07
Ene
19

El karaoke, de Fulgencio M. Lax

20190107_085432EL KARAOKE

© Fulgencio M. Lax

A mis compañeros y amigos que, de forma incombustible, asisten a las reuniones de nuestro departamento                                  
 

Conforme se acerca la madrugada, la soledad va invadiendo todos los rincones de la ciudad hasta alcanzar un silencio solo roto por el clamor de tanta quietud. Los últimos ruidos que pueden escucharse son las persianas que bajan de golpe cerrando bares y cafeterías; el estruendo efímero, pero demoledor, del camión de la basura; la conversación clandestina de los que, perdidos, buscan el camino de regreso a casa o buscan encontrar, entre las calles, la dirección de algún local abierto para convertir, la última copa que despide el día, en la primera para dar la bienvenida al que viene. Manuel pertenece a este último grupo.

Después de cruzarse con varias persianas cerradas y estando tan solo a cuatro calles de su casa, se vio en la puerta del Parmalola, un pub al que nunca ha entrado a pesar de cruzárselo casi a diario. Con su fisonomía externa, dibujada con cortinitas de encaje y torcidos pentagramas, le había pasado totalmente desapercibido. Pero aquella madrugada fue como si hubiera salido de su camuflaje y se extrañaba de que, con tantos adornos, no lo hubiera visto antes. El local estaba casi vacío, solo ocupado por el camarero, una chica apoyada en la barra y una pareja sentada en el salón. Al fondo había un pequeño escenario rodeado por cuatro pantallas grandes y un monitor de sonido. En el centro había dos pies con un micro cada uno. Aquello tenía toda la pinta de ser lo que era: Un Karaoke. Era la primera vez que  Manuel entraba en un sitio así y, al darse cuenta del lugar en el que se había metido, se le vinieron encima todos los tópicos que circulan alrededor de estos locales. –Bueno –pensó- no parece que haya mucho movimiento, así es que podré tomar una copa sin mucho ajetreo. -El camarero le dijo que estaban casi cerrando, pero que le podía poner una última copa. Se pidió un gin tonic sencillo, de una ginebra de diario no muy especial y sin muchos adornos. Cuando el camarero terminó de servirle, Manuel levantó la cabeza y recorrió con la mirada todo el local. La decoración era bastante recargada con pósters de artistas cantando que, seguramente, serían famosos, pero que él no conocía. El mobiliario era oscuro y los sillones estaban forrados de un scai  de color marrón. La chica había abandonado la barra y estaba sobre ese pequeño escenario dispuesta a su actuación. Aquella mujer, sin dirigirse a nadie de los que allí estaban, cerró los ojos y, susurrando el principio de la canción Sin ti no soy nada, de Amaral, comenzó a cantar. No es que Manuel conociera ese tema, porque si algo hay de lo que no sabe absolutamente nada es de música, pero apareció el título y el nombre de la cantante original en todas las pantallas del local y eso facilitaba las cosas para saber qué es lo que se iba a escuchar. El poder de su voz le dejó perplejo y quedó como hipnotizado. Tenía un voz rasgada, casi agónica. Le pareció muy cercana a Edith Piaf, pero él no es ningún experto y, en estos casos, podría decir cualquier tontería porque a Manuel todo le suena a Edith Pia. Con el micrófono entre sus manos, su mirada andaba perdida en un horizonte que estaba mucho más allá de las paredes del local. Allí donde habita el amor, un amor, su amor, sus sueños y su deseo. Y por la voz y la tristeza de su gesto, seguramente también su soledad. Terminó de cantar y el camarero, indiferente, continuó lavando y ordenando la vajilla para la siguiente jornada. Los únicos que aplaudieron fue la pareja, que estuvieron escuchándola como si fueran miembros de su club de fans. Manuel siguió meciéndose en el balancín donde le había subido la voz de aquella mujer. Cuando terminó no movió ni un solo músculo, tan solo después de un breve silencio, se giró en su taburete y siguió atento a su gin tonic.  

Antes de que finalizara la música, la mujer había abandonado el escenario buscando refugio entre sus cosas, que había dejado sobre la barra. Apuró la copa que estaba tomando, se retocó los labios con un fuerte color rojo carmín, sacó un diminuto perfumador y se roció el cuello y la ropa. Puso un billete de veinte euros sobre la barra y se marchó. Cuando pasó junto a Manuel, dejó un aroma a perfume barato que pronto desapareció en el ambiente. Aquella mujer que, como él, bebía sola en la barra de aquel karaoke, se perdió detrás de la puerta de salida mientras en el aire del local aún flotaba la melodía de Sin ti no soy nada, aunque eso fue por poco tiempo. 

Como siguiendo un programa establecido, la pareja que había seguido atentamente la actuación de la mujer, se subió inmediatamente al escenario y se colocaron frente a cada uno de los micros. Sonreían entre ellos esperando a que en la pantalla comenzara la música. Empezó una melodía y apareció el siguiente rótulo: Vivir sin ti no puedo, de Pimpinela. Con los primeros compases comenzaron a balancear sus caderas sin mover los pies del sitio y mirando atentos a la pantalla que tenían enfrente. Entre sonrisas se dijeron lo que se odiaban y lo que se querían, las cosas que se reprochaban y las que los unían. El lenguaje los alejaba al mismo tiempo que los mantenía cerca y, al final, en una breve estrofa, se declararon su amor. La música siguió sonando, pero ellos habían cambiado las palabras por los besos y un profundo abrazo. Entonces Manuel supo que estaban enamorados, que en su casa, seguramente, agotaban las últimas horas del día ensayando canciones de amor para luego venir a este karaoke solitario a decirse, con palabras que otros habían escrito, lo que se aman. Manuel esbozó una torcida sonrisa al tiempo que se hundía en una profunda tristeza porque, en ese momento, le vio la cara oculta a su soledad y no le gustó nada. 

No quiso ser el último en marcharse de allí. Él no tenía a nadie que le cantara ni a nadie a quien dedicar una canción. No recuerda ningún momento en su vida en el que tarareara una música. Salió de allí buscando un poco el fresco de la madrugada pero, aquel día, a pesar de ser un otoño frío, solo encontró un aire caliente y denso que le cerraba los pulmones y le impedía respirar. 

martinezlaxfulgencio@gmail.com

Otros cuentos: El nadador

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