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Es tiempo de releer a los clásicos, de Fulgencio M. Lax

Es tiempo de releer a los clásicos
Fulgencio M. Lax
Escuela Superior de Arte Dramático de Murcia
Dramaturgo.

                                                        Juzguemos a los muertos  con arreglo a los vivos (Azorín)

(Primer epígrafe del artículo publicado en Turín, José  y Antón, Fina eds. (2016): Es tiempo de… Edita Universitas  Miguel Hernández de Elche, Istanbul Gelisim Üniversitesi y Universidad de Valencia. Diego Marín editor. Murcia. Págs. 222-241)      

1.- Introducción

Los primeros años de este tercer milenio se caracterizan por los cambios tan profundos que se están materializando en el seno de nuestra sociedad y que tienen su origen en la segunda mitad del siglo XX.  La revolución que ha experimentado la comunicación se ha convertido en el eje impulsor de una amplia transformación en las relaciones sociales, laborales, económicas, culturales incluso amatorias, y aventura el nacimiento de un hombre nuevo capaz de ser protagonista de una continua renovación que, además, se produce a una velocidad trepidante.

Estamos en un tiempo de crisis, de cambio en los sistemas de relación y de reafirmación y, por consiguiente, también estamos en tiempo de regeneración de la forma en la que percibimos las tradiciones para poder mirar hacia el futuro entendiendo, con claridad y hasta donde sea posible, el presente.

Esta mirada renovada al entorno social también exige nuevas formas, nuevas maneras de abordar la realidad  que nos envuelve. Anton Chejov cerraba el siglo XIX pidiendo, en su obra La gaviota, un cambio importante porque el entorno se había envejecido de tal forma que ya no daba respuesta al hombre contemporáneo: <<Trepliov.- Hacen falta formas nuevas. Nuevas formas hacen falta; y si no se encuentran, mejor es nada.>> (Acto I) A pesar de la distancia de las palabras de Chejov, esta conciencia es una característica de nuestro tiempo y genera una evolución donde muchos de los cambios se diluyen en el propio proceso y son sustituidos por otros sin dar tiempo apenas a asimilar aquellos que ya desaparecen.

Somos hijos de la historia, dependientes del resultado de una suma de acontecimientos que constituyen el devenir, como un calendario colgado de la pared que nos va indicando los estadios del proceso evolutivo en el que estamos inmersos.  El ámbito del arte y de la cultura se muestran como espacios fundamentales de arraigo y proyección a la vez. En este aspecto juega un papel muy importante el protagonismo que los clásicos desempeñan en nuestro crecimiento. Con ellos nos preguntamos ¿Cómo impacta la tradición en esta nueva manera de presentarse el mundo que nos aborda y del que somos participantes activos y pasivos a la vez? Si entendemos que los clásicos son la estela más brillante que une el presente con el pasado y que viajan en el tiempo a través de nuestra tradición cultural, ¿de qué forma nos hacen reconocible el lugar que ocupamos en la historia? Saint-Beuve (2013, p. 35), al finalizar su ensayo ¿Qué es un clásico?,  responde buscando la mirada crítica y amable del hombre con su entorno:

En suma, bien sea Horacio o algún otro, cualquiera que sea el autor que prefiramos y que refleje nuestros propios pensamientos en toda su riqueza y madurez, reclamaremos a alguno de esos buenos y antiguos espíritus una conversación inacabable, una amistad que no decepcione, que jamás nos falle; y esa impresión habitual de serenidad y de amenidad que nos reconcilia, y que tanto necesitamos, con la humanidad y con nosotros mismos.

Italo Calvino (2013, p. 46) se expresa en la misma dirección, buscando los espacios de conocimiento que nos ayuden a reconocernos en una época determinada: <<los clásicos sirven para entender quiénes somos y adonde hemos llegado.>>

Pero la palabra “clásico” tiene un espectro mucho más amplio, donde influyen distintos significados que se actualizan en virtud de los diferentes contextos en los que suele utilizarse. Ya sea como autor modelo, véase Virgilio, Dante, Cervantes,  Shakespeare, Goya, Beethoven, Picasso, etc; bien exponiendo solamente las obras; bien como referencia a las culturas griega y latina; bien haciendo referencia a connotaciones de carácter negativo como algo caduco y pasado; o bien destacando aquellas obras que conservan aún su actualidad dinámica después de haber mantenido una tensión dialéctica con la historia. Aquellas que hoy, como resultado acumulativo de lecturas, hablan del hombre en el proceso de construcción del mundo de hoy. Aquellas que la historia no ha relegado al espacio mostrativo y documental de uno o varios periodos y mantienen vivo el discurso renovador.

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