión corporal y, en su conjunto, desde un magnífico trabajo de dirección actoral de la mano de Peris-Mencheta.

Los actores crean al personaje desde una mirada poliédrica de focalizaciones y lenguajes interpretativos, que van desde las intervenciones corales en las que podemos destacar las musicales, con los directos de violín, bajo, guitarra, armónica, banjo, batería o piano hasta al protagonismo textual de la representación.

El ritmo, resultado de una intensa orquestación de los elementos, no deja lugar a que el espectador se refugie en el reposo del transcurrir de la función. Tan solo en los dos entreactos se pueden dedicar unos minutos a la respiración fuera del escenario. 

Una escenografía polivalente de dos pisos, con suelo circular y móvil, ocupa el escenario, de tal forma que la visualidad del universo dramático no solo responde a la horizontalidad sino que se extiende también a un plano vertical. Este recorrido contribuye a la dinamicidad de la escena y ayuda al espectador a no desconectar del ritmo que impone la representación. Este ritmo se convierte en un importante elemento de significación pues supone un fiel reflejo de la velocidad que impone el consumismo y la producción: En unos pocos minutos, Henry Ford monta un coche, inventando así la cadena de montaje, base del consumismo atroz que se avecinaba y que Charles Chaplin reflejó perfectamente en Tiempos modernos en 1936.

Espectáculos así se alzan como muros de protección ante ese otro teatro que está muerto. Lehman Trilogy pertenece a ese teatro en el que nos reconocemos y que nos acompaña buscando las energías suficientes para no vernos arrastrados hacia aquello que nos diluye, como sociedad y como individuos, sin contemplación alguna.

18
Abr
19

¡BUENOS DÍAS! de Fulgencio M. Lax (fragmento)

20190418_080303¡BUENOS DÍAS!  (fragmento)

Fulgencio M. Lax  Abril/2019

Ya ha caído el sol y comienzan a disiparse las últimas horas del día. La belleza de los atardeceres marcan un cambio de ritmo en los relojes. Es el momento de tomar la primera benzodiacepina. Antes solía hacerlo con un poco de agua, ahora las trago sin más. Luego, más tarde, antes de dormir, tomaré otra con un poco de leche caliente. Solo 2 mg para dejar atrás el sopor diario. Es la única forma de poder aguantar el sueño hasta las cinco de la madrugada, que es la hora en la que se acaba el silencio y comienzan los ruidos que me van astillando por dentro hasta llegar a una nueva noche.

A veces adelanto el proceso con unas copas de vino o alguna cinta de ginebra o de vodka. Entonces me dejo llevar a ese espacio de abandono en el que nada es verdaderamente nada porque ni tan siquiera los sueños vienen a visitarme. Solo el silencio. 

(…)

Empieza el día y, como una larva kafkiana, siento que el espacio ha cambiado sus dimensiones y que mis extremidades no responden de la misma forma que siempre. Es solo uno minuto, hasta que de nuevo estoy de regreso y la consciencia va rellenando todos los huecos que el vacío del sueño ha dejado. Alargo la mano y cojo de la mesilla la dosis correspondiente de anfetaminas. Necesito el impulso que me sirva de resorte para poder iniciar la primera ceremonia de la jornada. Después, al medio día, tendré que volver a tomar otra dosis similar para soportar el tiempo que falta hasta que llegue la noche. Así comienza el día.

(…)

Índice de cuentos

02
Mar
19

Y LOS HUESOS HABLARON/Societat Doctor Alonso

33891888275_98819b05e0_h_Web_PortadaY LOS HUESOS HABLARON./  Societat Doctor Alonso

Centro Párraga (Murcia)   NUEVAS DRAMATURGIAS

Del programa de la compañía

‘Y los huesos hablaron’ parte del proceso de excavar antiguas fosas para encontrar los huesos de los desaparecidos, de los asesinados. El proceso de excavar entre las palabras es muy similar y lo que se busca es la verdad. El espectáculo llega para desenterrar y hacer visibles conflictos que han quedado escondidos por el discurso oficial a favor de una supuesta estabilidad política y social a lo largo de la historia. Un espectáculo que sí, habla de violencia y de desapariciones, pero especialmente, de aquellas violencias y desapariciones que, como parásitos invisibles, de generación en generación, anidan en nuestros cuerpos y se extienden por toda la sociedad”.
Es una propuesta escénica gestada en talleres y residencias en España y Méjico que nace del proceso de investigación de “El desenterrador”, una experiencia en la cual se investigaba la “corpología” de las palabras o, dicho de otra forma, la capacidad que tienen las palabras de generar un mundo ético, un sistema político y un orden social concreto.
Han sido galardonados recientemente con el l Premio FAD Sebastià Gasch D’Arts parateatrales 2018. Coproducción entre: Societat Doctor Alonso, Teatro de Babel (Méjico) y Grec 2016 Festival de Barcelona.

NOTAS PARA UN CAFÉ

Fulgencio M. Lax

A fecha de hoy no son suficientes las manifestaciones artísticas en relación con la memoria histórica. No podemos perder la memoria y el teatro es una herramienta de incuestionable valor para fijar en nuestra cultura los pasos que impidan el olvido. Y para recriminar al Estado y a los gobiernos de turno, el poco interés por la verdad, la generosidad y la justicia en relación con el golpe de Estado franquista y la posterior dictadura. 

“Y los huesos hablaron” es un extraordinario juego escénico donde el peso de la palabra y el espacio sonoro que ella misma crea, recorrido por un significado articulado en un discurso muy elaborado, hacen de esta pieza un trabajo muy interesante. 

La puesta en escena se esconde detrás del texto y el texto tapa, sobre todas las cosas, la interpretación, que se mueve entre el minimalismo y una fina línea fronteriza entre personaje y actor. 

La memoria histórica articula el argumento de esta pieza, invitando al espectador a una profunda reflexión provocada por el peso de los significados. Ni el tono, ni el verbo expresivo, ni la interpretación solapan a la palabra y a su significado, que apunta directamente a los más de cien mil desaparecidos que aún no han sido exhumados. 

El espectador se enfrenta a un trabajo extraño, a una dicción extraña, a unas miradas de los actores muy extrañas y, en cambio, llegan directamente al alma haciendo explotar el contenido desde el discurso pero también desde la ausencia de aparato escénico. 

Solo dos apreciaciones o matizaciones al respecto: Nos encontramos con interesantes aciertos discursivos  que se ven menospreciados al agotar la atención del espectador y generar un cansancio innecesario. El espectador no tiene el mismo umbral de atención la primera media hora que la última y, por ejemplo, la extensión de la escena en la que ordenan los huesos y la posterior percusión (extraordinarios los cinco últimos minutos) suponen una desconexión con el público que no hace justicia al interés que ha mostrado el espectáculo hasta ese momento. La segunda apreciación es la aparición del arqueólogo y las palabras explicativas sobre lo que consiste el trabajo con las fosas y los desaparecidos. Aquí me surge una pregunta: ¿Cómo es posible que un inciso que aparece como un añadido al espectáculo genere más interés que el espectáculo mismo? Finalmente añadiré que la última parte, esa que nos conduce mántricamente con el término “cutre”, está totalmente desconectada del resto de la pieza. 

No quiero cerrar estas palabras sin mencionar la belleza y la magnífica técnica de recitado del poema que hay en la penúltima escena, que dentro de ese minimalismo austero en la interpretación, supone una explosión de matices logrados al poner la significación en un primer plano, por encima de otros recursos expresivos. 

Un interesante trabajo desde la palabra que da forma a un espacio de significación y que crea un universo más allá de la representación actoral, allí donde habita la poesía. 

FICHA ARTÍSTICA: Autores Societat Doctor Alonso y Teatro de BabelDirección Sofía Asencio y Aurora Cano; Dramaturgia Tomàs Aragay y Camila Villegas; Creación e Interpretación Sofia Asencio, Nilo Gallego, Hipólito Patón, Ramon Giró y Lluc Baños; Invitado especial René Pacheco (Associació per la Recuperació de la Memòria Històrica); Escenografía Lluc Baños

14
Ene
19

Háblame, de Fulgencio M. Lax

HÁBLAME, de Fulgencio M. Lax

Sinopsis:háblame_cartel

«Una familia formada por una madre viuda (Isabel), una hijo desestructurado (Javier) y una abuela (Adela) que empieza a dar síntomas de confusión y olvido, propios de la vejez antes de emprender el último viaje. Este último aspecto provocará momentos de una triste comicidad. La abuela, sumida en una torpeza intelectual, se aferra a los recuerdos de su juventud e irán apareciendo personajes del pasado como su marido, su hermano, sus padres y todos viajarán por su memoria mostrando una especial generosidad y una emocionante ternura, que servirá de anclaje para que su nieto vaya despejando los fantasmas y demonios que generan en él actos de auténtica violencia. En medio de todos está Isabel, que lucha desde el desconcierto, desde el cansancio, pero también desde el amor para cuidar a su madre y rescatar a su hijo de la desestructuración que le invade. Al final será la ternura el lazo que hará que nuestros personajes encuentren el camino de la estabilidad y les permita alcanzar momentos felices.»

Personajes:

Adela.- Una anciana que empieza a entrar en el resbaladizo terreno de la demencia senil. Pasa las horas del día buscando en los retazos de la memoria aquellos momentos de su vida que le han llenado la mochila de bellas imágenes. En su imaginación irán visitándole los espíritus del pasado, que van reuniéndose alrededor suyo para acompañarla en el último tramo de su vida. 

Isabel.- Es la hija de Adela y la madre de Paloma. Viuda desde muy joven. Asesora fiscal en un despacho de abogados, aunque este dato es solo anecdótico. Se enfrenta sola a la educación de una adolescente que se asoma a la desestructuración y a la violencia. También tiene que atender al cuidado de su anciana madre.

Javier.- Un joven de veinte años caracterizado por la soledad. Las carencias afectivas y un exceso de protección, al crecer sin su padre, han originado una actitud bastante tirana, pero en realidad es solo una máscara que esconde una profunda soledad y un miedo atroz a ser abandonado. 

Estrenada  el 25 de noviembre de 2018 en el Teatro Zorrilla de Valladolid.

Dirección escénica Juan Pedro Campoy

Reparto: (por orden de intervención.)

ADELA MARÍA GARRALÓN.

JAVIER VICTOR PALMERO

ISABEL MARIOLA FUENTES.

Escenografía Alessio Meloni

Vestuario Rossy.

Diseño de iluminación Antonio Saura.

Distribución Dos Hermanas Catorce Sergio Bethancourt y Guillermo Delgado.

Producción ejecutiva Juan Pedro Campoy y Antonio Saura.

Dirección de producción Esperanza Clares

Una coproducción entre Alquibla Teatro y La Ruta Teatro.

 

OTROS TEXTOS TEATRALES DE FULGENCIO M. LAX (Enlace)

martinezlaxfulgencio@gmail.com
11
Dic
18

AUTÓMATA, de Fulgencio M. Lax (Homenaje a Edward Hopper)

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AUTÓMATA 

© Fulgencio M. Lax                                                                   Homenaje a Edward Hopper

Siempre a la misma hora y siempre una taza de café. Así se le pasaban las horas de la tarde, hipnotizada con ese fondo negro que llenaba su rostro de disimuladas lágrimas y una profunda tristeza. Desde la barra era imposible no fijarse en ella. Una mujer hermosa, no de una especial belleza pero sí de un sugerente atractivo. Delgada, no muy alta y con un suave maquillaje apenas perceptible, aparentaba una extrema fragilidad. Frente a ella, separada tan solo por una pequeña mesa, una silla vacía. El café siempre se lo tomaba frío porque se le iba el tiempo mirándolo y hundiéndose en aquel pozo que ella llevaba dentro. De vez en cuando dejaba escapar un suspiro que acompañaba con un leve tintineo de cucharilla removiendo el azucarillo. 

Venía todos los días desde hacía más de tres meses. A las cinco de la tarde, cuando sonaba la campanilla de aviso que hay en la puerta de entrada, siempre sabía que era ella. Tenía una forma especial de entrar que la delataba. Casi sin ruido, como deslizándose con sus pisadas por encima del suelo. Luego, dos horas después, con el mismo sigilo, se marchaba. No se quitaba el abrigo a pesar de que en el local hay calefacción. Ni tan siquiera un ligero gorro de lana de color crema que le cubría la cabeza por encima de las orejas. Daba la impresión de estar en un continuo tránsito, siempre a punto de marcharse. No falló ni una sola tarde y todos, todos los días, frente a su taza de café, sacaba un pequeño cuaderno, escribía unas notas y luego, después de mirarlas y releerlas hasta el infinito, arrancaba el papel, lo arrugaba y se lo guardaba en uno de los bolsillos. 

Al principio era solo alguien que venía a tomar un café pero, poco a poco, fue atrapando mi atención y se convirtió en alguien a quien esperaba ver entrar todos los días. Yo, desde la barra, la miraba y vigilaba mientras atendía a otros clientes. Sabía qué es lo que iba a hacer en todo momento porque lo había memorizado de tanto repetirlo. Casi podría detallar paso a paso cada una de las cosas que hacía como un ritual frente a una taza de café solo, sin leche ni otros aditivos. Ni siquiera unas pastas para cubrir el paso de la tarde en el que se va perdiendo la luz del sol. 

Dos horas después de haberse sentado; siempre que podía lo hacía en la misma mesa, de espaldas al ventanal que da a la plaza Mayor; pagaba dejando el dinero en el plato junto a la taza y, sin mirar a nadie y con el rumbo perdido, salía y se marchaba. Yo la seguía con la mirada hasta que desaparecía por completo en ese horizonte quebrado de calles y edificios. La veía alejarse a paso lento, dirigiendo su mirada a la punta de sus zapatos, como ese guerrero que camina derrotado en la batalla y que espera el inevitable golpe final. Así estuvo tres meses, hasta que un día dejó de venir. En su última visita recorrió el mismo camino y con los mismos pasos que todas las tardes anteriores excepto que esta vez, al marcharse, se acercó a la barra, pagó su café y me entregó un papel doblado con un nombre en el dorso: 

Para Juan 

-Por favor, -me dijo- es posible que venga alguien preguntando por mí. ¿Sería tan amable de entregarle esta nota?
-Claro, sin ningún problema -le contesté- ¿Cómo se llama usted?
-Olivia. Muchas gracias. 

Y se marchó sin decir nada más. Con cierta torpeza y titubeando, como si se le hubieran quedado unas palabras a punto de decir, se dio media vuelta y salió. Ya no regresó nunca. 

Han pasado cuatro meses y por aquí no ha venido nadie que se llame Juan y que pregunte por Olivia. La mesa que ella ocupaba casi siempre está vacía porque la gente quiere sentarse frente al enorme ventanal desde el que se puede ver, como un espectador privilegiado, la arquitectura románica de la plaza Mayor. Yo he guardado la nota todo este tiempo sin curiosearla, sin desdoblar el papel y leer lo que ella hubiera podido escribir. Pero cuatro meses me parece un tiempo prudencial como para que apareciera alguien reclamando una nota o preguntando por una tal Olivia que hacía tanto tiempo había dejado de venir. Así es que me dispuse a leerla. La desdoblé y estaba en blanco. No había escrito nada. Una nota dirigida a un tal Juan en la que no había escrito nada. O sí. He pensado mucho sobre esta cuestión y he llegado a la conclusión que fue ese silencio, esa ausencia, esa falta de palabras para encontrar un significado. No fueron suficientes las gramáticas, ni los diccionarios, ni las lingüísticas, ni las literaturas para encontrar la forma de escribir un mensaje. Solo el silencio. Nada más que el silencio en un papel en blanco. 

martinezlaxfulgencio@gmail.com

Otros cuentos de la serie Hopper:

Nighthawks; Lovise; Al otro lado de la calle; El ventanal del aula; Habitación de hotel;




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