15
Ene
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Es tiempo de releer a los clásicos, de Fulgencio M. Lax

Es tiempo de releer a los clásicos
Fulgencio M. Lax
Escuela Superior de Arte Dramático de Murcia
Dramaturgo.

                                                        Juzguemos a los muertos  con arreglo a los vivos (Azorín)

(Primer epígrafe del artículo publicado en Turín, José  y Antón, Fina eds. (2016): Es tiempo de… Edita Universitas  Miguel Hernández de Elche, Istanbul Gelisim Üniversitesi y Universidad de Valencia. Diego Marín editor. Murcia. Págs. 222-241)      

1.- Introducción

Los primeros años de este tercer milenio se caracterizan por los cambios tan profundos que se están materializando en el seno de nuestra sociedad y que tienen su origen en la segunda mitad del siglo XX.  La revolución que ha experimentado la comunicación se ha convertido en el eje impulsor de una amplia transformación en las relaciones sociales, laborales, económicas, culturales incluso amatorias, y aventura el nacimiento de un hombre nuevo capaz de ser protagonista de una continua renovación que, además, se produce a una velocidad trepidante.

Estamos en un tiempo de crisis, de cambio en los sistemas de relación y de reafirmación y, por consiguiente, también estamos en tiempo de regeneración de la forma en la que percibimos las tradiciones para poder mirar hacia el futuro entendiendo, con claridad y hasta donde sea posible, el presente.

Esta mirada renovada al entorno social también exige nuevas formas, nuevas maneras de abordar la realidad  que nos envuelve. Anton Chejov cerraba el siglo XIX pidiendo, en su obra La gaviota, un cambio importante porque el entorno se había envejecido de tal forma que ya no daba respuesta al hombre contemporáneo: <<Trepliov.- Hacen falta formas nuevas. Nuevas formas hacen falta; y si no se encuentran, mejor es nada.>> (Acto I) A pesar de la distancia de las palabras de Chejov, esta conciencia es una característica de nuestro tiempo y genera una evolución donde muchos de los cambios se diluyen en el propio proceso y son sustituidos por otros sin dar tiempo apenas a asimilar aquellos que ya desaparecen.

Somos hijos de la historia, dependientes del resultado de una suma de acontecimientos que constituyen el devenir, como un calendario colgado de la pared que nos va indicando los estadios del proceso evolutivo en el que estamos inmersos.  El ámbito del arte y de la cultura se muestran como espacios fundamentales de arraigo y proyección a la vez. En este aspecto juega un papel muy importante el protagonismo que los clásicos desempeñan en nuestro crecimiento. Con ellos nos preguntamos ¿Cómo impacta la tradición en esta nueva manera de presentarse el mundo que nos aborda y del que somos participantes activos y pasivos a la vez? Si entendemos que los clásicos son la estela más brillante que une el presente con el pasado y que viajan en el tiempo a través de nuestra tradición cultural, ¿de qué forma nos hacen reconocible el lugar que ocupamos en la historia? Saint-Beuve (2013, p. 35), al finalizar su ensayo ¿Qué es un clásico?,  responde buscando la mirada crítica y amable del hombre con su entorno:

En suma, bien sea Horacio o algún otro, cualquiera que sea el autor que prefiramos y que refleje nuestros propios pensamientos en toda su riqueza y madurez, reclamaremos a alguno de esos buenos y antiguos espíritus una conversación inacabable, una amistad que no decepcione, que jamás nos falle; y esa impresión habitual de serenidad y de amenidad que nos reconcilia, y que tanto necesitamos, con la humanidad y con nosotros mismos.

Italo Calvino (2013, p. 46) se expresa en la misma dirección, buscando los espacios de conocimiento que nos ayuden a reconocernos en una época determinada: <<los clásicos sirven para entender quiénes somos y adonde hemos llegado.>>

Pero la palabra “clásico” tiene un espectro mucho más amplio, donde influyen distintos significados que se actualizan en virtud de los diferentes contextos en los que suele utilizarse. Ya sea como autor modelo, véase Virgilio, Dante, Cervantes,  Shakespeare, Goya, Beethoven, Picasso, etc; bien exponiendo solamente las obras; bien como referencia a las culturas griega y latina; bien haciendo referencia a connotaciones de carácter negativo como algo caduco y pasado; o bien destacando aquellas obras que conservan aún su actualidad dinámica después de haber mantenido una tensión dialéctica con la historia. Aquellas que hoy, como resultado acumulativo de lecturas, hablan del hombre en el proceso de construcción del mundo de hoy. Aquellas que la historia no ha relegado al espacio mostrativo y documental de uno o varios periodos y mantienen vivo el discurso renovador.

15
Nov
16

La clase muerta, de Tadeusz Cantor (Murcia/1984). Semblanza de un recuerdo.

kantorLa clase muerta, de Tadeusz Kantor. (1984) Semblanza de un recuerdo

Fulgencio M. Lax

Pequeños retazos de la memoria

Desde hace muchos años tengo la costumbre de escribir sobre casi todo lo que veo y todo lo que leo. Son pequeñas notas en las que recojo ligeras impresiones para dejar fijado en el tiempo unas sensaciones que sólo sería capaz de recuperar o de reconocer haciendo uso de la memoria.

En 1984 la compañía polaca Cricot 2 dirigida por Tadeusz Kantor, representó en Murcia La clase muerta sobre las tablas del teatro Romea. Inmediatamente me di cuenta del privilegio que suponía el haber asistido a ese espectáculo. De aquel año no he encontrado muchas notas manuscritas en aquellas libretas de anillas que utilizaba. Todo me aparece de una forma muy desordenada pero entonces, tal y cómo lo recuerdo, me parecía que lo tenía perfectamente clasificado y preparado para identificar los documentos al instante. El tiempo me ha desmentido por completo.

Ahora, 34 años después de 1984, me es imposible localizar aquellas notas que había escrito en una cafetería que estaba junto a lo que era la Casa de la Cultura y que hoy es el Museo Arqueológico. Allí, mientras esperaba a una amiga, recuerdo haber tomado unos apuntes sobre la impresión que me produjo La clase muerta. No he encontrado esas notas, ni las que seguramente también tomé de Wielopole, Wielopole, que pude ver en el Mercado de las flores, en Barcelona, unos años después (como otras tantas que se habrán perdido entre carpetas llenas de papeles), pero sí que he encontrado algunas anotaciones que me parecen curiosas y que aquí recojo.

1989, La loca de Chaillot, de Guiraldoux, con Amparo Rivelles. En un lateral anotaba: “El color no existe en la memoria. Imprescindible no perder de vista a Kantor. Revisar notas”. Junto a unas anotaciones sobre El poder de la mandrágora, de Peter Shaffer, también del 89 e interpretada por Amparo Baró, escribí: “Estoy cansado de personajes que no existen en ningún sitio, ni en la realidad ni en la ficción. La memoria es el único refugio donde podemos escondernos. Vamos y venimos cada vez más cargados hasta que dejamos que el tiempo nos convierta en memoria. Kantor lo explica muy bien en La CM”. En 1990, cuando fallece Tadeusz Kantor, anoté lo siguiente: “Brecht, Beckett y Kantor, y podremos entender el siglo XX de Occidente”. Y entre paréntesis escribía (Y Chejov y Cervantes y Cervantes y Cervantes.) Luego ya sólo encuentro apuntes para mis clases y poco más, hasta que reaparece con fuerza en mi dramaturgia, sobre todo en las obras que pertenecen al Ciclo de la muerte (La canción de los hombres muertos, El campo de los silencios, La flor de los pétalos marchitos y Los que van a ninguna parte y, fuera del ciclo Piedras). La madre y los gemelos en La canción de los hombres muertos no dejan lugar a dudas de su origen. No es que hubiera desaparecido a lo largo de los años desde aquel 1983, pero el poder de la palabra y del universo beckettiano ha sido protagonista de gran parte de mis textos.

Hasta aquí la semblanza de anotaciones sueltas. Ahora voy a intentar reconstruir algunos aspectos que sí tengo claro que me impactaron cuando vi representada La clase muerta y lo que significó para mí ese espectáculo.

Recuerdo que lo vi en la platea del teatro Romea de Murcia. No dejo de escuchar a otros que también lo vieron en esa función, decir que asistió muy poca gente pero, si yo lo vi desde la platea sería porque el patio de butacas estaría lleno. Bueno, esto es sólo un dato menor.

Tengo que comenzar diciendo que a esa función me iba a acompañar una amiga y que desistió a última hora porque “cómo iba a ir ella a ver una obra en polaco si no hablaba polaco”. Reconozco que me senté en la butaca con ese recelo, pero pronto desapareció esa inquietud. La fuerza plástica me atrapó de inmediato: A la derecha había unas tablas en el suelo sobre las que se instalaban unos viejos pupitres. A la izquierda había una especie de atril. Hay que decir que el escenario del teatro Romea es uno de los más grandes de España y, si bien tiene todos los recursos para hacer un aforamiento perfecto, no todos los espectáculos admiten ser aforados en un espacio tan grande. Esto lo digo porque en otros vídeos y fotos que he visto del espectáculo los pupitres están más al centro. Luego supe que no se concibió como un espectáculo a la italiana y que una de las características más destacadas era la cercanía del público y como consecuencia los actores se encontraban siempre en un primer plano de representación.

Rápidamente el problema de la lengua dejó de ser un problema para desaparecer por completo de mi atención. El contraste de la edad de los personajes y de los actores y su caracterización me llevó de la mano hasta Beckett. Los movimientos quebrados y redundantes sin un aparente objetivo dramático; la música que marcaba el ritmo de la escena casi a modo operístico; aquellos personajes que eran muñecos de carne y hueso -Ese extraordinario universo de la marioneta; la presencia del director sobre el escenario marcando y haciendo indicaciones a los propios actores, a los que sacaba del personaje para ser actores y ser devueltos nuevamente al universo dramático. Aquel final del personaje cayendo con la bandera y que Kantor hizo repetir varias veces hasta que quedó satisfecho. La ilusión se rompía a cada momento por lo que era imposible abandonarse a la trama de los acontecimientos de la ficción y uno estaba obligado a estar alerta todo el tiempo. Aquello era muy extraño, al menos para mí cuya experiencia teatral era muy corta y estaba instalado en lo correcto y en lo previsible. Pero todo esto son recuerdos puntuales intoxicados, seguramente, por la teoría y mis estudios posteriores.

Voy a saltar a las sensaciones. Lo que recuerdo como una nebulosa y como algo verdaderamente singular es que aquello me pareció muy extraño y esa extrañeza fue la que me envolvió. De entre todo aquello tan misterioso y singular quiero destacar el color que se instaló en mi memoria. El blanco y negro y la extensa gama de grises que recorría el espectáculo. Desde el vestuario y la caracterización hasta el gris de esas maderas envejecidas. ¿De qué color es la memoria? ¿Y el olvido? ¿Y la muerte? Mirando hacia atrás en mi dramaturgia veo que la respuesta a estas preguntas, que se formaron aquella noche, es algo que he ido buscando en cada uno de los rincones de mis textos.

Ya entonces no me podía sustraer a la historia social que rodea a los fenómenos artísticos. Vi a unos personajes luchando contra el olvido pero desde el dolor terrorífico de la muerte ¡Pero es que son polacos! ¿Y qué ha pasado en Polonia, en la infancia de Kantor, en su juventud, en su madurez? Con el tiempo fui poniendo significado y objetividad a la explosión de sensaciones que experimenté esa noche y que no se repitieron cuando años después vi Wielopole, Wielopole en Barcelona. Allí no me cogió por sorpresa, sabía lo que iba a ver y, aunque mi fascinación por Kantor salió reforzada, fue una experiencia más intelectual que emocional.

Hasta ese momento en el que vi La clase muerta yo había escrito sólo una obra de teatro titulada El pentagrama de las lágrima y que no había leído nadie (También había escrito numerosos poemas, pero eso no cuenta en este momento.) No sólo la guardé en un cajón y la silencié para siempre (En el año 2000 –creo- quemé muchos de estos textos a modo de liberación, junto con poemas de una dolorosa y común adolescencia), sino que no volví a acercarme a la escritura teatral hasta algunos años después y sólo cuando tuve clara la solidez de lo que quería escribir, otra cosa es que los demás lo vieran así. Detrás de aquel Oliverio, un héroe cruzando el parque, primer texto del Ciclo del desierto, con el que arranca este periodo, está Samuel Beckett y, al menos en mi conciencia, Kantor.

Hoy podría hablar de lo que ha supuesto Kantor en mi trabajo artístico, pero mejor que yo hablan mis obras y es a través de ellas desde donde se puede vislumbrar la presencia de todos los que me acompañan en este viaje.

Murcia, 6 de noviembre de 2016

04
Nov
16

Historiedad.com

HISTORIEDAD.COM 

Fulgencio M. Lax

Martínez Lax, Fulgencio (2013). Historiedad. com, en Revista Primer acto, nro. 344, Madrid. Págs. 34 y 35.

Los tiempos para un artista siempre son difíciles. Pero lo son aún más cuando, como observador, el autor toma conciencia de los acontecimientos que ocurren a su alrededor y se establece un vínculo directo entre la obra y la realidad, sin filtros estéticos entre lo personal ideológico y el entorno social.

Hoy, está cobrando un especial protagonismo el hombre depredador frente al hombre como ser social. Los límites en los que los gobiernos y los poderes financieros han colocado al individuo rebasan todas las fronteras de la dignidad.

Mirando hacia atrás y realizando un ejercicio crítico sobre mi producción dramática, observo que siempre he escrito desde la dificultad, porque los impulsos han venido de la contrariedad y de la perplejidad que me produce ver, en directo, como una sociedad se ve afectada por un intenso proceso de destrucción. Como observador e intérprete a la vez, intento focalizar el mundo en mi universo dramático. Pero también soy consciente de mi papel como testigo privilegiado de los acontecimientos que me ha tocado vivir en cualquiera de sus facetas, incluso en la forma en la que percibo la realidad y su relación con la Historia.

Teniendo en cuenta que cada época tiene su verdad, en mi obra intento acercarme todo lo que puedo a la de hoy, a la más inmediata, a la generacional. Aquí es donde surge el conflicto al que me veo sometido, pues no logro vislumbrar una verdad que sustente unos principios claros de libertad y de justicia, y tan sólo asoman aquellos caminos que convierten al hombre en un esclavo contemporáneo. Esta es una línea que recorre, transversalmente, mi trabajo dramatúrgico.

Todo esto me lleva a buscar espacios y construir significados propios en el hombre, más allá de aquellos que proponen los poderes establecidos –cada vez más ocultos-, que presionan para convertirnos en una sociedad sometida.

Hasta finalizar el CICLO DEL TEATRO DE LA MUERTE (La canción de los hombres muertos, El campo de los silencios, La flor de los pétalos marchitos y Los que no van a ninguna parte) mis personajes se han caracterizado por haberse rendido al destino y estar atrapados en un bucle espacio-temporal en el que destaca el miedo, la incertidumbre, el vértigo y la desubicación. Son personajes desvalidos, indefensos, a merced de un mundo que no son capaces de identificar, con una clara influencia del existencialismo beckettiano. Pero el profundo y terrible cambio al que se está sometiendo a nuestra sociedad también ha marcado un cambio en mi dramaturgia. Un cambio que añade una dificultad más o intensifica otra ya existente: No dar la espalda a la realidad y a su relación dialéctica con la Historia. A partir de los últimos textos del ciclo de LA VIOLENCIA (016, ejercicio fallido para mujeres y Ciudadano, conferencia de un teatro documental) o los correspondientes al ciclo MEMORIA DE UN FUSILAMIENTO (La noche más larga, Al paso alegre de la paz y Por la patria) mis personajes, sin entrar en cuestiones argumentales, empiezan a convertirse en protagonistas de su destino, porque tienen conciencia de la realidad en la que viven y toman decisiones que afectan a su futuro. Establecen una relación directa con los hechos, con la realidad, con la Historia y con las consecuencias de su actuación. No son sujetos pasivos en los acontecimientos. Lo peor de todo es que, el elemento común entre unos y otros, es que siguen siendo víctimas. Los primeros son personajes rendidos, los segundos se mueven en un universo dramático de lucha. Y eso es lo que veo cuando me asomo a mi ventana y miro al mundo: Ciudadanos que pelean por no ser sometidos a un estado de esclavitud, por recuperar una dignidad y una justicia que se va perdiendo a una velocidad de vértigo, si es que alguna vez la hemos tenido y no ha sido un espejismo. La actualidad, el acontecimiento y la realidad e inmediatez del mismo cobran un especial protagonismo en estos trabajos. En 016, ejercicio fallido para mujeres, el universo de los personajes es la violencia de género, uno de los problemas más acuciantes que ataca un principio básico de la convivencia: El respeto. Pero además, es una relación donde destaca la humillación y el sometimiento de una de las partes a la otra. En Ciudadano, los personajes también se mueven en el ámbito de la violencia, pero esta vez la que ejerce legalmente el Estado a la hora de reprimir la expresión pública de protesta de los ciudadanos, de tal manera que se produce una paradoja: Los agresores están amparados por la ley y las víctimas son sujetos que se sitúan en la ilegalidad. Las obras que se incluyen en el ciclo Memoria de un fusilamiento son el comienzo de una línea dramatúrgica que proyectaré hacia el futuro y que tiene que ver con la Memoria histórica. Cuando se produjeron los últimos fusilamientos franquistas, unos meses antes de la muerte del dictador, yo tenía 14 años. He intentado actualizar aquellas sensaciones, cuando toda España se vio convulsionada por aquel final tan desolador. Este trabajo es un granito pequeño que se suma a la recuperación de la memoria reciente de un país que tiene grandes lagunas. Es la expresión personal de mi compromiso artístico y moral con una población que fue invadida, humillada y sometida a procesos de exterminio. No caer en el olvido para una sociedad, que tiene nombres y apellidos, es un acto de justicia. Y sobre esa transparencia histórica es donde quiero construir mi futuro y también es hacia donde apuntan mis nuevos proyectos dramatúrgicos.

El deterioro social avanza demasiado rápido. Por eso el teatro, como uno de los mecanismos de expresión social más potentes, que ha ido llevando al hombre de la mano a lo largo de los tiempos, también ha de ser rápido y contundente en su respuesta, aunque sea desde la observación dialéctica de la Historia.

30
Oct
16

EL VENDEDOR, de Fulgencio M. Lax. Anotaciones generales

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EL VENDEDOR, de Fulgencio M. Lax. Anotaciones generales.

Compañía: Trama teatro.

Dirección: Pepa Castillo.

Codirección: Emilio Manzano.

Intérpretes: Laura Miralles, Pedro Santomera y Javi Mula.

Estreno: 09/11/2016. Teatro Romea de Murcia

Esta obra, junto con El puesto, que se estrenó en el año 2003, se escribe con la guerra de los Balcanes de fondo, cuando se desmembró la antigua Yugoslavia. En ambas obras la perplejidad y la incertidumbre caracterizan a unos personajes que no se reconocen a sí mismos, ni tan siquiera el espacio y el tiempo que ocupan ahora, a pesar de haberlo estado  ocupándolo a lo largo de su vida.

            En El vendedor nos vamos a encontrar a una familia, núcleo de sostenibilidad de una comunidad, totalmente destrozada pero intentando mantener un orden en medio de ruinas y escombros. En su casa, de forma fortuita e inexplicable, aparece un vendedor de seguros, al que le cambiaron las calles y los horarios sin que él se diera cuenta. El cabeza de familia es un funcionario que trabaja como francotirador para el Estado. La mujer es una neurocirujana con el síndrome de parkinson que ya no ejerce, fuma opio y colabora en las tareas administrativas al servicio de su marido.

            La presencia de francotiradores servios llevó a nombrar una calle en Sarajevo como la Avenida de los Francotiradores. Una terrible circunstancia que venía a sumarse a los desastres del conflicto y que paralizaba aún más la vida en las calles, llenándolas de cadáveres y de miedo. Y todo con la incapacidad de unas instituciones nacionales e internacionales que asistían, impasibles en algunos casos, a la aniquilación sistemática de la población.

            Todo ello en el marco de una estética del absurdo deudora, sobre todo, de esa ruptura semántica que nos propone Samuel Beckett y que abre el camino a la comedia amarga. Ni tragedia ni comedia, ni llanto ni risa sino una fina línea donde el personaje sobrevive en un aparente y divertido discurso, dejando asomar al fondo la sonrisa ensangrentada  de un terrible destino.

            La ficción dramática nunca alcanzará a representar en su totalidad lo espantoso de la realidad de un conflicto bélico, pero sí he querido expresar el miedo, el desconcierto y el desconsuelo infinito que generan estos horribles acontecimientos en la población. Al respecto soy consciente de que escribo desde la tranquilidad de mi escritorio, desde el bienestar de mi familia y desde la paz de la ciudad en la que vivo. Pero también desde un alma rota que no puede entender ni aceptar la razón de estas sinrazones.

            Con El puesto abordaba esta guerra desde el conflicto civil. Con El vendedor he intentado acercarme a la impasibilidad de los estados que arremeten contra sus ciudadanos y que caracterizó a este conflicto bélico. Me falta una tercera y terrible parte: La limpieza étnica.  Reconozco que he sido incapaz hasta hoy de recorrer ese camino. Un inmenso sentimiento de piedad y  compasión me invaden cada vez que me acerco a ese espacio y me dejan destrozado. También siento vergüenza. Aún no ha pasado suficiente tiempo y espero poder abordar este tercer aspecto algún día.

10
Oct
16

Edward hopper (pequeño homenaje)

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Fulgencio M. Lax (Pequeño homenaje a Edward Hopper que contempla 3 piezas más)

 

Apenas falta media hora para que Jules cierre el local y a mí aún me queda una larga noche antes de regresar a casa. Afortunadamente no me espera nadie por lo que a mi llegada, sea la hora que sea y llegue en las condiciones que llegue, no tendré que mantener ninguna conversación. Tan sólo una cama sin hacer, una cocina sencilla y unos cuantos muebles para rellenar el espacio. Es un pequeño apartamento de alquiler que está en los límites del extrarradio de la ciudad. Allí donde el urbanismo empieza a dejar de ser de ladrillo para convertirse en chapa de uralita.

Termino el día y lo comienzo en la misma madrugada. Luego ya tendré tiempo de dormir unas horas para poder repetir el encuentro con las primeras luces de la mañana. Es un espacio temporal donde el silencio y la soledad se dan la mano. Donde todo termina en el mismo momento en el que vuelve a comenzar. Son instantes de incertidumbre antes de que el día se vaya llenando de ruidos imperceptibles y se pierdan todos los aromas.

Hace ya un rato que el bar se ha quedado vacío y se ha llenado de una especial quietud. Algo parecido a la cámara lenta. No obstante, a lo largo de estos años, he aprendido a aislarme cuando el bullicio en el bar es excesivo. Sé muy bien que en unas horas el público irá desapareciendo y yo podré disfrutar del silencio sin hacer demasiado esfuerzo. Siempre es así, es una cuestión de paciencia.

Aquella noche, sobre las tres de la madrugada, ya sólo quedaba una pareja, Jules y yo. Era una pareja extraña. Ella estaba tomando un refresco de cola tras otro y él atiborrándose a café. Los dos no dejaban de fumar, también un cigarrillo tras otro. A Jules no le importaba porque ya era el final del día y prácticamente podría  decirse que el bar estaba cerrado. El tiempo que estuvieron allí no cruzaron ni una palabra y creo que tampoco llegaron a mirarse ni una sola vez. Bien podrían haber sido unos desconocidos que han coincidido en el rincón de la barra del primer bar que han encontrado abierto, pero entre ellos había algo más que todo eso, aunque las señales fueran imperceptibles. Ella, en un determinado momento, le cepilló con la mano la hombrera izquierda de la chaqueta. Él ni se inmutó y ella dejó de prestarle atención. En silencio volvió a sumergirse en su tercer o cuarto refresco. Hubo un momento en el que el único sonido que se podía escuchar en el bar era el tintineo de los vasos entrando y saliendo del lavavajillas. Jules estaba terminando de prepararlo todo para el día siguiente y cuando acabara sería el momento de marcharse. Las tazas del café estaban ya perfectamente ordenadas; los vasos de cerveza formaban como una legión romana en los estantes; en la parte más alta ya había ordenado las copas de los helados; los platos, de diferentes tamaños, estaban todos en el mismo lugar. La jornada estaba terminando y pronto llegaría la hora de marcharse.

La extraña pareja no tardó en recoger. Pagaron su cuenta y ella se cogió fuertemente del brazo de él y, como enamorados de verdad, salieron, cruzaron la enorme cristalera que recorría toda la fachada del bar y desaparecieron.

Ojalá pudiera quedarme un par de horas más para no tener que buscar otro sitio en el que esperar a que llegue la madrugada, pero Jules ha de cerrar y regresar con su familia. Nos conocemos desde hace más de diez años y no sé muy bien qué tipo de familia tiene, si es que tiene alguna, aunque él tampoco sabe mucho de mí a pesar de que hemos pasado horas hablando de nosotros mismos. Es la habilidad del camarero y Jules es un gran profesional. A sus espaldas hay una foto con una mujer y un niño. Cuando le he preguntado si esa es su esposa y su hijo me ha contestado que es una foto que estaba en el bar cuando él lo alquiló y que le pareció bien dejarla en el mismo sitio que estaba. Eso es todo lo que sé de la vida de Jules fuera de la barra y de las cristaleras que rodean al bar. No en vano se le conoce como la pecera nocturna, aunque a Jules no le hace mucha gracia ese nombre.

Hasta llegar a mi casa hay una hora andando, así es que calculo que si me marcho a las tres y media puedo llegar sobre las cinco y media, haciendo una parada en el Paradise, que cierra más o menos a esa hora y seguro que me sirven una copa antes de recogerlo todo. Para entonces ya habrá comenzado a clarear el azul de la mañana. Una ducha, un café y al trabajo. Unas horas de rutina cinco días a la semana durante todo el año para poder pagar las deudas y la supervivencia ocupan la mitad de la jornada. Luego, después del almuerzo, comienzo a presentar el semblante de un cadáver sonámbulo que necesita darle un mordisco al sueño para recuperar el color de la sangre circulando por el cuerpo. Así, día tras día, sin tregua, caminando hasta el final del calendario.

05
Oct
16

VIOLENCIA DE GÉNERO/Teatro

La violencia que sufre la mujer en el ámbito familiar está cada vez más extendida y se muestra con una descontrolada virulencia. El texto teatral 016, ejercicio fallido para mujeres, trata esta cuestión de una forma directa y descarnada. Si quieres recibir el texto de forma gratuita, escribe solicitándolo a teatrodelapesambre@gmail.com (En las fotos Blanca Moyá y Morgan Blasco)

14
Ago
16

VIOLENCIA DE GÉNERO y TEATRO

016, ejercicio fallido para mujeres es un texto teatral. Es sólo teatro, pero también es una ventana a ese terrible universo que viven día tras día las mujeres agredidas por sus parejas. De la CONSEJERÍA DE FAMILIA E IGUALDAD DE OPORTUNIDADES de la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia me dicen que ellos no pueden apoyar un proyecto así porque el título habla de que el 016 es un ejercicio fallido, algo negativo y que no es políticamente correcto. Incluso me apuntan que si estuviera dispuesto a cambiar el título quizá ellos estarían dispuestos a… Esto ya me lo plantearon en su estreno en el 2014 y lo vuelven a plantear ahora nuevamente. Ante tan peregrino argumento me surgen inmediatamente las mismas preguntas que me llevaron a escribir este texto:

  • ¿Qué está ocurriendo para que el número de mujeres asesinadas por sus parejas no baje de unos niveles tan preocupantes?

  • ¿Qué pasa con esas mujeres que denuncian y luego la justicia no les da la protección necesaria para conservar su vida o su integridad física o su honestidad o todo junto?

  • ¿Qué pasa con esas mujeres que asisten a la policía y la atención no es equivalente a la tragedia que están viviendo?

  • ¿Qué pasa con esas mujeres que guardan silencio a causa del miedo y de la falta de autoestima?

  • Etc.

  • Etc.

Es obligación del Estado proteger a sus ciudadanos. El correcto funcionamiento de las acciones de protección no es ni más ni menos que el cumplimiento de una de las funciones de las instituciones estatales dedicadas a tal efecto. El teléfono 016 es uno de los grandes aciertos para combatir la violencia de género. No me cabe la menor duda de que es un extraordinario instrumento a favor de la lucha contra este tipo de violencia. El problema está en que hay un altísimo porcentaje de mujeres que no accede a esa protección y cuando lo hace es insuficiente. A esas víctimas se refiere el texto porque son ventanas sin cerrar por las que se cuela un aire viciado de miedos y sufrimiento. 

Fulgencio M. Lax